Un nuevo aniversario de la recuperación transitoria de las Islas Malvinas y demás territorios del Atlántico Sur ha pasado y están por cumplirse los 42 años del hundimiento del crucero ARA General Belgrano. Esta vez en un contexto político impensado, con un gobierno encabezado por un Javier Milei que se declara admirador de la criminal de guerra Margaret Thatcher y de otros nefastos personajes del atlantismo anglosajón como Winston Churchill y Ronald Reagan, cuyos objetivos han sido en su tiempo la disminución de la soberanía argentina.
Lo paradójico de este escenario es que llegamos a él por la vía electoral, ante el hartazgo de la mayoría del pueblo argentino frente a una dirigencia política divorciada del bien común y sólo interesada en preservar sus privilegios personales o de facción. Y que, para librarse de la “casta política”, gran parte de nuestra comunidad eligió a un gobierno cuyo programa encarna la entrega total de nuestra soberanía, lo que nos coloca en la disyuntiva histórica de “ser o no ser”, una etapa crucial de nuestro desarrollo en el que somos llamados a decidir qué tipo de nación seremos en lo sucesivo, e incluso si seguiremos siendo una nación.
El alineamiento total del gobierno de Milei con Estados Unidos, Israel y fundamentalmente Gran Bretaña supone la renuncia fáctica de nuestro reclamo de soberanía sobre las islas Malvinas, Sándwich del Sur y San Pedro o Georgias del Sur con todo el mar correspondiente, su proyección bioceánica y la porción de la Antártida argentina. Es decir, la cesión gratuita de más de un tercio del territorio nacional.
La ocupación colonial británica en el Atlántico Sur se ha sostenido en la posguerra con la depredación de nuestros recursos ictícolas, a través del otorgamiento de licencias de pesca a terceros países (España, fundamentalmente). Para el futuro cercano los británicos anunciaron el inicio de la explotación petrolera off-shore en la cuenca Sea Lyon (noreste de Malvinas), en alianza con la petrolera israelí Navitas, que compró la mayoría del paquete accionario de la Rockhopper Exploration, empresa que a su vez centralizó las labores de exploración durante las dos últimas décadas.
Además de los miles de millones de dólares que recaudaron Gran Bretaña y sus súbditos isleños con las licencias truchas de pesca, se calcula que tan sólo con el descarte de esas capturas podrían comer pescado seis millones de niños argentinos. Si a ello le sumamos la fuga de capitales por las maniobras vinculadas a la deuda externa, las cuasi inexistentes retenciones por la explotación minera, la evasión fiscal por contrabando de cereales en la red troncal del Río Paraná, la ausencia de tributos por la exacción de tierras raras, etc., podemos comprender por qué seis de cada diez niños argentinos se encuentran bajo la línea de pobreza.

La aceptación para que los Estados Unidos participen de la construcción y coadministración del Polo Logístico Antártico, anunciado en la ciudad de Ushuaia por el presidente Milei y la jefa del Comando Sur, Laura Richardson, fue presentada como “el mayor acto de soberanía de los últimos 40 años porque avala el reclamo sobre la Antártida” y “el primer paso para empezar a pensar la recuperación de Malvinas”. Como la mayoría de las ideas y actos del gobierno de Milei, la iniciativa de alineamiento absoluto de nuestro país con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es presentada como novedosa. Nada más falso.
Durante la década del ‘70 del siglo pasado, desde la alianza occidental se trabajó en la posibilidad de crear la Organización del Tratado del Atlántico Sur (OTAS), concebida por los estrategas norteamericanos como una sucursal de la OTAN que integrarían Brasil, Chile, Sudáfrica y la Argentina.
El propósito principal era consolidar una coalición regional que impidiera el avance soviético no sólo sobre el Atlántico Sur, sino sobre el cuerno de África, donde muchos países se habían puesto bajo la órbita del Pacto de Varsovia luego de su proceso de descolonización. Esto hacía peligrar el dominio norteamericano sobre las líneas de control marítimas del petróleo, para lo cual la OTAN necesitaba establecer bases militares en el triángulo conformado por las Islas Diego García (Océano Índico), Isla Ascensión (Océano Atlántico Meridional) e Islas Malvinas (Océano Atlántico Sur). Pero la decisión de los Estados Unidos fue la de afianzar su alianza estratégica con el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, desechando a los países sudamericanos por “poco confiables” y a Sudáfrica por el cierre de su base militar a raíz de las sanciones aplicadas al régimen del apartheid.

La desconfianza yanqui se basó principalmente en el recuerdo de la experiencia industrialista e independentista de los gobiernos de Perón. El régimen cívico-militar que gobernó entre 1976 y 1983 también creyó que podía obtener el apoyo a nuestro país, en una especie de arbitrio equilibrado entre dos países amigos. La misma ignorancia política y estratégica que se renueva en la actualidad.
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