Estoy seguro de que ciertos católicos no concordarán con este planteo, especialmente si se han hecho de la figura de Perón la idea del “tirano anticlerical” que la propaganda de entonces como la de ahora impulsa. En aquel trágico año de 1955 un importante sector de nacionalistas católicos, integrado por intelectuales, altos segmentos de la curia, miembros de la Acción Católica y la democracia cristiana —más demócrata liberal que cristiana— se formó en un crisol golpista conocido como Alianza Libertadora, en la que también participaban elementos izquierdistas y derechistas. Esta alianza multicolor llevó a cabo el derrocamiento del entonces presidente Juan Domingo Perón.
Que los marxistas, comunistas, radicales, liberales de derecha, demócratas, sionistas y masones odiaran visceralmente al peronismo es entendible a la perfección, considerando la naturaleza de las fuerzas políticas señaladas. Pero que católicos despreciaran y lo sigan haciendo incluso al día de hoy toda la obra de beneficencia llevada a cabo por Eva Duarte y su marido y, más aún, complotándose en una conspiración sin precedentes en Argentina hasta entonces, es realmente increíble. Que el laicismo aplicado en los dos últimos años por el gobierno fuera blanco de crítica del clero y la intelectualidad católica es razonable, incluso meritorio.
Pero lo que no se concibe es el corroborar que muchos católicos nacionalistas se hayan aliado junto a masones y comunistas (¡elementos tan poco cristianos!) para derrocar a uno de los pocos gobiernos en la historia nacional que más ahínco pusieron en aplicar la Doctrina Social de la Iglesia, mencionada y citada con harta frecuencia en cada libro teórico de los nacionalistas católicos, con la esperanza de recobrar las garantías materiales y espirituales arrebatadas por el general “nazifascista”. ¡Insensatos! Una vez que se pacta con las fuerzas ocultas de la reacción no hay retroceso, no hay recuperación de los llamados “derechos de la Iglesia”.
El comunismo, cuando se le conceden mimos y tratos delicados, no baja la guardia, no. Se vuelve más poderoso que antes. La legalidad del marxismo solo robustece sus ansias depredadoras. Y los cruzados del nacionalismo católico no solo admiten que Perón es peor que el comunismo, sino que en aquellos años (1954/1955) incluso le ceden lugar en el Corpus Christi y en otras procesiones religiosas, en las que los acólitos de Marx asisten con una devoción que tienta a pensar si se ha conseguido la conversión de la izquierda a la fe cristiana.
Pero no, no es un milagro. Es una alianza. Y para que no queden dudas de que la conspiración es una acción bendecida por Dios se dibuja sobre la “v” de “victoria”, símbolo propio de la II Guerra Mundial, una cruz. Los aviones que bombardearon Plaza de Mayo llevaban esta insignia en sus fuselajes. “Cristo vence” es su seña. Y pregunto: ¿Qué tendrá que ver Cristo, el amigo misericordioso de los pobres y los necesitados, con las bombas que aciertan en un colectivo lleno de niños, o con el horror sembrado ese 16 de junio?¿Qué diría el Señor de la Paz sobre el levantamiento iniciado el 6 de septiembre y que traería una guerra civil? ¿Qué pensaría Jesús de este pacto con los enemigos declarados de la cristiandad? ¿Qué necesidad de exponer crucifijos e invocar el santo nombre del Salvador para justificar una “cruzada contra la tiranía”?
Hay una necesidad, pero no es la del catolicismo ni del Dulce Nazareno. Es la del sionismo por quitarse de encima a un dictador que ha arrebatado de las garras comunistas la vasta mayoría de la clase trabajadora y la ha encauzado a conquistar derechos laborales sin necesidad de convertir al país en un satélite moscovita ni de implantar una revolución sangrienta o de crear un solo campo de concentración. Esa es la verdad, el resto son excusas, pretextos blandidos por los que después demostrarían no tener ni un mínimo de respeto por la libertad de expresión y mucho menos amor a la soberanía nacional. Y tampoco coherencia con su demagógica acentuación sobre derechos cívicos o la sacrosanta Constitución, ese artefacto foráneo que se suele invocar solo para salir de apuros.
Algo es cierto y es que el que Cristo sea utilizado como talismán y símbolo politizante ya es suficiente para creer que la blasfemia no detuvo a estos “católicos”, quienes confiaban en recuperar lo perdido sumando su dedo al puño sinárquico. La Revolución Libertadora/Fusiladora los miraría mal en un comienzo pues muchos habían sido simpatizantes del Eje durante la II Guerra Mundial, pero los toleró como quien soporta la molestia de una pesada herramienta de trabajo al emplearla. Concluida la contienda contra el “tirano”, los nacionalistas clericales abandonaron decepcionados la alianza.
Los usaron, esa es la realidad. Algunos de sus intelectuales honestos lo reconocerían tiempo después con un poco de culpa. Fueron simples profilácticos. Y es que con el transcurrir de los meses y años del golpe los católicos exaliados verían con estupor que para los liberales derechistas y los comunistas una promesa es solo palabrerío pues solo cuentan las acciones favorables a sus intereses. Fusilamientos, prohibiciones y vejámenes a los peronistas, detenciones arbitrarias a sus militantes y entreguismos económicos-políticos a los intereses internacionalistas y la “invasión” marxista, cada vez más virulenta y desatada en los estamentos sociales.
Ese fue el resultado. Cristo no había vencido. Los vencedores auténticos de esa conspiración no portaban crucifijos ni bonetes, llevaban con orgullo su mandil y sus escuadras y compases. Las logias salían victoriosas por segunda vez en la historia argentina en su lucha contra la “tiranía”, que en este segundo caso debieron, como condición sine qua non, estrechar manos con los oscurantistas y admitir el símbolo de la cruz para lograr sus metas.
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