Títeres y secuaces

Al profundizase el saqueo y la devastación económica que ya no pueden ocultarse el régimen de Milei se ve en la necesidad de desviar la atención y para ello cuenta con una simulación ideológica de “oposición” que le permite sostenerse sin riesgo. La política argentina se ha convertido en una farsa donde todos los actores, oficialistas y opositores, responden a los mismos intereses de las minorías dominantes. El régimen mileísta avanza a paso redoblado con las reformas neocoloniales mientras la “oposición” entre muchas comillas finge rebeldía con debates vacíos sobre ideología de género y otras distracciones funcionales al poder. Milei y sus socios por izquierda hacen un Titanes en el Ring a expensas de un pueblo despojado de representación política e indefenso. El pacto silencioso entre dirigentes de ambos bandos es una simulación ideológica cuyo fin es no estorbar la marcha del plan.
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Justo en el momento más oscuro de la aplicación de su proyecto político neocolonial, cuando la masacre económica contra las mayorías se vuelve insostenible y los números de la macro se desploman, Javier Milei convoca a una marcha “opositora” con la finalidad de disimular su propio fracaso corriendo la discusión hacia otra parte. Esta podría ser la explicación más sintética de la maniobra que el régimen mileísta hizo al finalizar el primer mes de este 2025 y que, gracias a la lucidez estratégica de sus ingenieros sociales, dio fenomenales resultados.

En la política —como en la vida misma— solo hay dos clases de individuos: la clase de los vivos y la clase de los tontos. Para ganar y dominar siempre, los vivos solo creen en el poder y manipulan a los tontos, los usan para satisfacer cualquier necesidad coyuntural que tengan en su permanente esfuerzo por seguir teniendo la manija. Los tontos, por su parte, creen en los discursos ideológicos, nunca ven los intereses detrás del humo y caen, una y otra vez, en la manipulación de los vivos, quienes no tienen más que agitar la ideología para que las multitudes de tontos se pongan a su servicio.

Los vivos son el poder fáctico y los dirigentes que ponen la cara para hacer el trabajo sucio que ese poder quiere que se haga. Y los tontos somos todos los demás. Somos los que creemos en el discurso, en la declamación ideológica, en la caricia simbólica que los dirigentes políticos hacen a cuentagotas para mantener viva la ilusión. Por momentos ese esquema de dominación se equilibra al quedar satisfechas las necesidades básicas de los tontos, que son además muy modestas. Las mayorías no piden mucho, no piden más que trabajar y percibir por ese trabajo un salario que alcance para no caer en la pobreza.

Pero hay momentos de la historia en los que los dueños del mundo se ponen demasiado codiciosos y ni eso quieren conceder. Hay momentos en los que las clases dominantes lo quieren todo y para lograrlo les encargan a los dirigentes políticos un saqueo y una masacre. Y cuando ese día llega los dirigentes tienen que hacer malabares para representar los intereses de los que realmente mandan y son la ínfima minoría, el 0,1% a nivel mundial e incluso menos, pero sin que todos los demás se percaten de la estafa que es la política cuando no representa los intereses de las mayorías populares.

Eso es lo que está pasando hoy en la Argentina. El poder está cocinando algo, algún cambio en el régimen de existencia de las mayorías. Entre los motivos de ese algo estará el reordenamiento geopolítico del mundo en un nuevo orden global —que naturalmente exige un nuevo reparto de las colonias y las semicolonias—, estará el advenimiento de la inteligencia artificial cuya finalidad evidente es la destrucción masiva de los puestos de trabajo por automatización o estará todo eso combinado. Es imposible saberlo a ciencia cierta. Lo cierto, valga la redundancia, es que algo pasa.

Para lograr ese objetivo, el poder fáctico se adueñó de la política argentina en su totalidad, se metió en el bolsillo —de una manera o de otra— a todos los dirigentes y los puso a su servicio. A algunos, que son los más, los corrompió vulgarmente como siempre. Y a los díscolos que no querían dar el brazo a torcer los acorraló en causas judiciales y en desprestigio mediático para neutralizarlos de mínima y, de máxima, cooptarlos. Ahora la política argentina en su totalidad representa los intereses de las minorías y avanza sobre las necesidades de las mayorías populares.

La Argentina es un país escasamente habitado sobre el séptimo o el octavo territorio más extenso y uno de los más ricos del planeta, es la verdadera gallina de los huevos de oro desde el punto de vista de las élites dominantes. El pueblo-nación argentino es un problema, porque está sentado sobre esa riqueza abundante con la ilusión de beneficiarse de ella por derecho propio, razón por la que el poder fáctico global debe destruir esa ilusión. Hay que hacer entender al argentino que no es dueño de nada y que vaya acostumbrándose a vivir como los perros, pata al suelo, para no estorbar el negocio de los que mandan.

Los dirigentes políticos hoy son enemigos del pueblo porque o bien operan contra los intereses populares colectivos para cumplir el mandato del poderoso o bien callan dejando hacer y dejando pasar el mal para no ser castigados. Sea como fuere, la política dejó de ser la instancia de resolución de los problemas del país y pasó a ser una oficina de administración de los negocios de las minorías dominantes. El pueblo ya no tiene representantes que defiendan sus intereses en la política, solo tiene enemigos ahí.

Esa es la razón por la que Milei lleva a cabo el saqueo y la masacre mientras la “oposición” lo deja hacer. Pero hay un problema: ¿Cómo sostener el lugar simbólico de oposición sin oponerse? Es preciso engrupir a los tontos con una simulación, es necesario “luchar” contra Milei sin cuestionar el saqueo y la masacre. Aquí entra la ideología como humo y más precisamente la ideología de género. Para no estorbar el plan del poderoso que los tiene bajo la bota, los dirigentes de la “oposición” se abrazan al “progresismo” de colores para fingir que están en rebeldía.

Entonces los “progresistas” de la mal llamada “oposición” son mileístas de izquierda, esto es, comparten con Milei el proyecto político neoliberal y neocolonial porque no les queda otra y, para que no se note, “discuten” con Milei aquello que a Milei únicamente lo fortalece (porque Milei tiene la representación de la opinión mayoritaria en la materia) en cuestiones de sexo y comportamiento sexual que no mueven la aguja.

Eso es lo que verá en detalle el atento lector en esta nueva edición de la Revista Hegemonía, la 84ª., que es una edición de aniversario. No hay nada que festejar, por cierto, aunque sí corresponde conmemorar el hecho de que Hegemonía empieza a transitar su octavo año de existencia sin caer en la dependencia de la pauta oficial (ni de la pauta privada, que también es un condicionante a la libertad de expresión), solo con el aporte de sus lectores para decir únicamente lo que a esos lectores les conviene saber. Hay un pacto hegemónico entre los dirigentes enemigos del pueblo y alguien debe denunciarlo, aunque desde luego esta voz que denuncia sea demasiado modesta para impedir el mal.

Los cristianos en las catacumbas también fueron en su momento muy pocos y modestos, aunque al final triunfaron. Mantener prendida la llama piloto es la tarea y no está muerto el que pelea como puede.


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