En la lucha por el poder históricamente la tecnología siempre fue central. Cada avance tecnológico reconfiguró las relaciones de fuerza entre grupos o Estados desde el dominio del fuego en las tribus primitivas, pasando por la rueda, la máquina a vapor y llegando a la energía nuclear o los satélites. Hoy esta pugna se da en torno a algoritmos y potencia computacional, es una nueva carrera armamentista que puede definir el equilibrio geopolítico para las próximas décadas. En el centro de esta transformación está el uso masivo de sistemas de inteligencia artificial y la computación cuántica. Más allá de sus aplicaciones científicas o comerciales, ambas tecnologías tienen un enorme potencial militar, como armas, mecanismos de espionaje o herramientas de dominación global. En el presente artículo se explorarán el potencial y los riesgos presentes y futuros de una disputa por el poder que se mide en infraestructura digital y ya no en tanques.
Al hablar de inteligencia artificial se suele pensar en su cara visible: los modelos generativos como ChatGPT, Dall-E, Gemini o DeepSeek, que crean textos o imágenes en segundos. Pero más allá de lo visible existe una interacción diaria con los motores de recomendación que sugieren contenidos en plataformas como Netflix o Spotify, además de determinar qué contenidos serán “virales” en las redes sociales y cuáles quedarán ocultos en un mar de irrelevancia. A esto se suman los asistentes de voz en los teléfonos, los sistemas de reconocimiento facial en aplicaciones, la optimización de rutas logísticas en tiempo real de los sistemas de navegación o en casos más avanzados con sistemas de conducción autónoma. Todo eso también es inteligencia artificial.
Estos usos cotidianos de la inteligencia artificial, no obstante, son apenas la superficie. Como ocurrió en el pasado con otras innovaciones —el GPS, internet, los satélites o la energía nuclear— siempre suele haber un interés militar en el desarrollo de nuevas tecnologías. Con la inteligencia artificial la aplicación es evidente para quien quiera verlo: ya existen drones autónomos capaces de identificar y eliminar objetivos sin intervención humana, allí donde por “objetivos” deben entenderse edificios, vehículos o personas. Es decir, son máquinas que se programan previamente para esos fines y pueden decidir por sí mismas quitarle la vida a alguien si ello fuera necesario para ejecutar la misión encargada.

Existen por otra parte sistemas de espionaje que analizan grandes volúmenes de información en tiempo real. Lo que antes debía ser analizado por muchas personas ahora lo es por sofisticados sistemas capaces de interpretar textos, imágenes, videos y audios a una velocidad que no está en escala humana. Este último desarrollo, por cierto, está potenciando hoy mecanismos de ciberataques capaces de vulnerar infraestructuras críticas de un país. Nada de esto es futurismo. En enero de 2024 Open AI eliminó de sus políticas la cláusula que prohibía el uso militar de su tecnología. Google siguió el mismo camino en febrero de 2025. Esto demuestra que la humanidad ya no está frente a simples herramientas de productividad, sino de activos de poder.
También está la computación cuántica, que es el próximo campo de batalla. La computación cuántica es un desarrollo verdaderamente revolucionario que al alcanzar su madurez operativa redefinirá por completo el equilibrio de poder a nivel global. Para entender su impacto, conviene observar que una computadora convencional trabaja con bits, los que solo pueden tener dos estados posibles: cero o uno. En cambio, una computadora cuántica utiliza qubits, los que pueden estar en una superposición de ambos estados al mismo tiempo. Esta diferencia permite realizar cálculos en paralelo y resolver ciertos problemas con una velocidad que, en comparación con los sistemas clásicos, está absolutamente fuera de escala. En términos prácticos, con la computación cuántica podrían resolverse en minutos operaciones que tardarían millones de años en una computadora tradicional.
Todo esto abre sin duda un universo de posibilidades desde el punto de vista científico. La computación cuántica tiene el potencial de revolucionar campos que van desde el desarrollo de nuevos materiales y medicamentos, pasando por modelos climáticos avanzados, hasta el cálculo en tiempo real de trayectorias espaciales donde hoy las limitaciones de hardware dificultan simulaciones complejas durante misiones activas. Por otra parte, desde el punto de vista de la seguridad digital, la computación cuántica plantea un enorme peligro pues gran parte de los sistemas de cifrado actuales —que se basan en operaciones matemáticas con una particularidad, y es que son fáciles de realizar en un sentido, pero extremadamente difíciles en el otro— quedarían inmediatamente vulnerables.
Un ejemplo simple de esto puede verse en la diferencia entre calcular potencias y encontrar raíces. Si lo que se quiere es saber cuánto es 3 elevado a la quinta potencia, la respuesta —243— puede calcularse mentalmente o en un papel. Pero si el desafío es inverso, es decir, encontrar la raíz quinta de 243, la mayoría de las personas se bloquea. En el mundo de la criptografía esa diferencia de dificultad es la que sostiene la seguridad.

Uno de los sistemas más utilizados en la seguridad digital actual es el cifrado RSA (por las iniciales de sus creadores: Rivest, Shamir y Adleman). Su fortaleza radica en que, hasta hoy, no existe un método eficiente para factorizar en un tiempo razonable números muy grandes en sus factores primos. En la práctica, las claves más utilizadas en RSA son de 2048 o 4096 bits, lo que equivale a aproximadamente 617 y 1.234 cifras decimales, respectivamente. Cada número primo utilizado tiene cerca de la mitad de esa longitud. Para ponerlo en perspectiva: no hay ejemplos en la naturaleza que nos ayuden a dimensionar estos valores. El número estimado de átomos en el universo tiene unas 81 cifras (10⁸⁰), mientras que los segundos transcurridos desde el Big Bang suman unas 18 cifras (10¹⁷). Muy lejos aún.
Resolver ese tipo de problemas matemáticos está fuera del alcance de cualquier computadora clásica, pero no de una computadora cuántica. Si se alcanzan la escala y estabilidad necesarias, esta computadora podría resolverlos en tiempos razonables y entonces podría quebrar el cifrado y acceder a cualquier tipo de información, desde contraseñas bancarias hasta comunicaciones diplomáticas, militares o de infraestructura crítica. Vale observar que esto no implica la existencia de un sistema omnipotente capaz de quebrar todas las comunicaciones de internet de forma simultánea. Se trata, más bien, de una herramienta con la capacidad de acceder a cualquier información que resulte de interés para quien posea esa tecnología. Es un riesgo selectivo, pero profundo, especialmente en manos de actores estatales con objetivos estratégicos.
Distintas potencias están trabajando ante este escenario en nuevos sistemas criptográficos conocidos como post-cuánticos. A diferencia de los esquemas actuales, se basan en problemas matemáticos que, hasta donde se sabe, ni siquiera una computadora cuántica podría resolver. Entre los algoritmos seleccionados para su futura implementación se destacan los que trabajan con álgebra modular y estructuras como anillos de polinomios, alejándose de la factorización numérica tradicional. El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos proyecta tener estos sistemas completamente implementados hacia 2035. China y Rusia, por su parte, desarrollan sus propias alternativas, aunque no han definido fechas concretas.
Y aquí está el punto clave: si una potencia logra construir una computadora cuántica estable, con una capacidad cercana al millón de qubits, antes de que los sistemas post-cuánticos estén plenamente implementados, podría vulnerar infraestructuras digitales estratégicas en distintos sectores. No se trataría de un acceso total ni automático, pero sí de una ventaja significativa en términos de inteligencia, defensa y control de información sensible.

Entonces la pregunta es: ¿cuánto falta para que sea real? Las estimaciones más aceptadas indican que podría haber computadoras cuánticas operativas, con capacidad real para quebrar cifrados actuales, dentro de los próximos 10 a 20 años. Esto define una ventana de exposición relativamente breve, pero con consecuencias potencialmente profundas. El desarrollo enfrenta aún desafíos científicos y técnicos importantes, entre ellos la necesidad de operar a temperaturas extremadamente bajas, la fragilidad de los qubits frente al ruido ambiental y un fenómeno conocido como decoherencia, que provoca que la información se pierda antes de ser procesada completamente. Sin embargo, hay avances hacia la superación de estas limitaciones. Microsoft presentó el pasado febrero el chip Majorana 1, basado en qubits topológicos. Según esta corporación la arquitectura podría reducir drásticamente los errores, una de las principales barreras actuales. Y, siempre según ellos, podrían construirse computadoras cuánticas de un millón de qubits “en años, no en décadas”.
Ese “según ellos” no es un detalle menor. Varios científicos afirman que el anuncio es prematuro y señalan que el artículo publicado en la revista Nature no brinda información verificable que permita la revisión y reproducción por parte de pares y que tampoco asegura haber detectado partículas de Majorana, sino apenas indicios consistentes con su existencia. Sumado a la falta de detalles técnicos, esto alimenta la sospecha de que se trata más de un movimiento empresarial para atraer inversores que de un avance científico consolidado. En una carrera tan competitiva, por lo demás, es improbable que una empresa revele públicamente información que pueda ser replicada por otros. Aun así, si el anuncio resulta cierto y los plazos se acortan de manera significativa, el impacto geopolítico podría ser considerable.
De todos modos, el Majorana 1 ya presenta una dimensión geopolítica concreta pues el chip se fabrica con arseniuro de indio, un material crítico que no puede ser reemplazado por silicio en ese tipo de arquitectura. China controla alrededor del 70% de la producción mundial de ese recurso y dos semanas antes del anuncio restringió su exportación, junto con la de otros insumos estratégicos como galio, germanio y grafito, fundamentales para la fabricación de chips, paneles solares y dispositivos electrónicos avanzados. Estas decisiones forman parte de una política más amplia de control sobre recursos clave en la carrera tecnológica global.
En paralelo, Beijing presentó en 2023 —y publicó oficialmente en 2024— su computadora cuántica Zuchongzhi 3.0, equipada con 105 qubits superconductores. Aunque el número no supera al de otras potencias, el sistema fue diseñado para tareas específicas en las que, según sus desarrolladores, supera ampliamente el rendimiento de Sycamore, el chip cuántico de Google. Las comparaciones directas son difíciles porque no todos los qubits son equivalentes y cada arquitectura enfrenta desafíos distintos en corrección de errores, fidelidad y escalabilidad.

También conviene considerar en este contexto que los avances que se presentan públicamente no necesariamente reflejan la capacidad real de cada actor. Es probable que los protagonistas midan cuidadosamente lo que muestran, publicando resultados que parezcan apenas superiores a los del rival sin revelar desarrollos más avanzados que podrían alterar el equilibrio o ser replicados. Este comportamiento no es nuevo: durante la carrera nuclear también dosificaban la información técnica que hacían pública, como parte de una estrategia de disuasión. En este nuevo escenario el silencio estratégico puede ser tan importante como los anuncios públicos.
Más allá de sus usos científicos o productivos, el despliegue de estas tecnologías plantea riesgos concretos para la estabilidad de los Estados. Es la trampa de la dependencia digital. En el caso de la computación cuántica, aún no está claro si llegará a desarrollarse a escala operativa en el corto plazo pues las barreras técnicas son significativas y los plazos inciertos. Pero con la inteligencia artificial ocurre lo contrario: su expansión es inevitable y su uso con fines ofensivos ya no es una posibilidad futura, sino un escenario actual. Orientar el uso de estas herramientas hacia ataques contra infraestructuras críticas —como defensa, telecomunicaciones, transporte, energía o finanzas— permitiría generar colapso en el territorio del enemigo sin necesidad de un solo disparo.
Un caso concreto es el del sistema bancario. La eventual interrupción en el funcionamiento de los bancos implicaría la interrupción total de pagos digitales, transferencias, tarjetas de crédito y cajeros automáticos. La economía cotidiana, que depende cada vez más de estos mecanismos, quedaría paralizada pues el uso de efectivo ha disminuido drásticamente en muchas regiones urbanas y buena parte de la población no dispone de reservas suficientes para afrontar siquiera unos pocos días sin acceso al sistema financiero. Lo mismo ocurre con la provisión de alimentos. Los hogares, por lo general, no cuentan con insumos suficientes para más de unos días y los comercios para alrededor de una semana. Supermercados, mayoristas y distribuidores dependen de una cadena logística sostenida por pagos digitales y sistemas informáticos. Sin ellos, todo se frena.

Tras unos días de parálisis, con los puntos de venta desabastecidos y sin posibilidad de transacciones, el escenario podría volverse caótico. A la escasez se sumaría el colapso de la confianza y con ello la desestabilización del orden social. En ese contexto la dependencia digital se revela no solo como una fortaleza tecnológica, sino como una vulnerabilidad estructural sin que nada de esto constituya una especulación teórica. En marzo de 2025, la Comisión Europea presentó una estrategia de preparación ante crisis que recomienda a los ciudadanos del bloque contar con un kit de emergencia con agua potable, alimentos no perecederos, medicamentos, linternas, radio, dinero en efectivo y documentos personales, todo suficiente para al menos 72 horas. Esta iniciativa responde a la creciente preocupación por guerras, catástrofes naturales, pandemias o ataques cibernéticos. Según el propio documento, “el período inicial es el más crítico” y estar preparado para atravesarlo puede marcar la diferencia entre una respuesta organizada y el caos.
¿Pero cómo podría materializarse una crisis de esta magnitud? Es sabido que un ataque frontal a un banco individual reviste de mucha complejidad, que coordinar un ataque simultáneo contra múltiples bancos es prácticamente imposible. Hay muchas capas de seguridad, respaldos físicos redundantes y mecanismos de recuperación que permiten restaurar la operación, aunque sufra daños. Sin embargo, la lógica cambia cuando se apunta a proveedores comunes. Empresas como VISA, MasterCard o plataformas de compensación como COELSA e Interbanking en Argentina —que dependen del Sistema Nacional de Pagos del BCRA— son nodos centrales en la arquitectura financiera. Atacar estos puntos no requiere destruir el sistema: alcanza con dejarlos fuera de servicio por unos días para generar un daño estructural.
La misma lógica aplica a otras infraestructuras críticas. Un ataque a los nodos principales de internet —por ejemplo, a los servidores de DNS o a cables submarinos estratégicos— podría paralizar las comunicaciones digitales. Un ataque a la red eléctrica puede desconectar ciudades enteras, afectando hospitales, sistemas de agua potable, transporte, cadenas de suministro y el funcionamiento mismo de los bancos, que dependen de la conectividad y del suministro eléctrico para operar. La caída de cualquiera de estos sistemas puede ser grave y la caída combinada, devastadora.

Cada uno de estos sistemas por separado representa una vulnerabilidad significativa, aunque combinados el impacto sería mucho mayor que la suma de sus partes. La caída simultánea del sistema financiero, la electricidad y las redes de comunicación colapsaría la vida cotidiana en cuestión de días, afectando no solo las transacciones económicas, sino también el abastecimiento de alimentos, el transporte y la seguridad general. Este tipo de escenario no pertenece a la ciencia ficción. Ya existen antecedentes que demuestran que los ataques a infraestructuras críticas son posibles y que, en muchos casos, basta con mantener los sistemas fuera de servicio durante un breve período para generar un daño profundo. Y lo más importante es que no hace falta atacar a todos los nodos al mismo tiempo. La sucesión de golpes dirigidos, primero a los sistemas financieros, luego a la red eléctrica y más tarde a la conectividad digital, puede ser suficiente para desencadenar una crisis sistémica, difícil de contener una vez que comienza.
Algunos ciberataques ya cambiaron las reglas. Los antecedentes históricos demuestran que los ciberataques a infraestructuras críticas no son una hipótesis futura porque ya ocurrieron y en muchos casos fueron impulsados directamente por Estados o grupos vinculados a ellos. Sin necesidad de inteligencia artificial avanzada ni computadoras cuánticas, estos ataques lograron vulnerar sistemas financieros, energéticos, nucleares y gubernamentales, generando pérdidas millonarias y comprometiendo la seguridad de naciones enteras. El Banco Central de Bangladesh sufrió, por ejemplo, en 2016, uno de los ciberataques financieros más impactantes de la historia, atribuido al grupo Lazarus, vinculado a Corea del Norte. Durante casi un año, los atacantes se infiltraron en los sistemas del banco, estudiaron su funcionamiento interno e instalaron malware en distintas computadoras para interceptar y alterar órdenes de transferencia.
Una vez en posesión de toda la información, los hackers lanzaron una serie de transacciones fraudulentas a través del sistema SWIFT para desviar unos 1.000 millones de dólares. El plan casi tuvo éxito, pero una casualidad salvó parte de los fondos: una transferencia fue bloqueada porque el banco de destino estaba en una calle llamada Júpiter, en algún lugar de Filipinas. Ese era el nombre de un barco iraní con sanciones, por lo que el sistema frenó algunas transferencias automáticamente. Los hackers finalmente lograron robar 81 millones de dólares, que se dispersaron en casinos y entidades financieras de Filipinas. El ataque dejó al descubierto no solo la vulnerabilidad de un banco central, sino los riesgos sistémicos ocultos en las redes financieras globales.
Años más tarde, para febrero de 2025 el mismo grupo Lazarus ejecutó el mayor robo de criptomonedas registrado hasta hoy, apropiándose de 1.500 millones de dólares de la plataforma Bybit utilizando ingeniería social y manipulación de pantallas internas para engañar a ejecutivos de alto rango, haciéndoles transferir fondos directamente a cuentas controladas por los atacantes. La confianza en los sistemas internos facilitó el golpe.

Ucrania fue en 2017 el epicentro de uno de los ciberataques más destructivos registrados hasta el momento. El virus NotPetya, disfrazado de un software contable legítimo, se propagó rápidamente por bancos, empresas, aeropuertos y servicios públicos. A diferencia de otros ataques que buscan robar datos o dinero, el objetivo principal de NotPetya fue la destrucción masiva de información, generó pérdidas económicas estimadas en más de 10.000 millones de dólares y se trató de un ataque puramente disruptivo que mostró la capacidad de la guerra cibernética para impactar la economía global sin necesidad de armas tradicionales.
El descubrimiento de Stuxnet en 2010 reveló una nueva dimensión de la guerra cibernética. Desarrollado por Estados Unidos e Israel, el Stuxnet fue el primer virus diseñado para sabotear infraestructura física y fue creado específicamente para atacar las instalaciones nucleares de Irán. A diferencia de los ataques convencionales a datos o redes, Stuxnet tenía como objetivo provocar daños físicos alterando el funcionamiento de las centrifugadoras utilizadas para enriquecer uranio mediante una aceleración brusca que terminaba por destruirlas sin que los operadores se percataran. El virus se propagó inicialmente a través de pendrives infectados, sorteando redes aisladas de internet. Stuxnet marcó un antes y un después al demostrar que el software podía convertirse en un arma capaz de generar efectos en el mundo físico.
Otro caso que expuso la vulnerabilidad crítica de una de las economías más avanzadas del mundo fue el de los hackers chinos que lograron en 2023 infiltrarse en el Centro de Seguridad Cibernética de Japón, la agencia responsable de la defensa digital del país. Durante más de un año los chinos accedieron a comunicaciones internas de Japón sin ser detectados y la intrusión no fue descubierta por los japoneses, sino por expertos británicos y estadounidenses que realizaban una auditoría para mejorar los sistemas de seguridad. Aquí quedó expuesta la vulnerabilidad de los sistemas de un modo general y también la dificultad de detectar ataques de espionaje prolongado en infraestructuras sensibles.

En un sentido quizá similar se produjo en 2020 uno de los ciberataques más sofisticados hasta la fecha. A través de una actualización comprometida del software de monitoreo SolarWinds, atacantes presuntamente vinculados a agencias de inteligencia rusas lograron infiltrarse en más de 18.000 organizaciones a nivel global. Fueron afectados el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, Microsoft, Intel, Cisco, el Departamento de Energía de los Estados Unidos y varias agencias federales estratégicas, entre muchos otros. La magnitud del ataque fue tal que se sospecha que el objetivo principal no fue el daño inmediato, sino el acceso prolongado a información sensible, incluyendo secretos industriales, estrategias diplomáticas y comunicaciones internas de alto nivel. La operación permaneció activa durante casi nueve meses antes de ser descubierta.
Otro aspecto de vulnerabilidad estratégica son los apagones masivos a raíz de ataques cibernéticos. Hace pocos días, varios países de Europa sufrieron un apagón que dejó sin electricidad a millones de personas durante varias horas. En un primer momento circularon rumores sobre un posible ciberataque, aunque más tarde las autoridades atribuyeron el incidente a una alteración del sistema eléctrico de origen natural. Sea como fuere, el episodio volvió a dejar al descubierto hasta qué punto la dependencia de sistemas críticos puede convertirse en una vulnerabilidad estructural grave. Estos episodios muestran con claridad que la dependencia digital y energética no solo multiplica la eficiencia, sino que también multiplica los riesgos de un colapso sistémico. Cuando un solo componente crítico falla los efectos en cascada pueden paralizar a un país entero en cuestión de horas.
Todos estos casos enumerados hasta aquí, las infiltraciones silenciosas y los sabotajes directos a infraestructura crítica, tienen algo en común: fueron posibles sin inteligencia artificial avanzada ni computadoras cuánticas, lo que lleva a concluir que con las herramientas que hoy ya existen se puede vulnerar sistemas estratégicos, generar pérdidas multimillonarias o paralizar la vida cotidiana de una nación, aunque el peligro va en aumento. La incorporación de inteligencia artificial más autónoma y de capacidades de computación cuántica no eliminará estos riesgos, sino más bien los llevará a un nivel superior. La velocidad, el alcance y la escala de los ataques podrían crecer exponencialmente, dejando aún menos margen para la detección, la respuesta y la recuperación.

Atentos a esta realidad los países que lideran la carrera tecnológica hacen grandes inversiones en iniciativas digitales muy ambiciosas. La más grande de ellas es el Proyecto Stargate, que insume una inversión de 500.000 millones de dólares y tiene por objetivo dotar a los Estados Unidos de una nueva infraestructura de inteligencia artificial a escala nacional. Participan del proyecto gigantes como OpenAI, Microsoft, Nvidia y Oracle, junto con el recientemente creado Banco de Inversión Tecnológica, un organismo financiero especializado en respaldar el desarrollo de infraestructura para inteligencia artificial. El plan incluye la construcción masiva de centros de datos y el fortalecimiento de sistemas de generación eléctrica para sostener el aumento exponencial del consumo energético que exige esta tecnología. Para 2023, el 4% de toda la electricidad producida en Estados Unidos ya se destinaba a alimentar centros de datos. Esa cifra equivale a más que toda la producción eléctrica de Argentina y se espera que esa demanda se duplique o incluso triplique hacia fines de esta década.
La comparación histórica es inevitable. Debidamente ajustados todos los valores por inflación, el Proyecto Stargate representa una inversión catorce veces superior al Proyecto Manhattan, el programa que durante la II Guerra Mundial desarrolló la bomba atómica. Y aunque públicamente se habla de curar enfermedades, crear nuevos materiales o acelerar descubrimientos científicos, casi nada se dice del potencial militar que estas tecnologías tendrán. No conviene dejarse equivocar por el discurso: ningún país moviliza semejante volumen de recursos por altruismo, sino al entender que el control del objeto (en este caso la infraestructura digital) redefine el mapa geopolítico del mundo.
Mientras Estados Unidos expone públicamente sus proyectos, en Oriente el avance es más silencioso. En el caso de China la información es mucho más opaca. No hay grandes anuncios, pero sí ciertas señales que pueden ser interpretadas, como la de que la inversión china en inteligencia artificial crece de manera constante con el objetivo de liderar el desarrollo global hacia 2030. Un ejemplo revelador de esto es el caso de DeepSeek, un modelo que en varios aspectos superó a ChatGPT pese a contar con tan solo el 1% de la inversión y operar bajo fuertes restricciones de acceso a la tecnología de vanguardia de Nvidia. Todo lo hacen los chinos con importantes limitaciones en la producción de semiconductores de última generación que actualmente se producen casi todos en Taiwán, esa isla rebelde que Beijing intenta reincorporar a su soberanía hace casi ocho décadas.

Los taiwaneses son un eslabón estratégico de todo este asunto, pues tienen prácticamente en exclusividad la capacidad de producir semiconductores. Hasta el 90% de los chips más avanzados del mundo, con componentes de 3 nanómetros y proyectando alcanzar 2 nanómetros en el corto plazo, son de Taiwán. En comparación, por su parte, China actualmente produce chips de 7 nanómetros y espera llegar a 5 nanómetros el próximo año. A este nivel de alta tecnología la diferencia no es un detalle e implica una ventaja crítica en eficiencia energética y potencia de cálculo, fundamentales para el desarrollo de inteligencia artificial de alto rendimiento.
La comparación regional es aún más ilustrativa si en ella figura Rusia, país que actualmente trabaja con chips de 350 nanómetros, una tecnología equivalente a la utilizada en procesadores como el Pentium II de Intel en la década de 1990. A pesar de estar ampliamente superada para el mundo de la inteligencia artificial, esta tecnología le permite asegurar soberanía en industrias estratégicas como la defensa y la producción de bienes industriales básicos. Rusia ha establecido como objetivo alcanzar la producción local de chips de 28 nanómetros para 2030, un nivel tecnológico que fue superado por Taiwán en 2011.
Esta es una de las razones, seguramente la decisiva, por las que la presión de China sobre Taiwán sigue en aumento y la escalada bélica en la región parece inevitable. Desde el punto de vista de Beijing la recuperación de la soberanía sobre la isla es un objetivo central y, en caso de concretarse, sería un golpe mortal para unos Estados Unidos que hoy dependen de esa producción para su infraestructura tecnológica. Como método para contrarrestar esa amenaza Washington impulsa la relocalización de parte de la producción y, en efecto, una planta de Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), corporación líder en el rubro y una de las más poderosas del planeta en la actualidad, ha sido inaugurada en Arizona. El proceso de relocalización sigue, aunque es muy lento y algunos analistas sostienen que en caso de un conflicto y como último recurso los Estados Unidos podrían optar por destruir las fábricas de Taiwán antes de permitir que caigan en manos chinas.

Esa sería ciertamente una catástrofe económica global y retrasaría los avances tecnológicos por años y hasta décadas, pero es una posibilidad que se contempla en el escenario actual porque el control de esta tecnología podría darle a China la hegemonía global, cosa que Washington no puede permitir que ocurra.
Como se ve, este es un panorama complejo y es una carrera en la que no se trata únicamente de llegar primero, sino de sostener la ventaja tecnológica en el tiempo. La diferencia de la combinación entre los Estados Unidos y China aquí respecto a los demás países es abismal, aunque nadie está fuera de la discusión. La Argentina puede tener una palabra que decir si abandona los nefastos proyectos de entregar territorio para alojar centros de datos de potencias extranjeras en la Patagonia e invierte en el desarrollo de tecnología soberana en ciertas áreas estratégicas como la fabricación de chips, la inteligencia artificial y la formación técnica de talentos con un enfoque autónomo.
El ejemplo de Rusia en este aspecto es más que ilustrativo y puede inspirar proyectos soberanos. Pese a que no está en condiciones de competir en la frontera tecnológica, Moscú apostó a garantizar soberanía mínima en áreas críticas como la producción de chips propios, sistemas de comunicación alternativos e infraestructura energética independiente. Los rusos operan en base a una perspectiva de largo plazo que es clave en un escenario donde no participar significa simplemente atraso, rezago y subordinación. La infraestructura digital definirá quién tiene el poder geopolítico en este siglo XXI, razón por la que la inversión en soberanía tecnológica es mucho más una necesidad existencial que un lujo. ¿Qué haremos los argentinos para no quedar fuera del juego?
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