Una feroz interna tiene lugar en el seno de lo que vulgarmente se dio en llamar, desde principios de este siglo, “campo nacional y popular”. A partir de la estrepitosa derrota del mileísmo en las elecciones del pasado 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires todos los tiempos se precipitaron y lo que se presentaba como una caída en cámara lenta se convirtió para el régimen de Milei en un repliegue desordenado con inestabilidad financiera y papelones en el parlamento. Como consecuencia de dicha aceleración, las fichas en el extremo opuesto de la grieta empezaron a moverse a mucha velocidad y con gran intensidad. Y aunque en Argentina nadie jamás se aburre, como indica nuestro sentido común criollo, pues aquí hay más puterío de politiquería en un mes que en siglos de historia de un país dicho normal, la intensidad con la que se han sucedido los hechos en las últimas tres o cuatro semanas no deja de llamar la atención.
Esa intensidad ha sido tal desde el primer “revés” —aunque en rigor no hay revés alguno, todo está planificado— del mileísmo en el parlamento que la interna del “campo nacional y popular” emergió de golpe desde la oscuridad de las mesas chicas y se puso violentamente a la vista de la opinión pública. Aparecieron de un saque las operaciones de descalificación a los probables candidatos y, a la par, otras operaciones cuyo objetivo fue y sigue siendo el de instalar a este o aquel dirigente como el adalid del antimileísmo que vendrá, cual mesías, a unificar a toda la oposición para poner fin al régimen ya sea en las elecciones de 2027 o probablemente en un plazo mucho más corto. La sola derrota del mileísmo en la provincia de Buenos Aires disparó todo eso y aún más, tanto en los medios de difusión tradicionales como en las redes sociales donde pululan los comentaristas rentados por los caciques en pugna.
Entonces empezó por lógica la interna del “peronismo”, entendiéndose por “peronismo” todo lo que por una razón u otra haya quedado por fuera de la composición del régimen actual en un sentido de ocupación de cargos. Todos los dirigentes que no fueron funcionarios en el régimen mileísta de pronto son los dirigentes del “peronismo” según la opinión de los operadores. Y así empieza el revoleo de apellidos que va desde Schiaretti hasta Massa, pasando por Kicillof, Grabois, Pichetto, Villarruel y algún gobernador perdido en la inmensa geografía del país, entre muchos otros, algunos de ellos insólitos. Es el revoleo de apellidos donde cada nombre propio en teoría significa algo, un proyecto de país o al menos un programa electoral de emergencia ante la debacle en curso. Muchos apellidos, aunque ninguno claramente caracterizado por la fidelidad a los preceptos de la doctrina peronista real más allá de las etiquetas.

La lista de pretendientes al trono es larga, pero hay algo en común entre todos los apellidos sugeridos: si a cualquiera de ellos se le aplicara el famoso y ya prohibido peronómetro, esto es, el cotejo de sus ideas y sus praxis con lo que prescribe la doctrina del General Perón, ninguno de ellos daría la talla y es bien probable que a muchos el test les arrojaría números negativos. No solo no hay candidatos peronistas en la interna del “peronismo”, sino que además los hay directamente antiperonistas tanto por izquierda como por derecha. Los gorilas se hicieron con el control del movimiento nacional justicialista y como consecuencia de ello decretaron que en la interna del “peronismo” (siempre entre muchas comillas, véase bien) no puede haber candidatos peronistas. Puede haberlos un poco parecidos, aproximados en ciertos aspectos, pero no peronistas en un sentido de fidelidad a la doctrina.
Los de a pie, azorados y maltratados por el régimen de Milei, se abrazan y se aferran a este o aquel apellido de la interna “peronista” como el náufrago que se agarra de una tabla en medio del mar. Al no haber candidato peronista en la propuesta de sucesión, incluso muchos peronistas bienintencionados se prenden del apellido que consideran más cercano aduciendo quizá la opción por el mal menor como método para, en el tiempo y con paciencia, llegar a tener una opción verdaderamente doctrinaria. Y se ponen a defender a dicho candidato como si del propio Perón se tratara, sin comprender que la interna “peronista” entre no peronistas y gorilas a secas no está diseñada para resultar en peronismo alguno ni en el corto ni en el largo plazo. La interna “peronista” sin peronistas solo puede resultar en liberalismo por izquierda o por derecha hasta el infinito.

Ahora bien, está claro que la inexistencia de peronistas en la oferta electoral o preelectoral solo puede ser la consecuencia de la falta de demanda por peronismo en la sociedad, es decir, si no hay candidatos peronistas —o, habiendo de estos, no mueven la aguja— es porque no existe en el mercado de la política la demanda por esa representación. He ahí la conclusión que a muchos peronistas nos cuesta aceptar y es que, al menos en la política, ya no existe el peronismo como tal. Lo hay en los barrios y en la conciencia de un pueblo que es culturalmente peronista al comprender intuitivamente que allí está la representación real de sus intereses, pero no lo hay entre los dirigentes que finalmente gobiernan y deciden la orientación de las políticas públicas. Y no lo hay porque no existe una exigencia masiva que obligue a esos dirigentes a que lo haya.
Dicho de otro modo, no hay peronismo en la política porque no hay una masa considerable exigiendo que lo haya. Por definición, un dirigente político es el individuo que representa las demandas existentes, al menos en el discurso, para tener electorado y llegar a los cargos de la administración de lo público en el Estado. Si existiera, por ejemplo, un sector numeroso de la sociedad exigiendo la pavimentación de las calles con empedrado en vez de asfalto u hormigón, habría en la política dirigentes cuyo discurso representara la necesidad de adoquinar las calles del país. Pero no hay nada de eso, quienes añoran el empedrado son muy poquitos y en consecuencia el 100% de todos los dirigentes habidos va a pavimentar las calles con asfalto o con hormigón cuando le toque administrar la cosa pública. Una demanda que no existe no tiene representación política y no se realiza.

El analista avezado en cuestiones de la sociología sabe, no obstante, a partir del clásico caso de la vieja industria discográfica, estudiado hasta el hartazgo por la academia, que el de a pie no escucha realmente la música que quiere, sino la música que suena en los medios. En un tiempo pretérito no muy lejano, cuando para consumir música en la comodidad del hogar los de a pie debían comprarse los discos de vinilo tipo long play o algún casete, los álbumes más vendidos (o los únicos que se vendían, para más precisión) eran aquellos que contenían temas que habían “estallado” como hits en la radio, de modo que la industria discográfica solo tenía que copar todas las estaciones comerciales de radiodifusión y asegurarse la reproducción reiterada de las canciones que dicha industria distribuía con sus singles y demás cosas que hoy son pieza de museo.
Entonces la gente de a pie no escuchaba la música que quería, sino la música que había gracias a la acción mercenaria de las discográficas. La demanda por música no era y sigue no siendo una cosa natural; es, sigue y probablemente seguirá siendo la síntesis del interés de quienes hacen negocios con la música y cooptan con dinero la conciencia de los formadores de opinión. El éxito comercial de las Lali, las Tini, las Joaqui, las Pili y las Mili genéricas no se debe a su calidad artística, pues no la tienen. Se debe al lobby que hacen sus productores sobre los comunicadores en los medios tradicionales y sobre los influencers de las redes sociales para que estos formen la opinión pública con la prosaica idea de que esa es la música del momento, la que debe ser consumida porque “está de moda” y por lo tanto es necesariamente buena.
Los sociólogos saben que esto es así, lo aprendieron en la universidad. Pero a ninguno se le ocurre tomar el caso de la demanda fabricada por la industria discográfica y aplicarlo a la política para concluir que lo mismo ocurre aquí. La demanda política es lógicamente artificial, es una fabricación hecha en los estudios de radio y televisión por los mal llamados “periodistas”, quienes al igual que ponedores de música en las radios del pasado son operadores del interés de quien les meta dinero en el bolsillo, ya sea en la forma de salarios privilegiados, en la forma de sobres “por fuera” o ambas. Al fin y al cabo, lo que la mayoría quiere de la política es lo que esos operadores le enseñan a querer mediante la repetición goebbeliana de un determinado discurso. Por eso los operadores son formadores de opinión, porque literalmente hacen eso todos los días con el poder del micrófono y de la cámara.

Algún iluso se negará a creer en ello y dirá que el pueblo no es tan estúpido, que tiene voluntad propia, etc., toda la cantinela utópica y negacionista de la realidad que ya es muy bien conocida, aunque la simple observación de los resultados electorales de cualquier año arrojará como conclusión necesaria la de que los candidatos más votados siempre son los más ponderados por los operadores mediáticos. ¿Los ponderan a estos y no a los otros, a los que no suelen llegar al 1% en las urnas, porque los primeros son más aptos para el cargo al que se postulan y representan mejor el interés colectivo del pueblo? Claramente no. Los candidatos más ponderados por los operadores en los medios son los que tienen más dinero para hacer sus campañas y pueden, por lo tanto, “adornar” a los periodistas para que estos estén todo el día hablando de ellos en la radio, la televisión y las redes sociales.
Esta es la realidad objetiva e inobjetable en todo tiempo y lugar donde se lo invita a votar al pueblo en elecciones “libres”. Pero claro, esta realidad para el peronismo como movimiento no debería ser un escollo pues el peronismo está en condiciones de tener operadores propios que le enseñen al pueblo a demandar la existencia de dirigentes peronistas en la política. En este punto el lector que todavía no se dio a la fuga espantado se preguntará por qué eso no es lo que ocurre. ¿Por qué no hay candidatos genuinamente peronistas en la oferta electoral si el peronismo está en condiciones de cooptar la conciencia de al menos una parte de los operadores mediáticos para que estos le enseñen al pueblo a demandar peronismo? Pues básicamente porque el peronismo es “peronismo”, es una fuerza política que ha sido intervenida por gorilas y estos “adornan” a operadores mediáticos lógicamente gorilas para que repitan un discurso igual de gorila.

Un rápido vistazo a los operadores mediáticos propios del “peronismo” en la actualidad será suficiente para comprender la magnitud de este descalabro. ¿Cómo podrían un gorila socialista como Fernando Borroni, un gorila radical como Gustavo Sylvestre o un gorila liberal (y sodomita) como Pablo Duggan orientar al pueblo a querer peronismo y exigir fidelidad de sus dirigentes a los preceptos de la doctrina peronista? Este último, Pablo Duggan, por ejemplo, protagonizó hace pocos años uno de los momentos más patéticos de toda la historia de la televisión argentina al ponerse efusivo —al borde del orgasmo— ante la presencia de Javier Milei, abrazándolo a este al grito de “¡Me pongo de pie! ¡Milei es más liberal que yo! Es la primera vez que se sienta en esta mesa alguien que sabe de economía”. La escena lamentable tuvo lugar en Polémica en el bar y está disponible en YouTube para quien tenga el estómago.
Otro tanto podría decirse de Gustavo Sylvestre y de Fernando Borroni, el uno histórico empleado de Héctor Magnetto y el otro un entusiasta del discurso según el que las ideas del General Perón “necesitan actualización porque son muy de derecha”. Aunque algo menos patéticos y degenerados que Duggan, Sylvestre, Borroni y todos los demás operadores mediáticos en los canales y radios “amigos” son igualmente antiperonistas por derecha o por izquierda, son goridiestros o gorizurdos. ¿Cómo pretender de ellos que instruyan al pueblo a querer y a demandar representación de la doctrina peronista en las listas de candidatos? Imposible, es pedirle peras al olmo. Duggan, Sylvestre, Borroni y demás comerciantes de la palabra van a ponderar a los dirigentes gorilas zurdos o diestros y a exigir su presencia en las listas. Esta es la lógica indestructible del perro que solo sabe ladrar y del gato que solo puede maullar.

Las unidades básicas podrían salvar esta situación anulando a los operadores mediáticos con una formación doctrinaria de la militancia, pero las unidades básicas han sido cerradas, vaciadas o convertidas en espacios “culturales” de recreación y esparcimiento para “progresistas” cuyo desiderátum político es un pañuelo verde y el enemigo es la “derecha malvada”, el “macho”, el “facho” o la “gorra”. No existe la formación política de otrora con la incorporación a la conciencia de las 20 verdades, las tres banderas, el modelo argentino para el proyecto nacional y todo lo que Perón dejó escrito en la forma de un legado integral. El gorila que se instaló en el peronismo mediante el entrismo vio que las unidades básicas iban a ser un núcleo de producción de anticuerpos y las mandó a cerrar. Cerró las que pudo cerrar y reconvirtió en cualquier otra cosa las que no.
La triste conclusión es que el peronismo existe como doctrina, pero no como fuerza política. Como doctrina sigue vivo y actual como desde el primer día, no necesita enmiendas, correcciones ni actualizaciones para representar los intereses del pueblo-nación argentino o de cualquier otro pueblo-nación que lo requiera para organizar su lucha emancipadora. Como fuerza política no existe porque no tiene dirigentes relevantes que materialicen esa doctrina en la lucha por el poder en el Estado y luego en la administración de lo público. El “peronismo” que hay es un sucedáneo diluido y despojado de los principios de soberanía política, de independencia económica y de justicia social, de lo que Perón estableció de una vez y para siempre como la base del pensamiento nacional-popular y hoy no aparece más que en el discurso demagógico de los entristas y demás oportunistas.
El enemigo es poderoso porque representa los sucios intereses antinacionales en un contexto de avance de la recolonización, esta es una década infame. El enemigo es poderoso y comprende esa máxima del sentido común popular según la que las cosas solo pueden voltearse desde dentro y entonces se metió en el peronismo para convertirlo en este “peronismo” que hay, desactivarlo para que no sea la representación política de la causa por la liberación del pueblo-nación. El “peronismo” que hay no sirve y a lo mejor habrá que hacer como esos cristianos que en tiempos de persecución romana volvieron a las catacumbas, habrá que reagrupar con las piezas que están desparramadas y desensillar hasta que aclare, como enseñaba también el General Perón. Los cristianos un buen día salieron de las catacumbas a evangelizar el mundo porque la organización vence al tiempo.