Se cumplen 80 años de la última gesta épica —junto al desembarco en las Islas Malvinas en 1982— llevada a cabo por el pueblo argentino o, como supo describir Raúl Scalabrini Ortiz a la irrupción en la escena pública de la clase trabajadora el 17 de octubre de 1945, el subsuelo de la patria sublevado. Y una vez más, como todos los años, el pueblo peronista vuelve a celebrar la fecha como el Día de la Lealtad, pero subsiste la pregunta: ¿Hoy lealtad a qué o a quién?
Los testigos, los más memoriosos y estudiosos, exclamarán: ¡Al pueblo! ¡Al General Perón! ¿Pero es así? Cada año que pasa, Perón queda más oculto como si el pueblo argentino y él no hubiesen sido los protagonistas de una gesta sin parangón en estas latitudes, como si en el día de la madre uno saludara a cualquiera menos a su madre. La fundación del movimiento justicialista, iniciado con la revolución del 4 de junio de 1943 a cargo del GOU, culminó un 17 de octubre de 1945 brindando a la nación un nuevo paradigma industrial y por lo tanto soberano que no pudo ser superado aún.
Algo que también suele ocultarse y cada vez pasa más desapercibido: la nación en armas, la unión del pueblo con el ejército. La unión nacional, como supo definir el General Perón en la Cátedra de Defensa Nacional de la Universidad Nacional de La Plata en 1944. Pero ese es otro capítulo.
Fuera de los testigos, los memoriosos y los estudiosos, que son los menos y buscan abrazar nostálgicamente lo que hoy parece más una utopía que una posibilidad cercana, existe el peronismo. Existe una palabra intrínseca al argentino, se perciba afín o no con el susodicho. Y es que para responder la primera pregunta, hoy lealtad a qué o a quién, primero habría que saber responder qué es el peronismo o, mejor dicho, qué significa para los argentinos.

Definirlo es muy sencillo, aunque es como ironizaba Ricardo Iorio: “Acá, giles, está la Biblioteca de Alejandría multiplicada por trescientos mil a velocidad lumínica, pero ustedes lo usan para mandar una carita feliz”. El peronismo es un movimiento con doctrina, nacido del seno del pueblo argentino para la felicidad de sus hijos y la grandeza de la nación. Hay material para hacer dulce. Las obras escritas por Perón, Las 20 Verdades Peronistas, la Constitución del 49, sus gobiernos, discursos y entrevistas, está todo ahí al alcance de un clic.
Sin embargo, pareciera que esto no tiene relevancia alguna, porque cada argentino asocia “peronismo” con algo distinto y si se le pregunta qué es cada uno dará una respuesta diferente, muchas veces contradictorias entre sí. Aquí yace la maniobra: el peronismo no se puede matar, pero sí se lo puede inutilizar. Es como ese refrán de la progresía: la única iglesia que ilumina es la que arde. Al fin y al cabo, no lleva a ningún lugar ni conduce a ningún cambio más que a la destrucción de un edificio que al otro día se levantará de nuevo. Una expresión que se reviste de rebeldía pero que no es más que un grito efímero de la adolescencia atea.
Lo que no puede matarse se inutiliza, se desprovee de su propósito convirtiéndolo en un significante vacío. Para el lingüista suizo Ferdinand de Saussure, el signo lingüístico está compuesto por dos caras de una misma moneda: el significante y el significado. El significante es la imagen acústica (por ejemplo: ár-bol) y el significado, la idea asociada a esa forma. Influenciado por Jacques Lacan, el filósofo argentino Ernesto Laclau invierte la fórmula al señalar que ciertos significantes pierden su anclaje y se vacían, permitiendo múltiples interpretaciones. En ese sentido, el peronismo se vuelve un campo abierto, vulnerable a cualquier apropiación.
Para Laclau, el significante vacío permite agrupar demandas heterogéneas, su indeterminación sirve para representar una totalidad. Pero alguien también se atreverá a invertir la fórmula diciendo que el peronismo pierde su capacidad revolucionaria y no aglutinadora —como etapa superadora del liberalismo colonial, recuperando un modelo industrial y soberano— al ser sobrecargado con distintos significados contradictorios según el momento histórico y los actores que lo invoquen, ya sean estos criticones de la Década Ganada o aduladores del gobierno de Alberto Fernández y de Cristina Fernández, impidiendo que un actor rellene nuevamente con un contenido estable y unificante.

Esta operación fue posible gracias a una maniobra en tijera. La izquierda por un lado y por otro la derecha, ambos filos del liberalismo. Años de desgaste mediante el entrismo marxista, la guerrilla y los intelectuales en conjunto con sectores de la derecha, propiciaron los golpes de Estado, primero en 1955 y luego en 1976 contra la primera mujer electa presidente en el mundo, María Estela Martínez de Perón.
Hoy, en nombre del peronismo, la progresía postsoviética o quienes se perciben como kirchneristas hacen y deshacen, pero nada de esto corresponde a lo que es o fue el peronismo. En la actualidad un argentino asocia el término con los “zurdos”, otro con los “fascistas”, otro con los “planeros”, otro con la “burguesía” y así podemos estar toda la vida arrojando ejemplos. Lejos de lo que propone Laclau, el peronismo termina desprovisto de valor. Es todo y nada al mismo tiempo. Y en su nombre se imponen intereses oscuros y foráneos que nada tienen que ver con la felicidad de sus hijos ni con la grandeza de la nación.
Tal vez, entonces, la verdadera lealtad hoy no sea a una figura ni a una palabra, sino a la misión original que aquel día encarnó: la unión nacional y la soberanía.
Es una época que se caracteriza por la falta de valor en las palabras, para Saussure el valor es lo que define el sentido de una palabra en el sistema de la lengua. El valor de una palabra no depende de lo que nombra en el mundo, sino de cómo se diferencia de las otras palabras del mismo sistema lingüístico. “En la lengua no hay más que diferencias y esas diferencias son las que constituyen el valor”, explica Saussure.
Perro, lobo, gato, oveja, vaca, cada una estas palabras tiene un valor distinto porque se diferencia de las otras. Esto pareciera ser una obviedad, pero no lo es. Hoy no todos entienden todas las palabras. En Argentina, por ejemplo, si tomamos a un sujeto que se considere a sí mismo peronista o a uno que se ubique a la izquierda y le preguntásemos quién es peor entre un fascista y un liberal, muy probablemente en nueve de cada diez respuestas obtenidas los sujetos afirmarían que el malo es el fascista.

Eso pasa porque no se sabe qué es el liberalismo ni tampoco qué es el fascismo, de modo que la idea que se hace de un fascista se corresponde, en realidad, con lo que es un liberal. Es lo que ocurre con el expresidente Mauricio Macri, con Javier Milei y demás canallas de esa estirpe. No se cansan de gritarles que son unos fascistas, aunque eso es inviable. Para empezar, si Macri o Milei fuesen fascistas no serían tan cipayos.
Porque la manía antinacional es lo propio del liberal y también lo es la manía antipueblo. Todo lo que se suele creer que es de “fachos” es más bien de liberales. Mientras no se deje de perder el tiempo con un fascismo que no existe hace 80 años y no se empiece a instalar que el verdadero enemigo es el liberal este volverá una y otra vez. Por derecha o por izquierda, pero va a volver siempre.
Esto también puede observarse en lo que proponen Charles Ogden e Ivor Richards en su libro El significado del significado, un triángulo semiótico. El triángulo tiene tres vértices, el símbolo que es el significante, la referencia que equivale al significado y el referente, el objeto concreto al que se refiere el símbolo.
Un ejemplo concreto es la palabra “árbol”, que es el símbolo, la palabra que se utiliza para nombrar algo. La referencia es la idea asociada a esa palabra o forma, hasta ahí lo que veíamos en un principio con el significante y el significado de Saussure. Luego viene el referente que es el objeto concreto al que se refiere el símbolo, por ejemplo, el árbol real que está en la plaza.
Entre el símbolo y la referencia hay una relación directa porque se asocia la palabra con una idea y entre la referencia y el referente también hay una relación directa porque la idea se basa en la cosa real, pero no hay una relación directa entre el símbolo y el referente. La relación aquí es arbitraria, depende del acuerdo implícito o explícito entre los sujetos en el lenguaje.

Esta relación arbitraria está rota o sobrecargada con mucho ruido imposibilitando que se vuelva estable, rota porque el acuerdo no se cumple en su totalidad y sobrecargada, porque el referente ya no es el que era —en el peronismo su doctrina y gobierno— sino más bien lo que hoy los funcionarios políticos confunden y hartan en su decir y hacer. La comunidad de acuerdo del triángulo semiótico, que es la base de sustentación del entendimiento colectivo, está fragmentada y débil. No solo el “peronismo” carece de valor, sino muchas categorías políticas en la actualidad. Esto vuelve inentendible el sentido del argentino y por lo tanto lo deja vulnerable.
“Dios”, “patria” y “familia” fueron algunas de las palabras que utilizó Milei para construir su narrativa, pero en la acción no ha hecho otra cosa que atentar contra la patria, la familia y Dios. Otro tanto pasó con Alberto Fernández —por ejemplo, las concesiones de la llamada Hidrovía, el agua y la pesca— y otro tanto va a pasar con Fuerza Patria. Van a llegar hablando finito, con muy buenos modales y discurso de “unión nacional”, van a presentarse como la contracara a Milei, pero en realidad van a venir a validar y a cristalizar lo hecho por Milei, disfrazando sus acciones con un rebote económico artificial que prepara un terreno muy frondoso para la discusión.
¿Quién será capaz de cuestionar una súbita mejora del poder adquisitivo o del cuidado a los abuelos y enfermos que se ha perdido en estos últimos años, por nombrar algunos ejemplos? En su sano juicio, nadie. Pero hay que entender que se quitó para volver a “dar”, para tapar todo lo que vienen quitando hace años. Este “quito y doy” un día se va a terminar y será un ciclo de quitar solamente. Para cuando el pueblo sea consciente el daño ya estará hecho.
Recuperar el triángulo semiótico es más que un ejercicio en el campo del lenguaje: es volver a construir los acuerdos simbólicos que hacen posible una comunidad nacional. Solo así podremos quitar el ruido y recuperar la función revolucionaria y soberana de lo que alguna vez fue el peronismo. Las palabras van a recuperar su sentido a través del valor y el pueblo sabrá diferenciar para constituir una verdadera comunidad organizada.
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