El enemigo es Milei

Un clima de apatía entre las mayorías populares y niveles demasiado altos de abstencionismo electoral en un país donde el voto es una tradición y una costumbre muy arraigada son la evidencia de que el actual sistema de representación mal llamado democrático ya no convence como solía hacer en el pasado. Y la razón es el abandono por parte de la clase dirigente del rol de representante de la voluntad popular. Todos los dirigentes juegan para el mismo equipo y, para disimularlo, usan a Javier Milei como un chivo expiatorio. Milei es el enemigo ideal, un Goldstein en este ‘1984’ para que sus pares salgan de este trance ilesos y encima fortalecidos, aunque deberían ser execrados por su complicidad en el régimen.
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De un tiempo a esta parte se viene haciendo más perceptible el hastío de la sociedad argentina en torno a la política representativa o el sistema republicano representativo dicho democrático. Como siempre solemos repetir como loros en estas páginas unos pocos maestros Siruela, el sistema republicano por sí solo no es democrático sencillamente porque no siempre representa el interés del pueblo y democracia por etimología significa eso, un gobierno en manos del pueblo. De hecho, el hastío social viene de la mano de una intuición por parte del hombre común —que no es consciente, por eso es una intuición y no un conocimiento acabado— acerca de la banalidad de la praxis política entendida como mera participación en elecciones libres y periódicas en el contexto de una partidocracia republicana que no responde a los intereses populares.

Pero también sucede que al interior de los círculos más politizados y más ideologizados (a menudo sobreideologizados), cada vez que uno manifiesta o siquiera esboza esta clase de críticas al sistema como tal, algún despistado “de este lado” de la grieta se apresura a ordenarle no hacerlo, “porque ahora el enemigo es Milei”. Así, todo cuestionamiento a la partidocracia, al sistema republicano que no es democrático porque no representa el interés popular o a los miembros de esa partidocracia que supuestamente se autoperciben peronistas, justicialistas o nacional-populares resulta de plano censurado por los mismos militantes y simpatizantes del llano sin siquiera llegar a salpicar a la dirigencia entreguista que participa de la simulación. De ese modo el sistema se blinda a sí mismo utilizando como vallado contra la disidencia a las propias víctimas del proceso, los pobres diablos de a pie que no pinchan ni cortan en el banquete de la política grande.

Y lo que genera una contradicción en ese estado de situación es el hecho de que se plantee a una persona puntual como el enemigo (en este caso a Javier Milei), cuando está claro que desde el vamos ninguna facción dentro del sistema representa de ninguna manera el interés popular, ni dentro ni fuera del mileísmo y es imposible que lo represente porque el sistema mismo está configurado deliberadamente para sostener una ficción republicana vendida como democracia para adormecer la voluntad popular. Pero decir abiertamente aquello es al parecer una forma de hacerle el juego al supuesto enemigo que supuestamente es Javier Milei, aunque ese análisis contradice toda lógica pues ya sucedió en el pasado que hemos aislado en una persona individual la presunta encarnación del “enemigo” y la salida de aquella persona del centro de la escena no resolvió el problema de la ausencia de representación de los intereses populares.

Si no aprendimos nada de esa lección, entonces, o nos caracteriza la ingenuidad suprema o voluntariamente estamos practicando el arte de la negación, regodeándonos en la comodidad de las mentiras o medias verdades para no meternos en el fango, indagando qué es lo que sucede en realidad, cuál es el trasfondo que justifica que por lo menos hace una década no se haya detenido en ningún momento el proceso sistemático de pauperización de la sociedad argentina, de empobrecimiento cultural, material y espiritual, de desarticulación de los lazos sociales, de disolución de la comunidad y atomización de los individuos. ¿Cómo es posible que sigamos considerando que el problema es Milei cuando no siempre gobernó Milei a lo largo de los últimos diez o doce años de caída sostenida en la calidad de vida de los argentinos?

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La imagen de un Javier Milei demoníaco proyectada en la pantalla de un recital para adolescentes, una cosa demasiado similar a la exposición de Emmanuel Goldstein en ‘1984’ como el responsable por todos los males del mundo. Nadie en su sano juicio dudará de que el régimen mileísta es de lo más antipueblo y antipatria que existe, pero la homologación de todo el mal en Milei es parte de la estrategia para que no se vea que Milei tiene socios y cómplices en ambos lados de la grieta.

En otro momento nos decían lo mismo por Mauricio Macri: “No hay lugar en este momento para la crítica al accionar de los supuestos referentes del ‘campo nacional y popular’. No se debe tirar piedras contra los ‘propios’, eso es cosa de trotskistas, el enemigo ahora es Macri”. Pero el gobierno de Macri terminó y no obstante siguió acentuándose el proceso de pérdida de soberanía, independencia económica y justicia social. Con Alberto Fernández primero (aquel a quien los “nuestros” nos encajaron con fórceps) y ahora sí con Milei. Es el mismo proceso, completamente independiente de la persona individual de quien caliente el sillón y a quien nos presenten como “el enemigo”.

De hecho, a lo largo de los dos primeros años del gobierno de Milei la mayor parte de las iniciativas que impulsó el mileísmo fueron aprobadas por los diputados y senadores de la llamada oposición. Legisladores que puede que hayan gritado muy fuerte en el parlamento y tal vez hayan publicado fotos con discursos encendidos en las redes sociales, instalando hashtags y presentando repudios, pero que en esencia avalaron el proceso. El Decreto 70/23 por ejemplo, habiendo sido de las primeras medidas en sancionarse apenas asumido el gobierno, aún sigue vigente sin que la llamada oposición haya tomado jamás nota de ello. La Ley de Bases sigue vigente también. La reforma previsional de facto que comenzó a regir con excusa del aislamiento social derivado de la epidemia de gripe a partir del gobierno de Alberto Fernández no se revirtió finalizada la presunta emergencia sanitaria y probablemente tome fuerza de ley en el contexto de la reforma laboral que se aprobará en el mediano plazo antes de que se termine el mandato de Javier Milei.

En esencia, como se ve, el proceso de empobrecimiento sistemático de los argentinos se sostuvo, jamás se detuvo con la caída de Macri, quien fuera sindicado en su momento como “el enemigo” a derrotar. Entonces una pregunta legítima es: ¿Por qué los compatriotas y supuestos compañeros nos echan la culpa de la crisis política, económica, social y cultural que aqueja a nuestro país a los pocos díscolos que nos atrevemos a cuestionar el sistema más allá de los nombres propios? Nos quieren convencer de no estar siendo capaces de identificar al enemigo, de seguir “tirando piedras” sobre “nuestro” tejado y de no estar combatiendo con la debida vehemencia al mileísmo criminal, pero lo cierto es que esa acusación no convence por el simple hecho de que mucho antes de que Milei existiera a la política argentina la crisis ya estaba ahí y jamás retrocedió. Evidentemente tiene que haber algo más, no resulta suficiente la explicación simplista de que el enemigo es Milei.

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Alberto Fernández y Mauricio Macri durante la asunción de aquel como presidente en 2019. Fernández y Macri son los antecedentes necesarios de Milei, son los precursores de la obra de destrucción que hoy continúa con el régimen mileísta, pero que de ninguna manera empezó con este. Sindicar a Milei como el iniciador de la debacle solo sirve para eximir de responsabilidad a quienes sentaron a Milei en el sillón.

Porque además de todo lo antedicho, a Javier Milei alguien lo colocó ahí donde está. Milei fue construido y fue vendido como un producto mucho antes de llegar a la primera magistratura en noviembre de 2023. El cursus honorum que históricamente un funcionario debía atravesar antes de auparse a la presidencia de la Nación jamás le hizo falta a un personaje que saltó sin escalas de ser un payaso mediático y panelista de televisión vinculado al entramado massista directamente a legislador y figura presidenciable, altamente publicitada por los medios de derecha a izquierda de la grieta ideológica, una suerte de Jair Bolsonaro local señalado por el progresismo como candidato elegible a la moral conservadora del pueblo llano a través de la psicología inversa propuesta por la lógica del “ele não”. A Milei lo elevaron artificialmente, no se subió solo al ring.

Entonces tal vez no sea un enfoque del todo errado el que sugiere cuestionar lo profundo del sistema antes que la individualidad de las personas a quienes ese sistema permite participar un día como oposición y otro día como oficialismo. Por algún motivo nos parece más razonable asumir que de repente la sociedad argentina haya enloquecido y querido cometer suicidio, por lo cual se le ocurrió elevar al lugar de presidente al desequilibrado, el pervertido, el outsider, el Guasón que vino a apagar el fuego con un bidón de nafta. Todo eso en lugar de optar por la independencia, la soberanía y por el imperio de la justicia social. Los argentinos consideramos que la mejor idea era regalar el país al mejor postor y por eso elegimos a Milei, somos una manga de idiotas.


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