Entender a Perón: ámense los unos a los otros

De regreso al país después de 18 años de exilio, el General Perón reformó una de las 20 verdades del nacional justicialismo en un intento por bajar los decibeles en una discusión política que había llegado al límite máximo de la estridencia y se había vuelto violenta. La sustitución de “peronista” por “argentino” en la verdad Nº. 6 responde a la necesidad de unidad nacional que Perón en sus días veía como condición sine qua non para salvar la patria de los enormes peligros que la acechaban. Hoy como entonces es preciso entender a Perón frente al peligro de disolución actual.
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Después de 18 años en el exilio y ya bien avanzado en edad, el General Juan Domingo Perón volvía a la Argentina a principios de los años 1970 con el objetivo de ponerle el broche a una obra que había quedado inconclusa al advenir el golpe de 1955. El viejo General sabía que a pesar de las dos décadas de proscripción e infamia a manos de los golpistas y de la derogación de la brillante Constitución de 1949, la que consagraba con fuerza de ley las conquistas sociales del pueblo-nación, el peronismo no había sido aún del todo revertido. Quedaba todavía mucho de lo logrado en los trece años de revolución nacional justicialista desde el advenimiento del GOU en 1943 y la cuestión se resumía a reactivar los anticuerpos, a reorganizar la comunidad en base a una filosofía nacional para restablecer el imperio de la justicia social. Perón urdió entonces una paciente trama para su regreso elevando primeramente a su secretario personal Héctor Cámpora a la presidencia y luego ganando en primera persona las elecciones de 1973 con un aluvión histórico de votos.

Pero el humor político había cambiado mientras Perón estuvo en el exilio. El incordio generado por las dictaduras gorilas que se hicieron alternar con los periodos de farsa electoral tutelada y antipopular de los radicales había sembrado en la política del cabotaje la semilla del enfrentamiento. Un clima profundamente violento de desconfianza estaba instalado por una militancia que además en ausencia de su conductor no habría de tener mejor idea que la de correrse a la izquierda acercándose a las tesis del socialismo. Al retornar a la Argentina, lo que Perón encontró hacia el interior de su propia fuerza fue una grieta entre los dirigentes sindicales y unos “peronistas”, ahora entre muchas comillas, que hablaban de la “patria socialista”, proponían la lucha de clases y ponderaban más la epopeya guerrillera del “Che” Guevara que la obra redentora del nacional justicialismo al que supuestamente se afiliaban. Las conquistas sociales del peronismo no se habían perdido, pero estaba muy cambiado el clima social y político cuando Perón puso los pies en el país definitivamente el 20 de junio de 1973.

De hecho, ese día se produjeron graves disturbios entre la multitud que había ido a recibir a Perón en el aeropuerto. La llamada masacre de Ezeiza fue el resultado previsible, quizá necesario, del clima de discordia que las casi dos décadas de exilio, proscripción y conducción ausente habían instalado en la política argentina. Con el prosaico y a la vez simbólico fin de hacerse con el control del palco para dar una demostración de fuerza, se enfrentaron a tiros el sector sindical del peronismo y las agrupaciones juveniles dichas de izquierda con un saldo de muertos estimado luego en 13 víctimas, aunque es imposible saber a ciencia cierta cuántos perdieron la vida ese día al no haber habido investigación alguna. El vuelo de Perón fue finalmente desviado a la base aérea de Morón por motivos de seguridad, de modo que la masacre en sí fue en vano: no habría recibimiento ni palco, nada en Ezeiza. Solo un hecho lamentable que llenaría la historia argentina de un duelo imborrable.

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El comandante de Gendarmería Pedro Antonio Menta, en una de las imágenes más emblemáticas del episodio que quedó conocido como la masacre de Ezeiza, exhibe en el palco un arma que supuestamente le había sido arrebatada a un militante “peronista” de la izquierda. A la vista de estos sucesos, un recién arribado Perón se dedicó a reformar la doctrina del nacional justicialismo para darle un carácter aún más universal del que ya tenía.

Perón vio todo eso y tomó debida nota del clima enrarecido existente en la política del país, se percató inmediatamente de que el discurso partisano no iba a ser útil —o más bien iba a ser contraproducente— para la construcción política de la nueva etapa nacional justicialista. No iba a ser posible una reorganización de la comunidad sin algún ajuste en la doctrina peronista que bajara los decibeles del griterío para no echar más nafta al fuego de un muy peligroso y disolvente enfrentamiento entre argentinos. Apenas instalado en el país, un Perón extraordinariamente perceptivo entendió que la subgrieta abierta entre peronistas por criterios además ajenos a un peronismo que nada tiene que ver con derechas ni con izquierdas sería un escollo en el ya de por sí muy difícil camino de la reconstrucción nacional después de 18 años de infamia gorila. En esas circunstancias no estarían dadas las condiciones para hacer lo que Perón quería hacer, a saberlo, reeditar el éxito de gestión del primer peronismo entre 1946 y 1955 para volver con los días más felices.

Perón no podía permitirse ninguna grieta interna en el movimiento pues la propia naturaleza del peronismo prescribe la unidad entre los de abajo más allá o por encima de las inclinaciones ideológicas de los individuos. Por su concepción doctrinaria, el peronismo tiene por objetivo la representación de los intereses de las mayorías populares en el marco de un proyecto nacional y nacionalista cuyos horizontes son la soberanía política, la independencia económica y la justicia social sin la necesidad de ninguna lucha de clases de naturaleza socialista, sino más bien mediante una alianza entre las clases sociales alrededor de un proyecto común de liberación nacional. Lo que hace del peronismo una tercera posición equidistante tanto del liberalismo como del socialismo es precisamente esa vocación de evitar el enfrentamiento entre connacionales, la tendencia a buscar los grandes acuerdos entre los que piensan distinto sobre los más variados temas de organización en la sociedad humana. El peronismo no es de izquierda ni es de derecha: niega ese ordenamiento horizontal heredado de la revolución burguesa de Francia y lo reemplaza por la unidad popular.

Peron y Rucci
Imagen del 17 de noviembre de 1972 al producirse el primer regreso de Perón a la Argentina, el que finalmente fue frustrado porque no estaban dadas aún las condiciones para que el General se quedara. A su lado, José Ignacio Rucci sostiene el famoso paraguas en la histórica imagen del primer paso de Perón por el país tras casi dos décadas de exilio.

El ajuste en la doctrina nacional justicialista vino mediante el agregado de una cuarta bandera (el nacionalismo cultural) a las tres originales, pero fundamentalmente con una enmienda o corrección de época a una de las 20 verdades, más precisamente a la sexta de esas verdades. Allí donde originalmente Perón había dicho que no hay nada mejor para un peronista que otro peronista, quedó establecido en 1973 que la verdad Nº. 6 iba a leerse de la siguiente forma: “Para un argentino no puede haber nada mejor que otro argentino”. Se sustituía entonces “peronista” por “argentino” y la maniobra de sentido fue, por lo tanto, restarle carga simbólica partisana al peronismo haciéndolo aún más universal de lo que ya era. El carácter de movimiento, que es diametralmente opuesto al de partido porque no pretende la representación de una parte de la sociedad, sino del todo, iba a quedar plasmada de una vez y para siempre en esta sexta verdad que fue reformada por la necesidad de Perón de cerrar la grieta.

Es preciso entender a Perón en esa coyuntura decisiva para comprender la naturaleza del peronismo ayer, hoy y siempre. El peronismo, como veíamos, no es un partido político porque no existe con la finalidad de representar ideológicamente a una parte del pueblo. El peronismo es un movimiento y como tal está diseñado para representar a todo el pueblo trabajador, al peón rural y al patrón de estancia, al obrero fabril y al industrial pyme. Todo el que trabaja y por lo tanto produce, sin importar el lugar que ocupe en la cadena de producción, está representado políticamente por el peronismo. ¿Por qué? Porque al plantear la liberación nacional el peronismo favorece a todos los argentinos. Favorece claramente a los asalariados al garantizar la totalidad de sus derechos sociales, pero también a los propietarios de los medios de producción, transporte y comercialización porque la soberanía política y la independencia económica se traducen en mayor prosperidad y, por lo tanto, en más riqueza para que todos ganen más.

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Juan Domingo Perón en 1974, al lado de María Estela Martínez de Perón. Ya muy entrado en años, el General luchó durante mucho tiempo contra varios problemas de salud para enderezar el barco de una Argentina signada por la división y la violencia. Fallecería pocos meses después de su regreso, el 1º. de julio de 1974 sin ver concretado su sueño de una unidad nacional-popular plena.

No, no es lo mismo ser propietario y empresario en una neocolonia que en un país plenamente independiente. Los ricos de las naciones con mayor grado de soberanía son más ricos porque la sociedad en la que hacen sus negocios también es más rica, dando como conclusión el que todos los empresarios nacionales en Argentina tienen que ser peronistas por simple interés particular. Está claro que muchos empresarios nacionales no entienden esta obviedad y la van de antiperonistas, son gorilas por pura ideología olvidando en ello el interés propio. Pero el peronismo es como Dios porque ama a todos sus hijos aunque algunos de estos sean rebeldes. Por amarlos así es que el peronismo cambia en 1973 su sexta verdad, no necesita que sus hijos se afilien a la religión del padre haciéndose llamar peronistas. Declara su amor a todos los argentinos sin cuidado de la rebeldía ideológica que tenga cada uno de ellos en la conciencia.

No hay nada mejor para el peronismo que un argentino y esta es una enorme declaración de principios. Entender a Perón es saber que Perón no quiso divisiones entre el pueblo, sabía que las divisiones son nefastas para la construcción política de las naciones. Eso fue así en 1973 y sería igualmente así si Perón se levantara hoy de su tumba y viera que el lamentable estado actual de grieta está conduciendo a los argentinos de izquierda y a los de derecha a un estatus neocolonial del que difícilmente podrán volver. Los de izquierda se pelean con los de derecha y viceversa, se sindican los unos a los otros como el enemigo a combatir y no ven que el enemigo común es la fuerza brutal de la antipatria que los quiere esclavizar a todos y saquear las riquezas del territorio. Hay que entender a Perón en la sexta y también en la vigésima y última verdad del decálogo, la que no fue reformada y siempre afirmó que en esta tierra lo mejor que tenemos es el pueblo.


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