Durante el albertismo que fue el poskirchnerismo y en los últimos años del cristinismo, fundamentalmente después de 2013, una idea se instaló como consigna excluyente por los dirigentes para la repetición sistemática entre los militantes y los simpatizantes. Esa idea fue la del Estado presente, la de que la sociedad funciona mejor con el control estatal absoluto sobre todos los aspectos de su existencia y organización. En los primeros meses del albertismo entre marzo de 2020 y principios de 2021 esa idea tan prosaica se impuso junto a todas sus variaciones retóricas —“el Estado te cuida”, “el Estado te salva”, etc.— gracias al advenimiento de la gripe llamada coronavirus. El miedo a la muerte por enfermedad puso a muchos de rodillas frente al discurso totalitario y totalizador, dando como resultado un repunte de la religión estatal por la acción de un progresismo confundido.
Entonces la noción de Estado presente se instaló con la fuerza de una verdad revelada y, además, con el sello del peronismo. Unos dirigentes claudicados, entregados al tongo del complejo industrial militar-farmacéutico, fueron en masa a los medios de difusión a vociferar que la esencia de la doctrina peronista era ese Estado omnipresente que “cuidaba” al pueblo mediante la represión de aquellos tercos trabajadores precarizados que insistían en no quedarse en casa porque vivían al día y si no trabajaban no comían. En el discurso totalizador del Estado presente la salud era la prioridad aunque el costo de cuidarla fuera reprimir y encarcelar a quienes no podían tolerar la cuarentena como la aceptó gustoso cualquier empleado del sector público cuya paga a fin de cada mes estuvo siempre garantizada.
Claro que el resultado necesario de eso fue un Javier Milei al grito pelado de “libertad”. Pero ese es un asunto para otra conversación. El caso es que con la finalidad de imponer la parálisis social y económica que claramente estaba prevista en el experimento social globalista de la pandemia los dirigentes del “peronismo” falsificaron la doctrina de Perón instalando que la esencia de dicha doctrina es la omnipresencia y la omnipotencia del Estado. No fue necesario mucho más que esa patraña para convencer a una militancia que hace mucho perdió todo contacto con la doctrina y no sabe muy bien por qué se hace llamar peronista. Los militantes autopercibidos “peronistas” —muchos de ellos con empleo en el Estado, por supuesto— se pusieron al hombro entonces la tarea indigna de “botonear” a los trabajadores informales llamándolos “anticuarentena” y exigiendo para ellos castigo.

Castigo estatal, véase bien, que para eso estaba el Estado presente. Quizá sin saberlo o sabiéndolo, lo que configuraría un pecado aún más grave, esa militancia adhirió de lleno al fascismo clásico de un Benito Mussolini que tenía por lema el “todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. Manipulada por sus dirigentes claudicados, esa militancia dicha “peronista” hizo de todo menos peronismo, mezcló en su discurso errático consignas ultraliberales como el aborto, el feminismo y la exaltación de la homosexualidad con el culto estatista que caracterizó a los fascistas italianos de la preguerra. Fue un híbrido, un engendro. El “peronismo” del kirchnerismo tardío fue antiperonista por izquierda y por derecha al mismo tiempo y nunca, jamás sus militantes se percataron de ello.
Y hasta los días de hoy siguen haciéndose llamar “peronistas” sin ruborizar, lo que es propio de su inconsciencia. El kirchnerista tardío se abraza a literalmente cualquier consigna ideológica a instancias de sus dirigentes y si mañana estos chantas de feria se inventan la noción de que ser peronista es, por ejemplo, privatizar todo lo público —cosa que casualmente o no ya pasó y no hace mucho—, la militancia sin doctrina repetirá esa consigna con toda la convicción y, al grito de “traidores”, purgará a quienes presenten objeción doctrinaria de conciencia. No importan la naturaleza ni el origen histórico de las consignas convertidas en mantra: al no conocer la doctrina de Perón, el actual militante “peronista” puede repetir lo que fuere y puede hacerlo además creyendo genuinamente que eso es peronismo.

Claro que una rápida lectura de los pocos documentos que conforman el canon de la doctrina peronista (ni siquiera es necesario leer mucho, esto no es el marxismo) alcanzaría para darse cuenta del error. Empezando por el decálogo viejo y peludo de las 20 verdades, no hay forma de interpretar el estatismo ni el antiestatismo en la doctrina peronista. Tanto la idea infame del Estado presente como la infamia opuesta, la de las privatizaciones, son ajenas y extrañas a un Perón que plantea claramente el Estado como un dinamizador de la economía y un agente de la justicia social mediante el arbitraje entre capital y trabajo, pero ubica todo el poder en la comunidad. Parece difícil y es fácil. Perón no es liberal, no es comunista ni es fascista. Perón es Perón en la idea original de comunidad organizada.
El estatismo es, en realidad, una degeneración de los dirigentes una vez que estos alcanzan el poder político y hacen cualquier cosa por sostenerlo. Un comunista como Lenin, por ejemplo, al calor de la revolución bolchevique planteó como fundamento de sus tesis de abril que todo el poder debían tenerlo los soviets, es decir, el primer Lenin quiso ser peronista y luego no pudo resistir a la tentación de centralizar el poder político en un Estado que estaba bajo su control. Los soviets, como se sabe, no son sindicatos en un esquema de pugna meramente económica. Los soviets son consejos comunitarios de trabajadores, soldados y campesinos, son organizaciones libres del pueblo tal y como las concibió Perón, aunque evidentemente adaptadas a la idiosincrasia propia de los rusos.

Lenin empezó pensando en una comunidad organizada depositaria de todo el poder político y luego fue degenerando hacia el estatismo, interpretó finalmente a Marx con la idea de un Estado socialista como etapa previa a la construcción de la utopía, el comunismo que es la abolición tanto de las clases sociales como del propio Estado. Perón no comete ese error ni cae en la tentación totalitaria. Hasta el último día de su vida Perón tuvo fe en el pueblo y planteó que todo el poder debía radicar en las organizaciones libres del pueblo, la versión argentina de lo que los rusos llamaron soviets. El peronismo, por lo tanto, de ninguna manera puede ser estatista ni antiestatista. El peronismo entiende que el Estado tiene una función determinada, una que no puede dejarse librada al capital, pero ubica el poder político en la comunidad.
Además, el peronismo no tiene utopía alguna, no es una etapa de transición hacia un mundo ideal johnlennonista que existe solo como expresión de deseo. La comunidad organizada en las organizaciones libres del pueblo es el medio y es el fin, no hay nada mejor en términos de ordenamiento social y político que una libertad económica de emprender condicionada a la responsabilidad social. El hombre queda habilitado a buscar el progreso individual mediante la inversión y el trabajo, pero queda también obligado con la comunidad de la que forma parte. Esta es la razón por la que un filósofo como el ruso Aleksandr Dugin ha llegado a definir a Perón como un profeta ontológico. El peronismo es el santo grial de la política pues da con el equilibrio que liberales y socialistas buscaron y jamás encontraron.

Entre las 20 verdades del nacional justicialismo la idea de esta comunidad organizada se sistematiza del punto 15 al 20 y la correcta interpretación de este canon es fundamental para entender a Perón. En la 15ª. verdad está la armonización entre la libertad de emprender y la responsabilidad social, donde se lee lo siguiente: “Como doctrina política, el justicialismo realiza el equilibrio del derecho del individuo con el de la comunidad”. Es la propia descripción de la tercera posición en lo político, o la negación tanto del liberalismo que exalta al individuo como del socialismo que lo anula subsumiéndolo en el grupo. En la tercera posición nacional justicialista el individuo es libre para hacer su negocio, siempre y cuando no pierda de vista su responsabilidad respecto al grupo.
En la 19ª. verdad, por otra parte, se lee aquello que suele confundir mucho a ciertos exégetas: “Constituimos un gobierno centralizado, un Estado organizado y un pueblo libre”. Los exégetas en cuestión ponen énfasis en lo primero y omiten lo último, esto es, cargan sobre el Estado organizado y el gobierno centralizado para homologar —queriéndolo o no— el peronismo con el fascismo de Mussolini, pero sin comprender que ahí lo esencial es el pueblo libre y por lo tanto detentor de todo el poder político, porque esa libertad es la de organizarse sin la necesidad de autorización o tutela del Estado para gobernarse a sí mismo en la práctica.
Y finalmente está la 20ª., última y definitiva verdad, la que Perón incluye para reafirmar su fe en el argentino. “En esta tierra lo mejor que tenemos es el pueblo”. No los intelectuales, los funcionarios ni los terratenientes, sino el pueblo en su conjunto organizado en asociaciones libres y conducido políticamente por un representante legítimo de sus intereses nacionales y colectivos. Entender a Perón implica descartarse de las interpretaciones deshonestas que hacen los liberales por derecha y por izquierda, gorilas conservadores y progresistas, hacer un análisis objetivo de la doctrina y llegar finalmente a la comprensión de que la tercera posición nacional justicialista no pretende insectificar al hombre sometiéndolo a la tutela del poder, sino darle ese poder para que se gobierne a sí mismo. Eso es lo que liberales y socialistas no quieren, pues no tienen fe en el pueblo. Perón sí la tiene y todo es cuestión de entenderlo hoy y siempre.