Hoy los argentinos no conocen a Perón

Con la Argentina en la encrucijada histórica y en la necesidad de liberarse para no recaer en la condición semicolonial, la doctrina peronista aparecería como un manual de instrucciones para organizar políticamente al pueblo-nación en defensa propia y para salvar la patria. Pero la militancia ha olvidado la doctrina, la desconoce y no está en condiciones de difundir la palabra de Perón entre las mayorías popular. La militancia debió ser el núcleo sano de la sociedad y, no obstante, está perdida en la niebla de la ideología de derecha e izquierda, es incapaz de transformar la realidad sin la ocurrencia de un conductor que venga a poner orden con la doctrina del nacional justicialismo bajo el brazo.
2601 6 00 web

Parece una afirmación temeraria, pero basta apenas analizar por un momento a la sociedad argentina para descubrir que efectivamente es así: hoy los argentinos no conocen a Perón. La masa inorgánica en la que se ha convertido el pueblo argentino desconoce los fundamentos de la doctrina justicialista y en ese sentido, desconoce y a menudo contradice a Perón. Esto se deriva entre otros motivos de un problema que el movimiento nacional justicialista viene arrastrando quizá desde el momento mismo de la desaparición física del General: la ausencia de toda voluntad por parte de la clase política en educar a las nuevas generaciones de manera tal de organizar a la masa para que se comporte como una comunidad, como un pueblo soberano.

El resultado de esa desorganización social y sobre todo de la ausencia de espacios físicos de estudio y debate de la política real, por fuera de la politiquería orquestada para distraer y dividir, es la ignorancia total del verdadero contenido de la doctrina en cuestión, a la que muchos dicen adscribir sin tan siquiera haberse tomado el tiempo de conocerla en lo más mínimo. Del mismo modo, tampoco la conocen quienes afirman rechazarla de plano. Sería gracioso si no fuera trágico, pero en estos días no resulta para nada infrecuente encontrarse con “peronistas” que defienden ideas que Juan y Eva Perón no solo contradecían en la práctica sino que aborrecían en el discurso, de la misma manera que no resulta del todo infrecuente encontrarse con individuos autopercibidos gorilas recalcitrantes pregonando las banderas del peronismo sin ser conscientes de la cosa y creyendo adherir al liberalismo o a la “derecha” libertaria, por ejemplo.

Unos y otros ignoran el fenómeno al que creen estar aludiendo y se confunden peronismo con socialismo, comunismo, demoprogresismo o cualesquiera otras denominaciones, mientras que adjudican el mote de antiperonismo a principios que siempre le han pertenecido al peronismo desde sus orígenes. Sin saberlo, muchos “gorilas” son peronistas peleados con ese antiperonismo de izquierda que se ha llegado a confundir con “peronismo” y muchos “peronistas” son en rigor de verdad gorilas afeitados de lomo plateado. Sea como fuere, de un lado a otro de la falsa grieta ideológica, hoy los argentinos no conocen a Perón.

2601 5
Lo más sustancial del legado del General Perón en un sentido trascendental es la doctrina en la que se sistematiza la idea peronista del nacionalismo de tercera posición con justicia social y organización política y social con énfasis en lo comunitario. Es la doctrina del peronismo el secreto de la inmortalidad de esta cosmovisión. Y lamentablemente las generaciones posteriores a Perón dejaron de conocerla, por lo que ya no lo conocen al propio Perón.

Y pareciera una estupidez plantear la hipótesis en esos términos, porque desde el surgimiento del peronismo como tal a fines de 1945 hasta nuestros días, la política argentina ha estado siempre dividida en dos compartimientos estancos perfectamente definidos: peronismo y antiperonismo o el viejo y conocido gorilismo de toda la vida. Juan Perón es justamente la figura cuyo nombre se emplea hasta la actualidad para definir políticamente a los argentinos, sea por adhesión o por oposición. Una figura conocida y reconocida simbólicamente tanto a nivel nacional como a nivel internacional por fuera de cuyo reconocimiento no existen expresiones políticas en nuestro país, ni siquiera expresiones testimoniales, siendo necesariamente todas ellas o peronistas o gorilas, desde lo discursivo y desde lo práctico incluso aunque a veces discurso y práctica se contradigan el uno a la otra.

El problema es que más allá de la utilización con fines de seducción en tiempos de elecciones de su efigie, de los símbolos y del folclore pejotista, Perón en vida se tomó el trabajo de plasmar en obra escrita los fundamentos de su política, amén de haberse tomado antes el trabajo de gobernar el país a lo largo de una década larga, utilizando como base instrumental aquellas ideas que más tarde sistematizaría en sus textos y que se pueden resumir en las tres banderas —la soberanía política, la independencia económica y la justicia social a las que podríamos añadir una cuarta bandera, el nacionalismo cultural— y las veinte verdades del nacional-justicialismo.

Pero la existencia de textos escritos de puño y letra de Perón y que acreditan su pensamiento profundo —siendo un hecho no menor—, a menudo se deja de lado en la actualidad a la hora de definir como “peronista” o como “antiperonista” alguna política en concreto, a alguna persona en particular o alguna idea rectora sobre la cual se sustente un determinado espacio político o esquema de gobierno. La cosa no termina ahí, pues la triste realidad efectiva de que los argentinos no conozcan a Perón emana directamente de una ignorancia incluso más profunda: los argentinos no tienen la menor idea de qué significan ni la independencia económica, ni la soberanía política ni la justicia social y en ese sentido son en su inmensa mayoría totalmente incapaces de comprender en su cabal dimensión y precisión los contenidos de la doctrina justicialista que se sustenta en esas banderas.

2601 5
La expresión artística de Daniel Santoro de uno de los compartimientos estancos de la política argentina: el gorilismo, que es el antiperonismo como identidad. Dicha identidad ha sido siempre muy fuerte, al punto de manifestarse en ocasiones mediante la violencia contra el pueblo-nación. El bombardeo a Plaza de Mayo de 1955 es una de esas ocasiones, quizá la más emblemática de todas porque pinta de cuerpo entero al gorila.

Por lo tanto, quienes aún conservan la vocación evangelizadora de predicar desde las catacumbas, a menudo utilizan en sus discursos términos cuyos interlocutores desconocen por completo, habiendo sido estos términos previamente larvados de significado por las sucesivas redefiniciones tendenciosas, hasta convertirlos en meros significantes vacíos. Dicho más o menos en criollo, la intelectualidad orgánica de izquierda y de derecha han logrado convertir a las banderas del peronismo en cualquier otra cosa menos en lo que deberían expresar.

Entonces es común y habitual que una persona hable, por ejemplo, de la soberanía política y el interlocutor no tenga la menor idea de lo que aquella significa en términos prácticos. La soberanía, entendida como la capacidad efectiva de un pueblo de gobernar por su propia voluntad sobre la totalidad de su territorio, ni siquiera forma parte de las inquietudes políticas de una mayoría atomizada y empobrecida cuya atención está puesta a fuerza de penurias más en la inmediatez de la sobrevida que en el interés general de la patria. La ausencia de una conducción política que coloque el foco de la discusión sobre las cuestiones atinentes al desarrollo nacional acentúa el cuadro, favoreciendo una situación de ignorancia generalizada donde la ciudadanía ni sabe ni quiere saber a qué se refiere el término al que se esté haciendo alusión.

Un ejemplo actual de este desconocimiento del significado de los términos propios de la doctrina justicialista lo constituye por estos días la discusión en torno a una posible intervención de parte de las potencias de la OTAN (de los Estados Unidos, en particular) sobre el territorio soberano de la República Bolivariana de Venezuela, justificada por la supuesta vinculación del régimen de Nicolás Maduro con el crimen organizado. Independientemente de la veracidad o no de las acusaciones, no es extraño encontrarse a individuos que apoyan la acción sin tomar en consideración que la injerencia de una potencia extranjera sobre la política interna de un país es precisamente un ataque directo a su soberanía.


Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o suscríbase.

No puedes copiar el contenido de esta página

Scroll al inicio
Logo web hegemonia

Inicie sesión para acceder al contenido exclusivo de la Revista Hegemonía

¿No tiene una cuenta?
Suscribase aquí

¿Olvidó su contraseña?
Recupérela aquí.

¿Su cuenta ha sido desactivada?
Comuníquese con nosotros.