Aunque amenace con destruir toda una civilización, llame a negociaciones diplomáticas deshonestas o proponga treguas que no piensa respetar, Donald Trump se encuentra en un callejón sin salida, en una situación que ninguna propaganda ideológica puede disimular y menos aún revertir. Por meterse en un conflicto inviable a instancias del sionismo y para cumplir los objetivos de esta parcialidad demoníaca, Trump terminó de enterrar en Irán la hegemonía unipolar estadounidense al destruir lo único que hasta aquí venía manteniendo precariamente a flote dicha hegemonía: el rol del dólar estadounidense como moneda universal de reserva e intercambio. Todo un esquema imperial de ocho décadas se derrumba hoy al no estar dadas ya las condiciones sobre las que dicho esquema se sostuvo al menos desde 1974. Una sola modificación en el régimen mundial de comercio exterior fue suficiente para poner un punto final en el orden geopolítico que los Estados Unidos inauguraron al dar en Hiroshima y Nagasaki la demostración de un poder brutal que nadie más tenía.
La parte menos difundida y por lo tanto poco comprendida de este embrollo es la definición de la hegemonía de Washington como una dominación monetaria. Contrariamente a lo que suelen suponer algunos, los Estados Unidos no son la primera potencia mundial gracias a su poderío militar, a su arsenal nuclear ni mucho menos porque exista un consenso alrededor de dicha posición. Los Estados Unidos siguen dominando el concierto de las naciones en tanto y en cuanto pueden imponer el dólar como instrumento de intercambio comercial y reserva financiera sobre los demás países. Al tener este privilegio, Washington se asegura ingentes ingresos con el señoreaje y, además, se reserva la posibilidad de aplicarles sanciones económicas a los díscolos. El que se atreva a no hacer lo que los estadounidenses quieren será objeto de esas sanciones y afrontará un colapso económico al no poder participar plenamente de un comercio internacional cuyas transacciones se realizan (o al menos se realizaban) exclusivamente en dólar.
La explicación técnica de cómo funciona este esquema es bastante compleja y no cabe en los presupuestos de este modesto artículo. Por el momento basta con saber que los países mantienen reservas financieras en dólar para afrontar el costo de sus importaciones y, a la vez, exportan lógicamente en dólares para seguir acumulando esas reservas. Evidentemente se trata de un silogismo o una lógica circular como la del huevo y la gallina, un esquema con el que nadie pudo romper sino en tiempos muy recientes por no existir alternativa. Los exportadores quieren que se les pague en dólares porque quieren importar otras cosas que deberán pagar también en dólares y como por definición los países exportan lo que producen e importan lo que no, los bancos centrales de todos los países tienden a acumular reservas en la moneda universal de intercambio comercial. Y esa moneda hoy, desde finalizada la II Guerra Mundial, es el dólar estadounidense.

Antes fue la libra esterlina británica y antes de esta fue otra, lo importante es comprender que siempre hay un instrumento universal de intercambio comercial —y por lo tanto de reserva financiera— y que dicho instrumento es una imposición del poder hegemónico de un momento dado. Viendo que iban a emerger de la II Guerra Mundial como una superpotencia, los Estados Unidos hicieron a mediados de 1944 los acuerdos de Bretton Woods con el fin de establecer el nuevo orden económico internacional para la posguerra. Allí quedó establecido un andamiaje jurídico que iba a consolidarse a partir de 1945 y hasta 1949, periodo en el que Washington tuvo el monopolio de las armas nucleares. Con este poder, los Estados Unidos impusieron las reglas del juego y naturalmente impusieron su propia moneda como instrumento universal de intercambio comercial y de reserva financiera. Después de Bretton Woods el poder hegemónico fue de los estadounidenses y entonces también suyo fue el reglamento.
Para 1949 la Unión Soviética alcanzó con una velocidad notable el desarrollo de sus armas nucleares y se produjo una especie de empate en el que, en lo sucesivo, iba a ser inviable la utilización de ese armamento al establecerse como doctrina la destrucción mutua asegurada. Pero ya era tarde para que los soviéticos dijeran una palabra respecto a un orden económico mundial establecido y funcionando. Si bien la bomba atómica había dejado de ser un monopolio al tenerla más de uno, las reglas del juego para la etapa posterior a la II Guerra Mundial ya habían sido puestas y en esa situación de empate hegemónico en lo nuclear nadie iba a tener la fuerza para derogarlas, razón por la que todos debieron aceptar como ordenamiento jurídico mundial lo que había sido acordado en Bretton Woods, incluso quienes no suscribieron y se oponían al contenido de dichos acuerdos.

Entonces un dólar estadounidense respaldado por las ingentes reservas de oro existentes en las arcas del campeón de la II Guerra Mundial empezó a funcionar como instrumento universal de intercambio y reserva financiera, básicamente en representación de todo ese oro, que era abundante. Para bien o para mal, se trataba de un esquema muy estable en el que el dinero estadounidense era una representación del oro estadounidense, lo que otorgaba credibilidad al emisor de la moneda y seguridad a sus portadores. Para lograr el consenso que es condición necesaria de toda hegemonía, los Estados Unidos vendieron un sistema serio, seguro y previsible en el que cada dólar en circulación tenía su equivalente en oro depositado en esos Fort Knox de la vida y uno sabía o al menos presumía que ante cualquier señal de inestabilidad podría exigirle a Washington la conversión del dólar papelito, billete, título o bono del tesoro, en oro contante y sonante.
Eso es precisamente lo que decide hacer en 1965, dos décadas después de Bretton Woods, el líder francés Charles de Gaulle. De acuerdo con una nota publicada el 12 de febrero de ese año por la revista Time, Charles de Gaulle había lanzado un ataque frontal contra la dominación monetaria de los Estados Unidos exigiéndole a Washington la conversión en oro de unos 150 millones de dólares de las reservas financieras de Francia, o lo equivalente a 1,5 mil millones en valores actuales. En la estela de Francia y con el generalísimo Francisco Franco en la conducción, España exigió en oro 60 millones de dólares de sus reservas financieras. Al igual que Franco, De Gaulle fue a la vez anticomunista y antiliberal, esto es, de tercera posición como lo fueron Perón y tantos otros. Ni yanqui ni marxista, De Gaulle quiso voltear la hegemonía global de los Estados Unidos mediante un ataque contra aquello que la sostenía: el carácter privilegiado del dólar como moneda de reserva e intercambio.

Claro que De Gaulle habría de pagar un alto precio por su atrevimiento y ya para 1968 los servicios de inteligencia yanquis le armaron esa graciosísima revolución de colores mundialmente conocida como el Mayo Francés. El caso es que De Gaulle no toleraba a los comunistas de Moscú y tampoco a los liberales de Washington, quienes lo habían excluido de las conversaciones de Yalta y Potsdam al finalizar la II Guerra Mundial. Desde el punto de vista de un De Gaulle católico y nacionalista, bien peronista, los liberales yanquis y los socialistas soviéticos lo habían marginado de la mesa chica en la que se definió el destino de Europa y del mundo. Entonces dedicó su vida política a bombear el sistema establecido en esa bipolaridad deshonesta y cuando tuvo la oportunidad de lanzar el desafío al sistema lo hizo exigiendo fácticamente la instalación del oro como instrumento universal de reserva e intercambio comercial.
Al ver esta amenaza, además de hacerle a De Gaulle el golpe de Estado de 1968 (el que fracasó a medias, pues en el mediano plazo De Gaulle iba a apagarse hasta morir dos años después, en 1970), los yanquis empezaron a desmantelar el problema desde su origen. En 1971, Richard Nixon ordena la derogación de los acuerdos de Bretton Woods suprimiendo el patrón oro para el dólar estadounidense mediante la prohibición de su conversión. A partir de aquí empieza la emisión descontrolada del dólar por parte de la Reserva Federal en el marco de un esquema delirante en el que la moneda universal que antes había tenido un respaldo de seriedad al menos teórico iba ahora a respaldarse solo en sí misma, es decir, en absolutamente nada más que en la capacidad de los yanquis para tirar tiros y vender el humo de un sistema sólido que ya no existía en la realidad fáctica.

Hasta el día de hoy, aunque el atento lector no lo crea, hay buena cantidad de gente convencida de que el dólar estadounidense está respaldado en el oro de un Fort Knox mítico. Sea como fuere, a partir de 1971 el dólar funcionó literalmente en el aire, en una situación claramente insostenible. Debía haber algún respaldo material para el dinero, pues el dinero es nada más que una representación de la riqueza. Ese respaldo iba a aparecer curiosamente después de un revés para Washington. La crisis del petróleo de 1973 fue la respuesta de los países árabes del Golfo Pérsico (Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y Emiratos Árabes Unidos) y del norte de África (Libia y Argelia) al apoyo brindado por los Estados Unidos y Europa occidental a Israel en la guerra de Yom Kippur. Esta crisis quintuplicó los precios internacionales del petróleo crudo y modificó para siempre la economía mundial, dando como resultado el desmantelamiento del Estado de bienestar social —basado en energía barata para la industria— y el ascenso del neoliberalismo.
Ni lerdo ni perezoso, Kissinger esperó que bajara la espuma y, dándoles a los árabes la garantía de que iban a poder seguir vendiendo su petróleo con los precios quintuplicados, les exigió en contrapartida que toda la operación comercial se realizara exclusivamente en dólares estadounidenses. Como el que no quiere la cosa, Kissinger estableció allí mismo que el petróleo de los árabes del Golfo Pérsico sería el nuevo respaldo del dólar. De ahí el llamado petrodólar, una simple operación en la que los dólares ingresan al Golfo por la venta de petróleo y salen de allí en la forma de inversión genuina hacia el mercado de capitales. Ahora los países que quieran petróleo y los que quieran venderles algo a los riquísimos árabes deberán sostener sus reservas financieras en dólares, lo que finalmente se extiende por inercia sobre todo el comercio exterior. Y aquí se produce el milagro de la renovación del poder hegemónico de un instrumento financiero que entre 1965 y 1974 estuvo contra las cuerdas.

Un esquema milagroso y una genialidad, sin lugar duda, pero que dependen de una condición: el libre tránsito marítimo del petróleo desde los países árabes del Golfo Pérsico hacia el resto del mundo, el que necesariamente se hace a través del Estrecho de Ormuz puesto que los buques tanqueros no vuelan y la geografía es tirana. Al iniciar los Estados Unidos una agresión contra Irán el pasado 28 de febrero, Teherán ordenó el bloqueo naval sobre el Estrecho de Ormuz y terminó con la libre navegación en la zona. Ahora el petróleo no sale de los países árabes del Golfo Pérsico, los dólares por allí tampoco ingresan a convertirse en petrodólares y finalmente no salen a refrescar el ciclo en los mercados financieros. Los árabes no tienen aquellas millonadas para invertir ni para importar todo lo que solían importar, el dólar que solía fluir como un río caudaloso es agua estancada sin respaldo en riqueza real alguna.
Y los países empiezan naturalmente a liquidar sus reservas financieras en dólares. Aunque es un liberal y está ideológicamente en las antípodas de Charles de Gaulle, Emmanuel Macron sigue siendo francés y como tal siguió su huella histórica exigiéndoles a los Estados Unidos la repatriación de las 129 toneladas de oro que Francia tenía depositadas allí. Washington no pudo satisfacer la demanda de Macron —lo que conduce a la sospecha de que el oro ya se esfumó hace mucho de las reservas yanquis— y le pagó a París en euros, con los que Macron adquirió oro real y sólido en Londres. Francia tenía esos platitos en el aire y al percatarse de que el dólar se cae como un piano se refugió rápidamente en lo que es relativamente más seguro. Esto ocurrió en los últimos días de marzo hacia principios de abril y reveló la tendencia. En los países donde las clases dirigentes todavía defienden el interés nacional no habrá de quedar un solo dólar en el mediano plazo.

No es extraño, ni siquiera constituye un hecho extraordinario. Es la propia historia en marcha, en su curso natural. La hegemonía unipolar de los Estados Unidos ya venía a los tumbos desde terminada la Guerra Fría con la disolución de la Unión Soviética y el campo socialista en el Este. Sin su par antinómico, los yanquis naturalmente perdieron el rumbo y entraron en una espiral de decadencia para ser atropellados a principios de este siglo por el ascenso de China en lo económico y el resurgimiento de Rusia y su potencia nuclear. La hegemonía unipolar de Washington ya no existe hace años y estuvo a la espera del golpe de gracia que viniera a oficializar su caída y su reemplazo por un orden mundial nuevo. Ese golpe de gracia lo dio Irán al terminar con el esquema del petrodólar teniendo en sus manos la capacidad suficiente para controlar el tránsito marítimo en el Estrecho de Ormuz.
De ahí que los Estados Unidos puedan seguir hablando del programa nuclear iraní, del cambio de régimen en Teherán y de cualesquiera otras cortinas de humo ideológicas que ya no convencen a nadie, no importa. El problema es concreto y es que si no puede salir el petróleo desde su origen en los países árabes del Golfo Pérsico el petrodólar no funciona como esquema, los países empiezan a negociar con otros instrumentos de intercambio y empiezan a constituir reservas financieras en otras representaciones de valor, para lo que van a descartarse de dólares generando la caída de la demanda que enterrará esa moneda y, con ella, lo poco que quedaba de la hegemonía yanqui. El asunto es más bien sencillo y tan solo una cuestión de tiempo, de poco tiempo. La libre navegación por Ormuz ya no existe y los Estados Unidos como única superpotencia en el mundo solo existen en la cabeza de quienes no logran comprender esta obviedad ululante.