Todo en esta guerra es ilegal

Frente a la pasiva complicidad de una comunidad internacional anestesiada, los Estados Unidos —antes junto a Gran Bretaña y ahora con Israel— vienen cometiendo desde 1953 una seguidilla interminable de ilegalidades contra el pueblo-nación iraní. No hay una sola acción de los estadounidenses en el largo contexto de este conflicto que no haya sido ilegal y, no obstante, el mundo calla vergonzosamente ante la agresión gratuita de la potencia que se autodefinió como gendarme global y no quiere tolerar que Irán tenga soberanía sobre su territorio y sus recursos.
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Una verdad que se anuncia poco en los medios de comunicación estadounidenses y en los medios occidentales en general es la siguiente: todo en la guerra de los Estados Unidos y el Estado de Israel contra Irán es absolutamente ilegal. De verdad, no hay uno solo elemento que no se pueda señalar por su flagrante ilegalidad, más allá de la injusticia. Cualquier persona civilizada que se detenga a analizar el caso de un modo medianamente objetivo señalará lo mismo.

Para empezar, vale abrir un pequeño paréntesis recordando al lector que el Estado de Derecho es un concepto que proviene del Islam, lo que desde el vamos puede ilustrar acerca de la sana costumbre de las sociedades islámicas de comprometerse verdaderamente con las cláusulas de un acuerdo. Debería ser un asunto obvio, pero es importante recordar que si un sujeto o un Estado están obligados por un contrato, se da por hecho que deben cumplirlo.

Hecha la salvedad, conviene recordar también que la llamada comunidad internacional ha tomado la precaución de acordar un conjunto de leyes y de reglas que supuestamente rigen las relaciones internacionales. Además se supone la existencia de instituciones que todos los Estados nacionales aceptan como árbitros y como ejecutores de esas reglas. No hay nada subjetivo en esto, todo está escrito en papel y firmado por cada uno de los interesados.

En ese contexto, quienes no respetan las reglas que ellos mismos suscribieron están violando acuerdos preexistentes, eso no está sujeto a interpretaciones. El incumplimiento de los términos y condiciones de un acuerdo entre Estados nacionales es una cuestión legal, representa una violación del derecho internacional. Ahí no hay lugar a debates: cuando los términos son claros, las violaciones de esos términos no son opinables, sino que resultan evidentes y no se necesita de una encuesta de opinión para determinar su valor de verdad.

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Benjamín Netanyahu vocifera por enésima vez su propaganda de guerra eterna frente a la asamblea de las Naciones Unidas, ese organismo del orden internacional que no pone orden y sigue siendo cómplice de todos y cada uno de los atropellos yanquisionistas.

De modo tal que quienes se ocupen de la cuestión iraní y la consiguiente guerra en Medio Oriente y no hablen en ningún momento de la ley o del derecho internacional, desde el inicio están incurriendo en una omisión que resta credibilidad y base legal a lo que sea que expresen. Y sin embargo, la mayoría de los debates, los análisis y las descripciones que en Occidente se oyen en relación con Irán adolecen de ese sesgo y por lo tanto complican una cuestión que desde los inicios es más que sencilla.

Se dice mucho sobre Irán —que oprime a su pueblo, que reprime a sus manifestantes, que quiere tener armas nucleares y que por lo tanto se necesita un cambio de régimen, y así sucesivamente—, pero nadie dice que no existe un solo fundamento legal para que los Estados Unidos e Israel hagan lo que están haciendo. Es tan sencillo como eso. Desde esa realidad incuestionable en adelante, todo en la guerra estadounidense-israelí contra Irán es ilegal.

Incluso si la totalidad de la población en Irán se detuviera a vitorear cada vez que un misil cayera en su territorio a volar por los aires escuelas y hospitales, incluso si la población iraní se pusiera de rodillas a pedir que los Estados Unidos o Israel derrocaran a su gobierno, de todas formas esta guerra seguiría siendo ilegal. Es más: ni siquiera debería ser llamada guerra, porque en realidad se trata de una serie de acciones defensivas de parte de Irán frente a los crímenes de guerra perpetrados por sus adversarios. Eso son, tan solo crímenes continuos y encadenados enfocados a asesinar a población civil.

La llamada guerra es ilegal porque las reglas básicas del derecho internacional fueron violentadas desde el comienzo, de allí en adelante no hay desde dónde justificar nada más, se termina la discusión. De hecho, la Carta fundacional de las Naciones Unidas reconoce como regla fundamental del orden internacional la prohibición de cualquier uso de la fuerza contra cualquier Estado soberano. Fin de la discusión. Pero eso no es todo, fueron los Estados Unidos quienes establecieron en primer lugar esa regla, creyendo que nunca tendrían que rendir cuentas por ella.

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El ayatolá Alí Jameneí fue asesinado a traición mientras se celebraban negociaciones entre los Estados Unidos e Irán en Suiza. Esta perfidia es una de las muchas ilegalidades en las que el eje yanquisionista viene incurriendo desde hace casi un siglo.

Ahora bien, existen dos excepciones al cumplimiento de esa regla: la primera es que el Consejo de Seguridad de la propia ONU autorice el uso de la fuerza, cosa que en este caso no ocurrió. La segunda es que el atacante actúe en legítima defensa contra un ataque armado previo, cosa que evidentemente tampoco sucedió porque Irán no atacó primero. De hecho, literalmente estaba negociando con los Estados Unidos en el momento mismo del atentado contra el Ayatolá Alí Jameneí.

Una desfachatez tan descarada debería hacer hervir la sangre de cualquier persona honesta en todas las latitudes. Los Estados Unidos fueron capaces de sentar a sus diplomáticos frente a los representantes de Irán a sabiendas de que ya estaban en el aire los misiles que iban a atacar Teherán. El ministro de Asuntos Exteriores de Omán estaba mediando en esas conversaciones y dijo públicamente apenas horas antes de los atentados que Irán había acordado formalmente no adoptar ni desarrollar nunca, jamás, armas nucleares.

El relator especial de las Naciones Unidas sobre la lucha contra el terrorismo Ben Saul lo expresó con toda claridad: “Esto no es autodefensa. Lo que están haciendo los estadounidenses e israelíes no es autodefensa”. De manera tal que el Consejo de Seguridad de la ONU no lo autorizó. El supuesto desarme preventivo, el cambio de régimen, el contraterrorismo, el ataque preventivo o cualesquiera otras supuestas justificaciones dadas por los gobiernos de Trump y Netanyahu no son categorías reconocidas para el uso de la fuerza por el derecho internacional.

En conclusión, se trata de tan solo de crímenes internacionales de agresión. Eso es lo que son, ese es el término legal justo. El propio jefe de inteligencia de los Estados Unidos testificó meses antes de esta guerra que Irán no estaba construyendo armas nucleares, ni siquiera estaba buscando desarrollar un arma nuclear. Se lo dijo al propio pueblo estadounidense bajo juramento. E incluso después de ello un buen día Trump se levantó a la mañana y simplemente usó la supuesta amenaza nuclear como justificación para iniciar una guerra.

United States Syria
De un modo puntual, es el Consejo de Seguridad de la ONU el que debe autorizar ataques contra el territorio de alguno de sus países miembros. No solo no hubo ninguna autorización por parte del Consejo a las acciones de Estados Unidos en Irán, sino que además desde allí siguen emitiéndose vetos.

Pero al día siguiente expresó que el ataque era defensivo porque según él los iraníes tenían planeado atacar Estados Unidos o Tel Aviv. Y aun así, el asunto sigue siendo completamente ilegal. Porque la presunción de intención de parte de un tercero de cometer un ataque imaginario no es motivo legal para atacar preventivamente. Los iraníes jamás amenazaron a Estados Unidos ni cometieron atentado alguno en territorio estadounidense o de la Palestina ocupada por el Estado de Israel. De hecho, una vez más, se encontraban en negociaciones al momento de recibir un ataque.

Pero conceda el lector eso. Suponga que los servicios de inteligencia yanquis e israelíes efectivamente hubieran detectado la existencia de amenazas reales a concretarse en el mediano plazo, de manera tal de verse obligados a adelantarse atacando Teherán para prevenirlos. De todas maneras aquellas supuestas amenazas jamás hubieran justificado la voladura de una escuela de niñas atacada con un misil Tomahawk, cuyo resultado fue el asesinato de al menos 180 o 185 personas, en su mayoría niños.

Ese no es un daño colateral, es un crimen de guerra tipificado como tal en la Carta de la ONU que los Estados Unidos no solo suscribieron, sino que en primer lugar redactaron. Desde el pasado 28 de febrero al menos 1.400 civiles iraníes murieron y 18.000 resultaron heridos. Se trata de trabajadores sanitarios, médicos, enfermeras, maestros, madres, padres y niños, todos ellos muertos. Alrededor de cien muertos y mil heridos por día sin justificación legal de ningún tipo. Eso no es una guerra, es terrorismo y nada más.

En palabras del propio Pete Hegseth, se trata de una campaña de terror. Una campaña de muerte y destrucción que cae del cielo, lanzada en medio de las negociaciones entre Estados soberanos. Una verdadera salvajada. Un accionar salvaje, bárbaro y criminal de acuerdo con cualquier estándar medianamente civilizado que se utilice como vara de medir. Esto es lo que afirma el derecho internacional, no lo que arbitrariamente opina Shahid Bolsen.

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Por atreverse a reclamar la soberanía sobre los recursos de su país, el primer ministro Mohammad Mossadegh fue asesinado en 1953 en una operación conjunta de los británicos y los estadounidenses. Aquí empieza la seguidilla de ilegalidades que conduce a la guerra actual.

Pero un análisis serio no debería analizar tan solo la guerra actual, porque esta no surge de la nada por generación espontánea, sino que proviene de casi un siglo de ilegalidad por parte de Estados Unidos hacia Irán, ilegalidad por la que los Estados Unidos jamás han tenido que rendir cuenta alguna. Remontándose a 1953, cualquier analista debe situar al golpe de Estado contra el primer ministro elegido democráticamente, Mohammad Mossadegh, entre los antecedentes del conflicto actual.

Este golpe de Estado fue orquestado en conjunto por los Estados Unidos y el Reino Unido aduciendo motivos tales como la supuesta adhesión de Mossadegh al comunismo. Lo cierto era que el sujeto no era comunista y menos que menos representaba amenaza alguna para nadie, pero tuvo la mala idea de nacionalizar el petróleo iraní. Petróleo que pertenecía al pueblo-nación iraní, por supuesto, un pueblo soberano que tenía todo el derecho del mundo de administrar sus recursos de la forma que le diera la gana.

Los cruzados “democráticos” occidentales derrocaron la democracia iraní con la única finalidad de apropiarse de esos recursos y colocaron a la cabeza del gobierno a un dictador despiadado y cruel, el Sha Mohammad Reza Pahlavi, cuyo hijo ahora mismo sueña con ser instalado él mismo al mando de Irán, de manera completamente ilegal. La revolución de 1979 no fue un estallido espontáneo de fanatismo en Irán. Fue una reacción violenta al régimen instalado casi tres décadas antes por la CIA y el MI6.

Todos y cada uno de los problemas con Irán se remontan a ese régimen y en ese sentido, las hostilidades actuales fueron en última instancia fabricadas por los propios Estados Unidos.

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El hijo del dictador Mohammad Reza Pahlavi —aquí en visita a Israel—, con quien la CIA y el Mossad pretenden repetir la historia instalándolo en el trono de Irán para imponer una monarquía despótica y cipaya.

Así que cuando los medios presentan a la Revolución Islámica como un periodo oscuro y enaltecen nostálgicamente al Sha con su policía secreta y sus cámaras de tortura, están omitiendo toda esta explicación. Y ahora el hijo de aquel dictador, traidor desde la cuna hasta la tumba, pretende recrear la dictadura que su padre impuso en Irán con el apoyo de Estados Unidos. Otra vez, un régimen completamente ilegal.

Luego está la guerra Irán-Irak, cuando Saddam Hussein utilizó armas químicas contra los soldados iraníes y contra civiles kurdos. Estados Unidos no solo sabía de ese uso de armas químicas, sino que directamente fue quien las proporcionó, al igual que la inteligencia y las imágenes satelitales que facilitaron una verdadera masacre. Un millón de personas murieron en esa guerra. Los Estados Unidos se sentaron a la mesa con Saddam cuando este aún era un buen amigo, hasta que finalmente decidieron ir tras él también como los perros rabiosos que son.

Todo ilegal, nada de lo sucedido en ese enfrentamiento está permitido por el derecho internacional. Casi llegando a nuestros días se puede rastrear Stuxnet, el ciberataque conjunto estadounidense-israelí contra la infraestructura nuclear de Irán que constituye un verdadero sabotaje de guerra, un acto bélico sin declaración de guerra llevado a cabo sin ninguna autorización, sin base legal de ningún tipo, completamente ilegal de acuerdo con todos los marcos del derecho internacional. Pero sucedió y nadie pagó el costo por haberlo ejecutado.

Ni recriminaciones, ni consecuencias, nada. Pero además deben sumarse al sabotaje los interminables asesinatos, de parte del Mossad israelí, que año tras año viene matando a científicos nucleares iraníes en territorio iraní. Científicos civiles: ni soldados, ni comandantes, ni militares de ningún rango. Gente normal y corriente, hombres y mujeres que iban a trabajar por la mañana y nunca volvían a casa simplemente porque poseían un conocimiento en específico, considerado como una “amenaza” para terceros. Eso no es más que una serie de asesinatos civiles y selectivos, completamente impunes, patrocinados por el estado genocida de Israel.

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Saddam Hussein fue usado como peón por los yanquis en los años 1980 para agredir a Irán y luego, al quedar obsoleto, fue descartado. Henry Kissinger solía decir que ser enemigo de los Estados Unidos es peligroso, pero que ser amigo es fatal.

El mundo vio lo que sucedía y fingió demencia, se convenció a sí mismo de que todo ello estaba justificado por la supuesta intención de Irán de producir sus propias armas nucleares. Mientras tanto, Estados Unidos es el único país en la historia que ha utilizado bombas atómicas contra otro país no en una sino en dos ocasiones. Un crimen genocida por el que nunca se le ha hecho responsable. Nunca se ha disculpado por ello, ni siquiera ha admitido que fue un crimen de guerra, un crimen contra la humanidad o un crimen de ningún tipo. Ni siquiera lo consideran un delito menor.

Como se ve, los crímenes de los Estados Unidos e Israel contra Irán han estado ocurriendo durante mucho tiempo, no comenzaron el 28 de febrero con el asesinato del Ayatolá Jameneí y las niñas en la escuela de Minab. Sin ir demasiado lejos en el tiempo, en 2024, Israel bombardeó el consulado iraní en Damasco, una instalación diplomática protegida bajo las Convenciones de Viena y considerada consecuentemente como territorio soberano iraní. Es decir, quien ataca un consulado iraní en cualquier parte del mundo está atacando el territorio de Irán. Pero eso sucedió y no hubo consecuencias.

La comunidad internacional hizo una vez más la vista gorda frente a la violación de las reglas que ella misma defendió como parte del compendio del derecho internacional. Una vez que Occidente designa a alguien —ya sea una nación, un pueblo, una etnia, un gobierno o un individuo— como el villano, el malo de la película o el enemigo de la humanidad o la civilización occidental, el enemigo en cuestión pasa de facto a estar completamente desprovisto de toda protección legal. Y eso es lo que sucedió con Irán dentro de la comunidad a partir de la narrativa construida por los Estados Unidos e Israel.

Ya ni siquiera hace falta decir una sola palabra sobre las décadas y décadas de sanciones contra Irán impuestas unilateralmente por Estados Unidos, las que bloquearon el acceso de Irán a la medicina, a los alimentos, a la infraestructura crítica, al desarrollo. Eso es un castigo colectivo, nada más ni nada menos. Un castigo colectivo por una falta que nadie cometió y que solo existe en la imaginación de los agresores. Pero esto también resulta ilegal, el castigo colectivo de una población civil también está prohibido por el derecho internacional humanitario.

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El bombardeo de Israel contra el consulado iraní en Damasco. Un consulado es una instalación diplomática protegida por las Convenciones de Viena, es parte del territorio del país que lo posee. Israel atacó en 2024 el territorio de Irán y no hubo consecuencias.

De nuevo, se trata de un acto criminal y aberrante en el que se supone que todos los Estados nacionales están de acuerdo en caracterizarlo como una violación del derecho internacional. Pero cuando los Estados Unidos llevan adelante esa clase de maniobras pueden llamarlas simplemente “presión política” y hacerlas pasar por legales. El lento estrangulamiento económico de 90 millones de personas tan solo constituye un modo de presión política, aquí no ha pasado nada.

Pero no, es ilegal. Es una agresión, un delito contra la humanidad cercano al genocidio. ¿O acaso pretenden que solamente sean considerados como crímenes de guerra los bombardeos que asesinan a ciento setenta niñas de una sola vez? Como si asfixiar a un pueblo entero no constituyera un crimen en sí mismo. No, no existen grados de ilegalidad. Existe lo legal y lo ilegal. Y todo en esta guerra es absolutamente ilegal.

Entonces, toda vez que alguien con honestidad intelectual condene esta guerra debe comprender cabalmente el peso de lo que está condenando. No es tan solo una operación militar. Se trata de la condena a casi un siglo de impunidad, cien años de impunidad de los Estados Unidos en su trato hacia Irán. Se trata de condenar un sistema que derroca gobiernos, que mata niños en sus propios hogares o en sus escuelas, que bombardea consulados, que castiga colectivamente a toda una población, que inicia una guerra durante una negociación diplomática.

En definitiva, se trata de condenar casi un siglo entero de ilegalidad.

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