Hacer el diagnóstico

Tomar distancia de la rosca partisana y cotidiana con el fin de comprender las razones existentes. El análisis de la realidad no puede partir de la observación de las consecuencias, sino más bien de una historización que busque en el origen de los procesos los condicionantes. El liberalismo se entiende solo por la revolución burguesa de 1789. Ese es el pecado original después del que el triunfo político liberal instaló el individualismo como principio ideológico para la destrucción de la comunidad. El descalabro actual en Occidente y en las colonias no es más que una consecuencia lógica y necesaria de algo que la mayoría valora positivamente porque no entiende.
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Aunque generalmente comprendido como un proyecto político con todas sus especificidades programáticas para administrar de un modo determinado las riquezas de una nación y de un territorio, el liberalismo al aplicarse termina funcionando mucho más allá del plano de la economía. Esta sería otra forma de decir que los proyectos políticos en general —y muy particularmente el liberalismo— son cosmovisiones que cuando se imponen sobre la sociedad la modifican hasta los niveles más profundos de la cultura y de la espiritualidad, o que la diferencia entre un proyecto político y un vulgar plan económico está precisamente en esa profundidad. El plan económico altera la administración de los recursos, el proyecto político modifica al hombre en su esencia social.

Cuando uno comprende todo esto llega además a entender la naturaleza de la modernidad industrial en los últimos dos siglos y medio, una naturaleza que es fundamentalmente liberal. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, decía ese Marx romántico, premoderno en su sentir y pensar. A poco de andar la revolución de los burgueses liberales de Francia e Inglaterra, Marx se percató de que todo iba a ser diferente y no solo en un sentido económico. Marx fue un comunista, un ateo y un apátrida, según su propia definición, que era la forma de ser rebelde en el siglo XIX. Y decía en palabras de comunista, ateo y apátrida lo que diría más tarde la Iglesia católica, a saberlo, que el liberalismo es pecado porque destruye la cohesión comunitaria de la grey y deja a los corderos servidos para que se los coma el lobo.

Pese a que declaraban estar en las antípodas el uno de los otros, Marx y los católicos acordaban en muchas cosas, dicho sea de paso. Acordaban en esto, por ejemplo, en que el liberalismo de la burguesía revolucionaria hacía desvanecer todo lo sólido en el aire, destruía todo aquello que ordenaba las relaciones sociales entre los individuos exponiéndolos a estos a un régimen totalmente nuevo de competencia extrema y ausencia de solidaridad. Lo que veían los antiliberales del siglo XIX es exactamente lo que vuelven a ver los antiliberales del presente por la sencilla razón de que el liberalismo es el mismo ahora que entonces. Y por lo tanto tiene los mismos efectos deletéreos para la humanidad en su conjunto, para el hombre en comunidad.

Las clases dominantes de ayer y de hoy han sido siempre muy inteligentes y han sabido vender a lo largo de toda la modernidad el liberalismo como un proyecto político no solo válido, sino deseable. En Occidente y aquí en las colonias, el individuo escucha la voz “liberalismo” y la recibe como quien oye llover, prácticamente. No se sobresalta como ocurre con las palabras “nazi” o “nazismo”. El sentido común en nuestra cultura no detecta al liberalismo por lo que realmente es: el mal absoluto y un pecado. Y en consecuencia el liberalismo pasa como un proyecto político válido pese a que dejó un tendal de desgracias cada vez que se impuso políticamente desde 1789 a la fecha.

El liberalismo es un pecado y el pecado original, por lo tanto, debe ubicarse históricamente ahí mismo, en la revolución burguesa de 1789, en esa que se suele denominar “revolución francesa” en los programas de estudio desde la educación primaria hasta la universidad. Al ocurrir esta revolución, cuya finalidad práctica inicial fue la imposición del régimen de propiedad privada mediante la institución del Estado moderno y su seguridad jurídica, arranca una etapa liberal de la historia. Se la suele llamar “modernidad”, aunque en realidad es liberalismo a secas sin cuidado de las formas con las que se haya presentado en cada coyuntura particular. Lo que hay desde 1789 a esta parte es liberalismo y de ahí el actual estado de degeneración social existente.

Comprender, en resumen, la relación de causa y efecto es clave para entender que la debacle actual es el resultado lógico de 250 años de liberalismo. Lo que hoy se nos aparece como un desorden multidimensional no es más que la etapa final de una descomposición de largo aliento, del triunfo político de esta cosmovisión disolvente que hace desvanecer en el aire todo lo sólido, quita todas las guías orientativas y deja desamparado al hombre. En el tiempo, a lo largo de décadas y siglos, la descomposición es una decadencia y el proceso eventualmente culmina quedando a la vista la expresión máxima de lo que inicialmente apenas se sugería. El liberalismo declamado por los jacobinos de Francia tenía que resultar en el desorden actual y aquí estamos.

Por lo tanto es inviable tratar de analizar a los Milei, a los Trump y el avance sionista que ocurre de la mano de estos sin volver a la revolución burguesa de 1789 para encontrar allí el pecado original. Todo hay que historizarlo, todo tiene un origen histórico porque nada nace de un repollo. Una relectura de la revolución burguesa de Francia es la clave para reordenar las categorías de esta modernidad tardía, para entender lo que pasa y, sobre todo, para comprender que lo que pasa no pasa por accidente, sino como resultado de un mal que triunfó y se instaló con su escala de valores en la conciencia colectiva hasta que los individuos fueran incapaces de percibir, como el pez que nunca se percata de la existencia del agua, las condiciones culturales y espirituales en las que se desarrollan y hacen.

A estas cuestiones trascendentales y no obstante muy escasamente discutidas se dedica esta nueva edición de nuestra *Revista Hegemonía*, la 99ª., en las vísperas de nuestro centenario. Aquí se trata de tomar distancia de la rosca partisana y cotidiana con el fin de comprender que dicha rosca es una consecuencia de algo más importante, atacar el mal por su raíz. La derrota del liberalismo que será el triunfo de la humanidad no podrá lograrse si se cree que el liberalismo son sus expresiones coyunturales, si se cree que Milei es el liberalismo. Para quitar el pecado del mundo hay que dar con el pecado original, analizarlo, entenderlo y revertirlo. A la búsqueda de la cura se orienta el contenido en las siguientes páginas.


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