Las dos espinas de Albión

Contra toda lógica y sentido de justicia, la corona británica sigue sosteniendo una dominación anacrónica sobre el Gibraltar español, las Islas Malvinas y demás islas del Atlántico sur que pertenecen a la soberanía argentina. En muchos casos, esa dominación cuenta con la complicidad de algunos intelectuales en los países subalternos cuyo comportamiento es funcional al statu quo. Cortar con esa narrativa a todas luces cipaya y construir un nuevo relato histórico son las tareas de todos los interesados en la justicia.
2607 4 00 web

En la gran mesa de la arena de la geopolítica global existen dos puntos que, aunque separados por un océano y hemisferios opuestos, parecen responder a un mismo patrón genético de la diplomacia británica: la conservación del anacronismo. Gibraltar y Malvinas no son meros accidentes geográficos, son las últimas esquirlas de un imperio que en su retirada decidió dejar sembrados conflictos de soberanía allí donde el valor estratégico superaba a la ética del derecho internacional.

La similitud no es caprichosa, pero los posicionamientos por parte de los historiadores difieren notablemente. En el caso español, los académicos (sin suscribir a una retórica nacionalista y militante) sostienen en diversas obras la soberanía de España sobre Gibraltar. Mientras que en nuestro caso el tratamiento de nuestros académicos pretende ser aséptico, más preocupado por “no ser patriotero” para no demostrar ningún tipo de posición que pueda considerarse apasionada.

El español Isidro Sepúlveda Muñoz probablemente fuera el referente académico más importante en la actualidad. Profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, su obra Gibraltar: la razón y la fuerza es considerada el estudio definitivo sobre cómo se construyó el nacionalismo español en torno al Peñón. Su enfoque combina la historia política con la geopolítica, analizando cómo Gibraltar se convirtió en una “obsesión necesaria” para la identidad nacional.

A contramano de un historiador de procesos más centrado en dirigirse a un público selectivo como Sepúlveda, Federico Sánchez Aguilar, autor de Gibraltar: la herida abierta, resulta un historiador de la reivindicación soberana. Para él, Gibraltar no es solo un objeto de estudio, sino una anomalía colonial intolerable que España ha permitido por debilidad política en momentos clave. Se centra mucho en los incumplimientos británicos del Tratado de Utrecht y en las agresiones territoriales (como la construcción del aeropuerto en el istmo), calificándolas de usurpaciones ilegales sin matices.

2607 4
Un macaco de Berbería o mono de Gibraltar sostiene una bandera británica en el Peñón. Además de estos simpáticos animales, muy adictos a arrebatarles pertenencias a los turistas incautos, Gibraltar está poblada por “británicos” con fenotipo de español que hablan castellano todo el día y en nada se diferencian de un andaluz promedio. Londres ha incumplido sistemáticamente el Tratado de Utrecht y España jamás ha tenido la fuerza para hacer valer la obviedad de que la presencia británica allí es una anomalía inaceptable.

En Argentina ocurre algo distinto. La historiadora María Inés Tato, por ejemplo, en un trabajo colectivo centrado en la relación argentina y británica se propone diferenciar la cuestión Malvinas de la causa Malvinas. “Por ‘cuestión Malvinas’ entendemos el diferendo diplomático entre la Argentina y el Reino Unido en torno a la soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, suscitado en 1833. Con ‘causa Malvinas’ nos referimos a la convicción socialmente compartida en la soberanía argentina sobre esos territorios y a la demanda de reintegrarlos al patrimonio nacional, elementos centrales de un nacionalismo cotidiano o banal, socialmente interiorizado y vivenciado, fuertemente ligado a la emocionalidad”, subraya Tato.

La diferenciación encierra la vieja y clásica mirada sesgada y denigratoria sobre civilización y barbarie. La “cuestión Malvinas” está llevada a cabo por gente “bien pensante” y “desapasionada”, mientras que la “causa Malvinas” forma parte de lo irracional, del cambalache populachero. Luego, se excusa, de que a pesar de que gobiernos de diferentes signos políticos hayan insistido en su demanda de soberanía, “ello no impidió la continuidad de intensas relaciones comerciales entre ambos Estados”.

El objetivo real de nuestros académicos no es demostrar la usurpación violenta británica, sino que nuestra demanda soberana, nuestro sentimiento de pertenencia, resulta ser una construcción ligada a nuestra “comunidad imaginada”. No les llama la atención que los reclamos permanentes realizados antes de la creación de las Naciones Unidas en 1945 hayan provenido de gobiernos de signo nacional. La Confederación rosista reclamó en 1833, 1834, 1841, 1842 y 1849. Luego habría que esperar hasta la llegada de Roca para reanudar los reclamos. Los siguientes serían durante los gobiernos radicales de Yrigoyen (1917) y Alvear (1925 y 1926). Llamativamente, también durante la década infame en 1933, 1939 y 1940. La revolución del 1943 haría lo propio en 1943 y 1945.

2607 4
Afiliada a un pensamiento elitista y antipopular, la historiadora María Inés Tato propone separar la “cuestión Malvinas” de la “causa Malvinas”, en una maniobra despectiva hacia la relación del pueblo-nación argentino con sus islas usurpadas por el invasor británico. Lamentablemente la hipótesis de Tato está generalizada en ciertos ámbitos intelectuales y poco le sirve al país en sus reclamos pues neutraliza el clamor popular.

La visión “procesual” de historiadores como Tato o Federico Lorenz termina siendo indulgente con los atropellos británicos, relativizando sus acciones violentas que la constituyeron en la mayor potencia colonial del siglo XIX en beneficio del progreso indefinido. Es una visión similar a la de un Marx que justificaba la acción imperial en la India o a la de un Mitre que celebraba la llegada del capital inglés en nuestras tierras mientras bromeaba ante los británicos el día de la inauguración del Ferrocarril del Sud en 1861 que “en 1806 y 1807 los ingleses nos trajeron hierro en forma de espadas y bayonetas, y plomo y bronce en forma de balas y cañones” y luego “vinieron con hierro en forma de picos y palas, con algodones, con paños y se llevaron en cambio nuestros productos brutos para convertirlos en mercaderías en sus manufacturas”.

En definitiva, como diría Guido Kaczka, en el caso de Gran Bretaña lo que hicieron “está mal, pero no tan mal”. Nuestra “causa”, en cambio, es condenatoria, violenta, irracional, autoritaria.


Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o suscríbase.

No puedes copiar el contenido de esta página

Scroll al inicio
Logo web hegemonia

Inicie sesión para acceder al contenido exclusivo de la Revista Hegemonía

¿No tiene una cuenta?
Suscribase aquí

¿Olvidó su contraseña?
Recupérela aquí.

¿Su cuenta ha sido desactivada?
Comuníquese con nosotros.