El enemigo al acecho

Al dejar de rodar la pelotita, el campeonato mundial de fútbol terminó, dejando la extraña sensación de que algo se rompió y no precisamente en términos futbolísticos. El pueblo-nación argentino fue sujeto de una campaña de difamación y desprestigio cuya magnitud y alcance quizá tenga muy escasos precedentes en la historia. Han pintado a los argentinos como una suerte de nuevos nazis y la finalidad de esto no puede ser otra que la de preparar el terreno en el plano de la opinión pública mundial para un futuro ataque neocolonial a la soberanía del territorio. La campaña antiargentina tiene autores, ejecutores y objetivo. Hay que saber verlo.
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Después de un campeonato mundial de fútbol que le dejó al pueblo-nación argentino un sabor agridulce por la final perdida frente a España, pero la obtención asimismo de un puesto de subcampeón que no es ninguna baratija y menos aún viniendo de haber alcanzado ya la gloria hace cuatro años, queda para el analista la responsabilidad de observar todo aquello que trae aparejado el deporte más popular del planeta y nada tiene que ver con lo estrictamente deportivo. Son las implicaciones políticas y sociales de la cita ecuménica por definición, una vez que deja de rodar la pelotita, las que quedan como insumo del análisis necesario para comprender cómo cambia el mundo.

Y este mundo, como se sabe, está cambiando a una velocidad inusitada, con una intensidad jamás conocida en la historia. Hay un reordenamiento global en marcha, hay poderosos perdiendo parte de su poder y hay subalternos ascendiendo al lugar de protagonistas. Hay una guerra, la tercera guerra mundial en cuotas —como diría nuestro Papa Francisco— en la que todos los contendientes están interesados por supuesto en ganar, aunque en el corto plazo piensan en cómo hacerse de los medios económicos que hacen falta para lograr ese triunfo deseado. Eso significa control territorial, el que controle la mayor cantidad de territorios ricos va a resultar ganador, todos saben que esto es así y en esto están.

En ese contexto ocurre el campeonato mundial de fútbol. Algunos insisten en la necesidad de separar el deporte de la política, pero esa es una quimera. Ninguna actividad humana puede separarse de la política y menos que menos un evento deportivo que capta la atención de miles de millones en todo el mundo sin distinción de razas, culturas ni religiones. Es la propia obviedad ululante la de que el campeonato mundial de fútbol (y en igual medida los juegos olímpicos) van a ser objeto de disputa entre quienes hacen la guerra como continuación de la política por otros medios pues el deporte es el terreno de lo simbólico y allí quieren pisar fuerte los que por otra parte buscan dominar el mundo.

Es lógica pura y no podría ser de otra manera, razón por la que es preciso concluir que cualquier hecho simbólico acaecido durante un campeonato mundial de fútbol o unos juegos olímpicos solo puede resultar de una campaña deliberada que se lleva a cabo por parte de un contendiente en la guerra y con el único fin de instalar una determinada narrativa, la que más le conviene a quien echa a rodar la campaña. En otras palabras, los que están en la lucha por dominar el mundo usan el deporte de alto rendimiento o profesional de gran visibilidad como un medio para transmitir mensajes de índole político.

Lo expuesto es lo que se explica con lujo de detalles en la serie publicada en ediciones anteriores de esta Revista Hegemonía sobre la política en los juegos olímpicos de la modernidad de 1896 hasta el presente. Y es lo que también ocurre en los campeonatos mundiales de fútbol e incluso en otros eventos deportivos de menor magnitud. Es una lucha por el sentido, es un intento de instalar narrativas, por llevar el relato. “Quien nomina, domina”, diría el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Todos quieren nominar y por eso los eventos de gran visibilidad son medios de comunicación para que desde allí se le ponga nombre a la realidad.

Esa que fue a todas luces una campaña antiargentina y que se vio durante el pasado campeonato mundial no puede ser, por lo tanto, otra cosa que alguien haciendo relato sobre la realidad para nominar a otros y, en suma, dominarlos. No importa ahora saber quién hace el relato ni por qué, el asunto aquí es la comprensión inicial de que nada nace de un repollo, todo viene digitado por alguien con una determinada finalidad. Incluso aquello que a primera vista parecería ser espontáneo no lo es, la espontaneidad no existe en la política. Esto y tan solo esto, que es lo más sencillo que hay, es a la vez algo que a algunos no les entra en la cabeza y a otros a veces se les escapa.

Pero es la realidad objetiva, es una regla sin excepciones. En alguna parte decíamos que si el atento lector un buen día se encuentra con una tortuga subida a un árbol lo primero que debe hacer (o más bien lo segundo, pues conviene bajar la tortuga del árbol primero, pobre animal) es comprender que las tortugas no trepan árboles y, por lo tanto, alguien la puso allí. Lo mismo ocurre con los temas que se instalan en la agenda del debate de lo público: cuando un asunto se instala en esa agenda es porque alguien lo puso allí, nada se instala espontáneamente porque para ello millones de individuos tendrían que estar pensando en lo mismo al mismo tiempo sin que nadie les haya sugerido hacerlo.

Eso no ocurre y entonces el hecho de que desde México hasta Australia, de Francia a Brasil y en todas partes haya habido gente vilipendiando al pueblo de un país periférico como lo es la Argentina solo pudo haberse fabricado por alguien, no puede ser otra cosa que un hecho artificial. La campaña antiargentina es real porque no puede ser de otro modo. Atribuírsela a un puñado de trolls mexicanos despechados porque su selección no gana es directamente un delirio y es la verdadera conspiranoia. Y es incluso más que eso: es una forma voluntaria de adherir a la estupidez, de cerrar los ojos y hacerse el tonto ante la realidad.

No sirve, hay que enfrentar la realidad y hay que modificarla. O bien habrá que dedicarse a otra cosa que a la observación de la política. A quienes no quieren hacerse los tontos y tienen ganas de comprender la realidad para al menos exigir su modificación está dedicada esta edición tan especial de nuestra Revista Hegemonía, la 100ª. en una larga serie iniciada allá por febrero de 2018 y que viene sirviendo para observar la realidad argentina y mundial desde el punto de vista del reverso de la trama. Llegamos entonces, el atento lector con nosotros, a esta edición centenaria que esperamos sea un augurio de muchas ediciones más de cara al futuro.


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