Pocos autores han logrado inquietar más la conciencia colectiva del hombre en Occidente con sus hipótesis de un futuro distópico que el estadounidense Ray Bradbury. Con su obra cumbre, Fahrenheit 451 (1953), Bradbury instaló para siempre la idea de que en algún punto de su desarrollo la humanidad habría de volverse en contra de los libros, es decir, del cúmulo común de conocimiento, en un intento por ordenar la sociedad mediante la supresión brutal de sus contradicciones. La idea es tan brillantemente distópica y a la vez terrible que Bradbury se ganó junto a George Orwell y Aldous Huxley un lugar en la categoría muy exclusiva de los grandes maestros de la literatura distópica del siglo XX.
Como consecuencia de esta singular genialidad, como ocurrió con las de Orwell y Huxley, fundamentalmente 1984 (1948) y Un mundo feliz (1932), la obra de Bradbury fue objeto de sendas interpretaciones en el cine. La última de ellas es la homónima a la novela original Fahrenheit 451 (Estados Unidos, 2018. 101 min.), una película que fue mal recibida por la crítica y peor aún por el público general al extrapolar quizá demasiado la letra de Bradbury. El director estadounidense de origen iraní Ramin Bahrani seguramente habrá querido lograr un producto más potable para el delicado paladar de los posmodernos, aunque hizo una de más frente al arco y, al parecer, chocó esa calesita que supone llevar Fahrenheit 451 a la pantalla del cine.
La falta de fidelidad a la obra original de Ray Bradbury es entonces el punto más débil de esta película, aunque nada de esto la invalida del todo. De hecho, no deja de ser interesante la lectura que hace Bahrani de aquello que podría llegar a ser la degeneración final de las actuales redes sociales. En esta relectura de Fahrenheit 451 toda la realidad pasa por pantallas en las que va desplegándose una infinidad de comentarios, “likes”, corazoncitos y demás reacciones por parte del público a lo que una autoridad central, dueña de toda la narrativa, presenta en la forma de una hiperrealidad llena de espectáculo. La lectura es buena porque es una ampliación de lo que actualmente ocurre, llevando esto a un extremo distópico.
También está presente en esta película el asunto de la vigilancia permanente por una inteligencia artificial que tiene ojos por todas partes —algo similar al Gran Hermano introducido en 1984 por Orwell— y cuyo nombre es Yuxie. Esta cosa monstruosa también es una extrapolación hasta las últimas consecuencias de los Alexa de Amazon, Siri de Apple y Cortana de Microsoft, es una entidad omnipresente que al ser convocada por su nombre empieza a interactuar con los humanos. Al decir en voz alta “Yuxie, haga tal cosa” este asistente actúa de inmediato. A diferencia de lo que ocurre en 1984, existe aquí la posibilidad de ordenar que Yuxie deje de observar al humano cuando este quiere intimidad, lo que durante la película se verá que no funciona en la práctica.

Yuxie no deja de espiar cuando se le ordena que lo haga y esto agrega un elemento perturbador a la película de Bahrani cuando el protagonista Guy Montag (Michael B. Jordan) se percata de que sus superiores saben acerca de sus actividades íntimas, entre ellas la de leer secretamente un libro. Esto se considera un delito grave, claramente, puesto que lo central del argumento del film y también de la obra original es la prohibición de los libros. Aquí la prohibición se extiende al arte en todas sus formas: discos, pinturas, fotos, todo está prohibido en un entorno impersonal donde la arquitectura posmoderna impera y nada tiene significado cultural.
Esto es ciertamente lo más interesante para observar en Fahrenheit 451, la razón misma por la que esta y todas las demás interpretaciones de la obra de Bradbury son de consumo obligatorio desde el punto de vista del presente, pues la finalidad última de lo distópico es alertar sobre lo que ocurre hoy: el argumento para la prohibición de la cultura en todas sus formas es que una gran diversidad de opiniones había conducido a la Segunda Guerra Civil en los Estados Unidos, dejando dicho conflicto un saldo de 8 millones de muertos y resultando finalmente en la instalación del régimen. La opinión se califica como una amenaza a la felicidad del hombre y se prohíbe mediante la prohibición de la cultura.
De hecho, en determinado pasaje del film el personaje de Clarisse McClellan (Sofia Boutella) le explica a Montag que nadie impuso el régimen, sino que este resulta de la propia voluntad popular. “Nosotros hemos pedido esto”, dice con un visible dejo de tristeza y sublevación McClellan. Lo que trata de explicar la obra es que demasiadas opiniones contradictorias entre sí, el fundamento mismo de la libertad de expresión en su interpretación actual, conduce fatídicamente a un estado de anomia que será el preludio de escenarios como el que describen Bradbury y sus repetidores. Para evitar la diversidad de opiniones el régimen posterior a la Segunda Guerra Civil prohíbe la cultura en todas sus formas quemando brutalmente todo lo que pueda ser un soporte físico para la opinión humana.

Por eso en vez de apagar incendios (que tampoco existen ya, puesto que con la arquitectura posmoderna y estandarizada llegan los edificios ignífugos), los bomberos se dedican a quemar libros, discos, obras de arte, fotografías y todo lo que exprese cultura, diversidad de opiniones sobre la realidad. El “ejército fantasmal” de bomberos pirómanos sale entonces a investigar in loco las denuncias realizadas por la ciudadanía en una sociedad que también es incentivada a la delación entre pares. Al llegar a cada lugar donde se esconden las anguilas, los marginales del sistema que resisten y tratan de preservar la cultura, los bomberos embisten con lanzallamas y lo queman todo con una actitud y un placer más bien propios de los psicópatas.
Como sabrá el atento lector que haya tenido contacto previo con la obra de Bradbury, la contradicción empieza a hacerle ruido a Guy Montag y mucho más cuando se enamora de Clarisse McClellan, esta anguila que juega a dos puntas —al menos inicialmente— y se mueve entre los marginales para recabar información y traficarla con el jefe de Montag, el capitán John Beatty (Michael Shannon), a cambio de reducciones en su condena. Montag tiene con McClellan acceso a la verdad prohibida por el régimen totalizador, llega a comprender que la cultura es buena para el hombre y lógicamente termina sublevándose contra el sistema, generando con ello un lío que solo puede resolverse dramáticamente.
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