El Perón que fue y después ya no

Olvidado por los brasileros y virtualmente desconocido por los demás, el nacional justicialista Getulio Vargas es el precursor del proyecto político nacionalista y popular en nuestra región. Un breve análisis de la historia que ha sido deliberadamente ocultada indica que Brasil llegó incluso antes que la Argentina al peronismo y que ese hecho resultó, aun pese a la derrota de Vargas, en una industrialización por la que el Brasil de hoy es un país relativamente mucho más soberano que todos los demás en la región. Vargas es el prócer que todo peronista y todo americano debe reconocer y reivindicar en el génesis de nuestra liberación nacional.
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“Salgo de la vida y entro a la historia”, escribía Getulio Vargas el 24 de agosto de 1954, en papel membretado de la presidencia de Brasil, instantes antes de quitarse la vida con un tiro en el corazón. Al ser el legítimo representante de los intereses colectivos de las mayorías populares, Vargas tenía conciencia del impacto social y del terremoto político que habría de causar optando por el suicidio. Entró a la historia con ese terremoto, en efecto, aunque desde luego clausuró de una vez y para siempre la posibilidad de dejar un legado allí donde los suicidas, por regla general, no tienen herederos. El enigma de por qué Brasil no tiene un varguismo como movimiento político popular en los moldes del peronismo argentino queda resuelto de entrada con esta sencilla fórmula: en nuestra cultura occidental y cristiana la obra del suicida queda siempre trunca.

Y no porque sean cuestionables las razones por las que Getulio Vargas, en la soledad de su habitación en el Palacio del Catete de Río de Janeiro, la que entonces era la capital del país, decidió darse un tiro en el pecho. Vargas era un individuo con mucha vergüenza, un hombre de altísima moral que no pudo soportar la intriga alrededor del atentado contra Carlos Lacerda, quien en esos días fungía como crítico mordaz de su gestión de gobierno. La sola sospecha de que había ordenado ese ataque a tiros contra Lacerda resultó ser insoportable para la conciencia de un Vargas ya bien entrado en años, cansado y desgastado luego de dos décadas y media en la centralidad de la política de un país en febril transformación gracias precisamente a su iniciativa. No son estas razones, como se ve, las que se cuestionan al juzgar el suicidio de Vargas, sino el suicidio en sí como sinónimo de abandono.

Es necesario volver a esos días aciagos de 1954 para empezar a comprender la profundidad del problema. Presionado por una oposición desbocada y sobre todo por un contexto internacional desfavorable para los proyectos nacionalistas de un modo general —en Argentina el General Perón habría de ser derrocado por un golpe de Estado un año más tarde—, Vargas veía en el caso Lacerda una señal inequívoca de fin de ciclo, intuía la imposibilidad de remontar la situación y de reencauzar, a sus 72 años, la política de Brasil. Por eso optó por el suicidio como método para resolver la crisis y también para dejar un testimonio irrefutable de su inocencia en el atentado a Lacerda. El análisis de la documentación de la época sugiere que Vargas veía el suicidio como un martirio, como el acto altruista del líder que entrega la vida en el altar de la patria para evitarle al pueblo la fatiga del proceso.

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El opositor al varguismo Carlos Lacerda, aquí recibiendo atención médica luego del atentado en su contra. El hecho de que Lacerda no haya muerto en el ataque —de hecho, resultó levemente herido en un pie— refuerza la hipótesis de un autoatentado fabricado para desestabilizar a Getulio Vargas, cosa que se logró con creces pues forzó el suicidio de un caudillo agobiado por la intriga.

Vargas no pudo saber entonces que eso no iba a ser así y más bien sería todo lo opuesto. En vez de interpretarlo como un sacrificio patriótico y elevar al estatus de prócer al líder muerto, el establishment político de Brasil no tardó en despegarse y en borrar la imagen de Vargas, razón por la que no prendió el varguismo allí como sí lo hizo el peronismo en estas latitudes. Perón no se suicidó, aguantó estoicamente el golpe en su contra y marchó al exilio para volver dieciocho años más tarde a continuar su obra. El peronismo existe, en una palabra, porque Perón no abandonó, sostuvo la conducción política de su movimiento y lo perpetuó mediante la mística implicada en este acto de resistencia. Vargas está en la historia, en el catálogo histórico. Perón está en la política presente con muchísimos dirigentes peleando por hacerse con la representación de su legado, al menos simbólicamente.

Ahora bien, todo esto resulta muy extraño cuando el observador comprende que Vargas fue Perón antes incluso que el propio Perón, es decir, ejecutó en Brasil el proyecto político peronista mientras Argentina todavía estaba en su década infame. Y también es muy probable que Perón se haya inspirado más en Vargas que en Mussolini, como suele afirmar con cierta desfachatez algún comentarista, para crear su política de soberanía política, independencia económica y justicia social. La verdad histórica es que los valores políticos del peronismo ya se aplicaban en la praxis de la gestión por Getulio Vargas en Brasil ocasionando una verdadera revolución en un país acostumbrado hasta allí a una sucesión interminable de gobiernos antipopulares. Aquella idea de la tercera posición nacional justicialista se concretó en Brasil desde 1930 en adelante al advenir Vargas y solo después, mucho tiempo después, se realizó en Argentina con Perón a la cabeza.

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Getulio Vargas fue aquello que en Brasil suele denominarse un “gaucho de la frontera”, es decir, un americano culturalmente mucho más hispano que luso. El vínculo fronterizo de Vargas con Argentina es una evidencia fáctica y es un factor determinante en la formación de su pensamiento político. El espíritu de época que iba a animar la política argentina desde Perón en adelante ya había contagiado a Vargas y de ahí su praxis típicamente peronista en la gestión.

La hipótesis de que Perón se inspiró en Vargas no es tan descabellada como suele suponerse. Aunque algunos analistas sostengan la desconexión entre Brasil y Argentina de aquellos tiempos, pues no había integración regional y tampoco comunicación, el hecho esencial escasamente analizado es el de que Vargas venía de San Borja, una pequeña ciudad a orillas del Río Uruguay y, por lo tanto, ubicada justo sobre la frontera argentina. Puede decirse que Vargas no fue argentino por unos pocos metros: la distancia entre el puerto de San Borja y la localidad de Santo Tomé en Corrientes es equivalente a la anchura del Río Uruguay en ese punto. De aquí a descubrir la existencia de una conexión de Vargas con los argentinos hasta que eso se materialice en el peronismo hay un solo paso e incluso menos que eso.

De hecho, a fines del siglo XIX y a principios del XX, que es cuando Vargas se desarrolla y forma su personalidad tampoco había demasiada integración territorial en un Brasil que era y sigue siendo continental en su dimensión. La propia obviedad ululante es que, al nacer y criarse a pocos metros de la Argentina, Vargas fue culturalmente mucho más parecido a un correntino que a un paulista o un carioca, ni hablar que a un brasilero de las lejanas regiones amazónicas del extremo norte. Los de la juventud de Vargas son los tiempos de la no integración nacional, de la comunicación precaria y de la relación personal cara a cara en el cotidiano con el vecino. Y los vecinos de Vargas son los argentinos de la provincia de Corrientes con su cultura gaucha y esa tendencia a la rebeldía. No es posible comprender a Vargas sin conocer el ambiente cultural en el que se formó.

San Borja es una ciudad del estado de Río Grande del Sur, cuyo gentilicio es precisamente “gaucho”. Hoy y aun preservando ciertas peculiaridades estos gauchos brasileños están, gracias al gran desarrollo de las comunicaciones a gran distancia, plenamente integrados a la cultura de Brasil. Pero esto no pudo haber sido cierto en los tiempos de Vargas y la conclusión una vez más se cae de madura: las ideas que motivaron primero a Vargas luego a Perón existían ya, al menos en potencia, en la región donde se desarrollan ambos, razón por la que el uno y el otro van a plasmarlas al tocarles la conducción política de sus respectivos países. Con su apellido típicamente hispano y sus particularidades culturales Vargas aplica en Brasil un proyecto político que existía filosóficamente entonces en Argentina y las diferencias con Perón tienen que ser, por lo tanto, meramente cronológicas.

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“Es necesario reaccionar a tiempo contra la indiferencia, por los principios morales contra los hábitos del intelectualismo ocioso y parasitario, contra las tendencias disgregadoras que son infiltradas en sus más variadas formas en la inteligencia de nuestra juventud, la responsable por el futuro de la nación”, se lee en este afiche de propaganda del régimen varguista orientado a los niños y a la juventud de un modo general. Las similitudes formales con el peronismo son notables.

Getulio Vargas ya era un importante referente civil de la política brasilera en 1930 cuando un todavía joven Perón —tenía entonces tan solo 35 años— se abría paso en la jerarquía militar como capitán en el Ejército Argentino. La revolución de 1930 que encumbra a Vargas inicialmente como presidente de facto debió ser, por la lógica del espíritu de la época, una especie de década infame tropical. Pero las circunstancias allí eran distintas, empezando por el hecho de que Brasil no había tenido nada parecido al yrigoyenismo, que fue relativamente disruptivo. En Brasil siempre hubo un pacto entre las élites de São Paulo y Minas Gerais alrededor de un proyecto político oligárquico y la década infame de Brasil es todo el periodo que va del establecimiento de la república en 1889 al golpe revolucionario de 1930, sin fisuras. En este ambiente cultural, social y político irrumpe Vargas con una idea distinta.

En ese periodo de 41 años llamado la Primera República el pueblo estuvo al margen de la política, no fue representado por ningún dirigente y esa es la configuración clásica de nuestra década infame entre 1930 y 1943. Aquí la temporalidad, como se ve, está cruzada pues mientras en nuestro país empezaba una etapa nefasta de la historia en Brasil dicha etapa estaba a punto de finalizar. La oligarquía brasileña, al intentar prorrogar su dominación total, cometió en las elecciones de 1930 el fraude habitual. Pero esa habría de ser la gota que rebalsa el vaso: con Vargas a la cabeza, la oposición llevó a cabo levantamientos cívico-militares en las grandes ciudades del país e impidió la asunción del presidente electo Julio Prestes. Luego de alguna zozobra típica de esas coyunturas, un Vargas derrotado por el fraude en las urnas asumió la presidencia de facto en noviembre de 1930 para empezar su destape.

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El hijo de la oligarquía paulista Julio Prestes era el candidato del statu quo en las elecciones de 1930 y ciertamente triunfó en las urnas con fraude, puesto que esa era la usanza de aquellos tiempos infames. Pero los días de la hegemonía oligárquica habían terminado y Prestes jamás llegó a asumir la presidencia: fue derrocado por un golpe revolucionario liderado por Vargas, quien luego asumiría la presidencia de facto.

Claro, porque Vargas había llegado como un teniente más de los muchos que animaban la política de Brasil en ese entonces y la oligarquía no vio el golpe sino como un avatar de su propia política. Los oligarcas de Minas Gerais y de São Paulo, preocupados por el movimiento que impidió la asunción de Julio Prestes, su candidato, supusieron que igualmente la banda de Vargas iba a capitular rápidamente ajustándose a las reglas generales del juego, algo similar a lo que especuló la oligarquía argentina frente a la insubordinación del Grupo de Oficiales Unidos (GOU) en 1943. Pero al igual que los militares nacionalistas del GOU, entre los que estaba Perón, el grupo encabezado por Vargas en Brasil había llegado con ganas de subvertir el orden establecido, razón por la que califican la de 1930 como una revolución y no como otro golpe palaciego de los que suelen abundar en estas latitudes.

A partir de noviembre de 1930 y en los primeros cuatro años de gobierno de facto hasta 1934, Vargas impuso una serie de cambios que se basaban todos en la sencilla premisa de elevar al pueblo, más específicamente al trabajador, al lugar de sujeto político. He ahí lo revolucionario de esa coyuntura histórica porque por primera vez en más de cuatro siglos un gobierno en Brasil hacía sus políticas con el trabajo y no el capital como prioridad. Al establecer un Ministerio de Trabajo, Vargas hizo mucho más que abrir una oficina para la gestión formal de la cuestión: estableció la omnipresencia del Estado en las relaciones entre patrones y empleados. El novedoso principio rector del fascismo italiano y luego del peronismo argentino se imponía en Brasil de la mano de Vargas. Ahora el capital ya no iba a poder hacer lo que quisiera sin control de nadie.

Con el Ministerio de Trabajo establecido y el Estado metido de lleno en las relaciones entre el capital y el trabajo, llegaron los derechos laborales que hicieron de Perón en Argentina el representante de las mayorías populares. Salario mínimo, aguinaldo, vacaciones, sindicatos (integrados al Estado, por supuesto), conciliación obligatoria y mucho más. El trabajador brasileño, que hasta allí había sido tratado poco menos que como un animal de carga, empezaba a acceder a derechos básicos que modificaban profundamente la realidad social elevando a dicho trabajador por primera vez a la condición de ciudadano. Todo esto lo atribuyeron inmediatamente los trabajadores a Getulio Vargas, con mucha razón además. Vargas había tomado algunas de las ideas de la izquierda socialista y las había llevado a la práctica con una gestión de gobierno concreta en favor de las mayorías populares de su país. Las similitudes con el peronismo no pueden ser mera coincidencia.

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Los integralistas —hoy reducidos a una pequeña secta sin expresión política relevante— son una agrupación de inspiración fascista y son la prueba de que Getulio Vargas era de tercera posición, pues además de disolver a los comunistas por izquierda hizo lo propio con estos integralistas por derecha. A Vargas, al igual que a Perón, lo quisieron correr por ambos flancos.

Habiéndose hecho de un apoyo popular masivo durante los cuatro años de su presidencia de facto, Vargas dio por terminado el periodo de excepción en 1934 y llamó a elecciones, presentándose lógicamente como candidato. Es la fórmula que Perón habría de aplicar más tarde, en el periodo que va del golpe del GOU en 1943 a las elecciones de 1946 y no es nada de otro mundo, sino un proceder muy lógico: capturar el poder en el Estado por cualquier medio disponible, usar ese poder para representar los intereses colectivos de las mayorías populares y entonces sí pedirles el voto a estas mayorías. Representar y dar primero, proponer y pedir después. Este es o debería ser el abecé de la política como lucha por el poder en el Estado, una regla básica que está prevista incluso en Maquiavelo y que, no obstante, los dirigentes del presente optan por ignorar.

Las elecciones de 1934 en Brasil fueron indirectas, esto es, se realizaron por colegio electoral. Pero el pueblo se manifestó eligiendo a los diputados a la Asamblea Nacional Constituyente y el 70% de estos diputados eligió luego a Getulio Vargas para la presidencia constitucional, lo que dice mucho del enorme arraigo del varguismo en el pueblo durante esos días luminosos. Ahora Vargas tenía un mandato popular y además una nueva constitución, pensada esta para legalizar todo lo que estaba por venir. Después de llevar a cabo la justicia social, Vargas iría por la independencia económica del país mediante la intervención del Estado en los sectores clave de la economía, esto sin la necesidad de acercarse a posiciones socialistas ni mucho menos. El sistema capitalista de propiedad privada quedaba garantizado por ley, pero ahora el Estado iba a darle una orientación nacional a ese sistema.

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Otro afiche de propaganda con estilo muy similar al del peronismo clásico, este orientado a los trabajadores por el 1º. de Mayo. La gran novedad del varguismo fue la elevación del trabajador al lugar del sujeto político que es central en un proyecto. “Obrero: ayer reprimido, hoy dignificado”, se lee en uno de los afiches de Perón también por el día del trabajador. El mensaje es el mismo y la misma es además la praxis. “Vargas y Perón: un solo corazón”, corearía la tribuna.

La idea es la que expone nuestro Raúl Scalabrini Ortiz al introducir su tesis sobre el nacionalismo económico. Curiosamente —o quizá no tanto, porque evidentemente se inspiraban los unos en los otros—, de nacionalismo económico hablaba Getulio Vargas en sus discursos al anunciar el plan que iba a desarrollar hasta 1945. En esta primera etapa constitucional, Vargas crea la minera Vale do Río Doce para monopolizar en el Estado la extracción del hierro y la Compañía Siderúrgica Nacional (CSN) con el fin de procesar soberanamente en el país ese mineral extraído del suelo patrio. El objetivo era el desarrollo de un capitalismo industrial con una burguesía nacional que desplazara del lugar de clase dominante a esa oligarquía terrateniente cuyo único negocio había sido la exportación de café sin procesar y demás productos primarios que además de no generar ingresos para el país suelen resultar en concentración de la riqueza.

Aquí se ve una vez más la descripción del proyecto peronista de un modo incontrastable. De hecho, la CSN es la empresa pública monumental que posibilita la fabricación de acero, elemento clave para la industrialización y en consecuencia el desarrollo de una burguesía nacional. El esfuerzo por hacer de aquel Brasil primarizado una potencia industrial empieza por la iniciativa de Vargas en el sentido de no exportar ya el mineral de hierro en bruto a las potencias centrales. Para 1941, año de fundación de estos altos hornos de la que sería la siderúrgica más grande de América del Sur y una de las más grandes del mundo, Brasil daba el puntapié inicial en su proyecto industrial nacional mientras Argentina todavía estaba transitando la última etapa de su década infame. Aquí el tema era la exportación primaria de carne a Gran Bretaña; allí el Estado se metía en la producción de acero para la industria metalmecánica.

La transformación fue profunda y encontró el límite de la paciencia de las potencias centrales. En 1945 el imperialismo occidental orquestó y financió un nuevo golpe de Estado, esta vez para derrocar a Vargas y terminar con esa insubordinación fundante que fue el proyecto de nacionalismo económico varguista. Había que mandarlo a Getulio Vargas de vuelta a San Borja para que pasara allí sus últimos días tomando mate y administrando su estancia fronteriza, lo que se logró sorpresivamente sin mayor resistencia. Vargas se fue para sus pagos dejando la conducción del país en manos de dirigentes que estaban afiliados a intereses ajenos a los de la nación y se esforzaron en revertir todo lo logrado en los quince años de varguismo desde 1930. Con la oligarquía instalada otra vez en el lugar de clase dominante, la reacción fue feroz como habría de serlo más tarde al advenir el derrocamiento de Perón en 1955.

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Panorama presente de la ahora privatizada Compañía Siderúrgica Nacional en Volta Redonda, Río de Janeiro. Con la creación de esa enorme empresa estatal, el varguismo aseguró el procesamiento soberano del mineral de hierro extraído de las ingentes reservas brasileras, lo que resultó en una industrialización acelerada y en el advenimiento de una burguesía nacional y nacionalista. Vargas tenía razón.

Pero la efervescencia social ocasionada por el desplazamiento del referente máximo de los trabajadores fue determinante para que el periodo que va de 1945 a 1950 fuera muy inestable y al llegar las elecciones de 1950 la imagen de Vargas cotizaba muy fuerte en el corazón de las mayorías populares. Son las leyes naturales según las que al quedar desposeído luego de un periodo de avance el pueblo tiende, cuando lo dejan, a reclamar el regreso de aquellos dirigentes que asocia a sus años más felices. Nada nuevo bajo el sol, salvo la impericia y/o la imprudencia de los cipayos al permitir que Getulio Vargas permaneciera como una alternativa electoral luego de haberlo derrocado en 1945. Vargas estaba en el exilio —estar en San Borja, en aquellos tiempos, era como estar en otro país— a la espera de que sus enemigos hicieran, en el decir de Perón, todo lo necesario para su retorno a la presidencia de Brasil.

Entonces Vargas volvería a ser presidente en 1950, ahora con casi el 50% del voto popular directo. Por primera vez coincidían temporalmente el varguismo y el peronismo, el laborismo americano original y su réplica en Argentina. A la luz de todos los hechos posteriores, este fue el apogeo de la tercera posición nacional justicialista en América y en el contexto de un mundo cuyo orden geopolítico no estaba aún del todo definido. Puede decirse que en los cuatro años entre 1950 a 1954 la moneda estuvo verdaderamente en el aire. Con la Guerra Fría establecida y calentándose día a día entre dos superpotencias que ya habían llegado a ser nucleares y por lo tanto estaban hegemónicamente empatadas, mutuamente ocupadas la una de la otra, nuestra América siempre sometida y postergada tuvo en este breve periodo la ventana de la liberación nacional más claramente abierta que nunca. No fue, pero pudo haber sido.

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Con la mano embadurnada en oro negro Getulio Vargas simboliza la creación de Petrobras, nacionalizando el petróleo de Brasil en 1953. En este momento se llegó al auge del proyecto nacional justicialista tanto en Brasil como en Argentina y a partir de aquí hubo un solo año en el que la situación de los pueblos de cara a su liberación nacional fue un escenario ideal. Al año siguiente Vargas habría de suicidarse y poco después el golpe le llegaría a Perón.

En esta última etapa de los días más felices Vargas puso manos a la obra en la realización de Petrobras, la equivalente a nuestra YPF y quizá la última gran gesta de soberanía nacional en la región. Al crear esta gigante estatal, Vargas declaraba la propiedad pública de ese recurso estratégico que es el petróleo y reafirmaba el nacionalismo económico como norte —o más bien como sur, que es lo que corresponde en este caso— del proyecto político americano. Ahora sí, con el control de todos los sectores clave de la economía y con el trabajador reivindicado, elevado a la centralidad de ser el sujeto político de un proyecto que por lo demás le era propio, existía en Brasil aquello que los argentinos llamamos consuetudinariamente “peronismo” y es, en realidad, un triunfo de lo propio por insubordinación de los propios y no por acción de condiciones externas.

Un año fue lo que duró esta situación ideal de liberación nacional. Justicia social, soberanía política e independencia económica tanto en Argentina como en Brasil, los dos países que son la locomotora del subcontinente. Un año de oro antes de aquel fatídico 24 de agosto de 1954 en el que, agobiado por la intriga y derrotado por la perfidia de los cipayos, Getulio Vargas opta por quitarse la vida con un simbólico tiro en el corazón. El golpe le llegaría pronto también a Perón, al año siguiente, en la forma de sedición militar contra un gobierno nacional-popular. Mucho más joven que Vargas, Perón se iría al exilio para volver 18 años después a intentar concluir su obra, pero la ventana se había cerrado. La Guerra Fría empezaba a resolverse en favor de un yanquisionismo que ya no iba a permitir aventuras de justicia social, nacionalismo económico y liberación nacional en las semicolonias.

Getulio Vargas es hoy un recuerdo difuso para las mayorías en Brasil y no hay, por lo tanto, ninguna idea de un varguismo similar a la que existe en Argentina con el peronismo. El suicidio del referente máximo, ahora se sabe, deja de ser un acto de altruismo para convertirse tristemente en una sentencia de muerte para la idea. Todos los herederos tentativos de Vargas después de su muerte — João Goulart y Leonel Brizola entre ellos— fueron derrotados en las siguientes décadas mientras el legado se perdía hasta caer en el más profundo olvido. Brasil ya no lo recuerda, no lo lleva como bandera a la victoria o la resistencia como lo hace Argentina con Perón, pero la verdad histórica es la única realidad y es que para los americanos Getulio Vargas fue el precursor de la tercera posición nacional justicialista que los pueblos necesitan para ser felices y dignos.

Razón por la que les corresponde al verdadero peronista y a todo patriota americano honrarlo y reivindicarlo con el estatus de prócer que su propia patria le negó. De buen criollo es honrar a los padres.


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