Unos tiempos febriles

Con los síntomas de un conflicto generalizado e inminente visibles por todas partes, un mundo en el estado terminal de su paradigma camina hacia la definición de qué será de la humanidad de cara a lo que queda del siglo y en la continuidad de su existencia. El planeta está en llamas y no por ningún cambio climático ni evento ocasionado por un fenómeno de la naturaleza: el incendio es la consecuencia de un sistema que ya está quebrado y de una posible inviabilidad humana al advenir la inteligencia artificial con la capacidad de reemplazar al hombre en la producción.
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Al emitirse por parte de varios gobiernos en Europa occidental una alerta de contingencia que podría ser el anuncio de un conflicto bélico inminente terminó de prenderse la última mecha de un mundo que, al parecer, se dirige a la guerra. No queda del todo claro cómo podría ser dicha guerra en tiempos de proliferación de armas nucleares, pero lo cierto es que ante la quiebra del sistema-mundo de Bretton Woods algún tipo de enfrentamiento armado entre naciones podría ser, desde el punto de vista de las élites, la forma más idónea para disimular esa quiebra frente a la opinión pública. Demasiado ocupadas con los tiros, las mayorías no verían el hundimiento del orden liberal inaugurado en 1944/1945. O al menos eso parecen pensar quienes gobiernan el mundo.

El asunto es que la geopolítica entre naciones hace mucho que ha dejado de ser la política internacional por antonomasia. Con una gran concentración de poder en sus manos, el poder fáctico del dinero hizo un movimiento doble: por una parte, se divorció del poder político de los Estados llegando a tener tanta o más fuerza que muchos de estos. Por otra, penetró con sus agentes en las estructuras de esos mismos Estados, sobre todo de aquellos en Occidente que podrían “pararse de manos” frente al avance de un poder ilegítimo que pretende dominar en las sombras, por fuera de la vista de los pueblos. La geopolítica de hoy es bastante más compleja que en la primera mitad del siglo pasado al meterse las corporaciones supranacionales en la ecuación.

Y luego aparece este salto tecnológico decisivo que es el advenimiento de la inteligencia artificial con la capacidad ya de tomar decisiones tanto en las líneas de producción como en el campo de batalla. La sola perspectiva de la obsolescencia del hombre genera una tensión quizá similar a la que hubo en los albores de la revolución industrial burguesa a fines del siglo XVIII y principios del XIX. La diferencia aquí es que en vez de una máquina a vapor que vino a transformar al hombre de trabajador premoderno a obrero en la modernidad, en el horizonte aparece una inteligencia artificial que parece ser capaz de hacer más rápido, más barato y mejor la mayoría de lo que el hombre hace. Ese es un evento de extinción en puerta, claramente, porque sin trabajo no queda claro de qué van a vivir las mayorías populares.

Estos tres factores explosivos —a los que puede sumarse un cuarto, que es el agotamiento del propio paradigma liberal con hegemonía unipolar como resultado de la II Guerra Mundial— dan como resultado un ambiente que es la antesala de un conflicto generalizado. Puede no ser mañana ni pasado mañana, pero algo va a suceder en el corto y en el mediano plazo porque la situación tal como está planteada se ha vuelto insostenible. Las anomalías del paradigma son ya demasiadas y los síntomas empiezan a aparecer todos al mismo tiempo con tambores de guerra sonando por doquier. Lo que hay en el mundo es fuego, es un incendio que venía dándose silenciosamente y ahora empieza a hacer ruido. Nadie puede ignorar los síntomas de esta que en palabras del Papa Francisco es la III Guerra Mundial en cuotas.

Pero vuelve la cuestión de la proliferación del armamento nuclear. No hubo en el mundo un conflicto abierto y declarado entre potencias después de 1945 y la razón es esa misma, a saberla: las potencias centrales poseen armas de destrucción masiva que hacen de la guerra entre ellas una imposibilidad técnica, ya que el resultado solo puede ser la destrucción mutua asegurada. ¿Cómo se resuelve esto entonces si no es a la vieja usanza, impracticable en estos tiempos? ¿Cómo pensarán las élites globales disimular la quiebra del sistema de Bretton Woods con una III Guerra Mundial abiertamente declarada sin que eso resulte en un invierno nuclear y en la extinción de prácticamente toda la humanidad?

He ahí la única incógnita verdadera, la incógnita cuyas hipótesis no son muy alentadoras para las mayorías populares. El “conspiranoico”, esto es, aquel individuo que sabe ver las cosas en potencia y de ahí deducir el futuro, está convencido de que el invierno nuclear y la extinción son precisamente el objetivo de los ricos del mundo. Al fin y al cabo, con la inteligencia artificial capaz de hacerlo casi todo, ya estaríamos sobrando en el planeta unos siete mil millones de seres humanos. Desde el punto de vista del 0,1% que manda, el restante 99,9% ha quedado obsoleto, desfasado y listo para el descarte. ¿Por qué no sería para esa minoría infernal una posibilidad la fabricación de un evento de extinción?

Todas estas son hipótesis que se desprenden de los síntomas hoy a la vista del que los sepa observar uniendo los puntitos. No puede ser que los enanos europeos hablen en serio al sugerir una guerra contra Rusia, que es la primera potencia nuclear y la detentora en soledad de la tecnología de los misiles hipersónicos. O bien puede ser, pero a modo de advertencia sobre lo que pretenden hacer quienes manipulan a los gobiernos europeos contra los intereses colectivos de los propios europeos. Los síntomas indican que hay un poder dispuesto a destruirlo todo y por eso acelera contra el muro en la certeza de que en el desastre perecerán casi todos, salvo esa minoría.

A la descripción de este problema existencial para el hombre se dedica esta 102ª. edición de nuestra Revista Hegemonía. El fuego es el síntoma más que la enfermedad, es como cualquier fiebre: puede matar al agente patógeno o puede matar al cuerpo, eso va a depender de cómo se administre la propia fiebre. La administración, al menos en Occidente y aquí en las colonias, parece estar en manos de quienes quieren lo segundo. Habrá que ver si en Oriente tienen una idea distinta para salvar una humanidad que hoy está a punto de nocaut.


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