Necesitamos política real

Mientras los medios de comunicación entretienen a la ciudadanía con imágenes espectaculares de una guerra que está muy lejos de nuestro país en casi todos los sentidos, aquí se pierde la lucha frente a los poderes fácticos económicos que pusieron los dos pies en la Argentina desde que Mauricio Macri nos endeudó con el FMI. Ahora hacemos una guerra de liberación nacional que no se ve en televisión y que muchos de nosotros no entiende que está en curso.
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En los dos últimos meses una temática ha acaparado casi por completo el interés y la cobertura de los medios masivos de comunicación tanto nacionales como internacionales: la guerra que tiene por escenario a Ucrania y como protagonistas a rusos y ucranianos. Mientras se construye una narrativa tendenciosa con el propósito de asimilar a la figura de Vladímir Putin con un enemigo de los pueblos libres y una amenaza contra la continuidad de la especie humana, el campo semántico de la guerra se reproduce y sobreabunda en las pantallas de televisión y los medios en cada una de sus plataformas de soporte. Invasión, armamento y alianzas colman el aire de los canales de noticias y los titulares en redes sociales.

De hecho, mientras el lector repasa estas líneas se está hablando de negociaciones y de la posiblemente próxima rendición de una Ucrania que desde el día uno de las “operaciones quirúrgicas” impulsadas por el gobierno de Putin llevaba todas las de perder.

Pero los argentinos también conocemos de cerca y hemos padecido en carne propia las veleidades de la guerra, una guerra muy cercana y cuyas consecuencias aún perduran a pesar del tiempo transcurrido. A cuarenta años de la gesta de Malvinas es importante trazar el paralelo entre el ayer y el hoy para advertir acerca de la creciente amenaza a la soberanía nacional que pareciera estar destinada a signar nuestro destino como país.

En primer lugar, lo primero: en Malvinas dejaron la vida seiscientos cuarenta y nueve argentinos que pelearon a muerte en defensa de nuestra soberanía territorial y del honor de nuestra patria y hoy, a cuarenta años del desarrollo de los acontecimientos, poco se habla acerca de un conflicto cuyos resultados funestos para nuestro país se siguen reproduciendo en el tiempo. Por ellos, por cada uno de los héroes que dieron su vida por nuestra bandera en la esperanza de expulsar de nuestro territorio al invasor e histórico enemigo de los pueblos libres, tenemos la obligación ética como patriotas y como ciudadanos argentinos bien nacidos de no permitir que Malvinas caiga en el olvido.

Las conversaciones entre Emmanuel Macron y Vladimir Putin por el conflicto en Ucrania ocuparon horas y horas de noticias en nuestro país, así como toda la especulación sobre la guerra en sí misma. El asunto es trascendental, sin lugar a dudas, aunque de cierta forma desvía la atención de los problemas que los argentinos tenemos puertas adentro en el país.

Se lo debemos a nuestros héroes; Malvinas es una herida que no cierra y que aún sangra porque implica una ocupación extendiéndose por cuarenta años más y sin visos de resolverse, con una potencia enemiga explotando nuestros recursos de manera impune y llevándoselos lejos del país.

Los acuerdos de Madrid que sellaron la derrota de la Argentina en la guerra contra la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) significaron la entrega de la soberanía de nuestro país en mar y en aire, el desguace de nuestra flota naval, incluso la flota mercante y en definitiva, la entrega de nuestro comercio exterior a barcos de bandera extranjera para los traslados por mar y a través de nuestros ríos interiores.

Pero eso no es todo. Es bien sabido que la dominación de un país se puede llevar o bien por la espada o bien por la deuda, como lo expresara el sexto presidente norteamericano John Quincy Adams y ha sido largamente citado en esta Tribuna y en este medio.

A los caídos en Malvinas, nuestros héroes que seguirán clamando por justicia mientras dure la ocupación ilegal, podemos sumarles como víctimas de la pérdida de nuestra soberanía a los miles y millones de postergados y marginales que el actual proceso de endeudamiento feroz va a significar para la patria, en un contexto de acuerdo de los términos de pago entre nuestro país y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Mientras en los principales medios de comunicación la agenda está acaparada por una guerra relevante a nivel mundial —y el General Perón ya supo ver con total claridad que la verdadera política es la política internacional— los argentinos nos debemos a nosotros mismos hablar todos los días de la guerra que nos involucra y la batalla diaria que nos toca librar a los ciudadanos de a pie para sobrevivir en un contexto de pauperización de la vida.

La debacle y la claudicación de nuestro país frente al Fondo Monetario Internacional (FMI), simbolizada en todas las imágenes por el gesto de plegaria de nuestros funcionarios en presencia de Kristalina Georgieva, la directora del FMI. He aquí la amenaza más grande a nuestra soberanía nacional en la actualidad.

Porque eso es lo que nos está pasando en la Argentina: estamos dominados tanto por la espada como por la deuda y en el batallar diario siempre el cuerpo lo ponemos los mismos, el pueblo argentino. Eran argentinos humildes los soldados de Malvinas, hijos de obreros y de trabajadores de todas las provincias del interior de nuestro país. Y son argentinos humildes los que padecen las consecuencias del ajuste que se le impone a nuestro pueblo con el pretexto de la cancelación de una deuda que va a ser eterna en virtud de la imposibilidad de hacerle frente.

La inflación galopante, la reforma previsional de facto y la informalidad del empleo son algunas de las batallas cotidianas a las que el pueblo argentino se enfrenta día a día y que más tarde o más temprano también ponen en juego la vida de los argentinos.

Mientras escribimos estas líneas, tiene lugar en diversas ciudades de nuestro país una protesta cuyos fundamentos no se entienden del todo y que, en definitiva, corren el eje de las informaciones sobre la política de cabotaje desde lo nodal hacia lo lateral. Porque poco interesa al pueblo argentino defender a la democracia si esta estuviera en juego u oponerse a la demostración de poder de los sectores más privilegiados de la sociedad con tractores en plenas calles de Buenos Aires cuando resulta tan difícil para el ciudadano de a pie sostener un nivel de vida que parecería desmoronarse sin freno, devorados los ingresos de los trabajadores por la inflación que no encuentra techo, la ausencia de respuestas por parte de una dirigencia política adormecida y la sensación de zozobra latente que se respira en el ambiente.

La impresión general de aislamiento de la agenda de la política respecto de las necesidades del pueblo trabajador termina restando finalmente al pueblo la voluntad de pelear por causas que cada vez parecerían ser más ajenas, como si la política fuera un juego entre facciones de una clase que no representa al pueblo porque no se parece a él.

Frente a un gobierno que no responde y cuya gestión está paralizada, la oposición hace oportunismo subiéndose a “tractorazos” de un ruralismo que tampoco sabe muy bien qué es lo que quiere. En estos momentos el pueblo argentino tiene escasa representación de sus intereses reales en la política.

Y el resultado de observar este proceso de separación de los intereses del pueblo respecto de la política es la impotencia. Quienes creemos fervientemente en la política como herramienta de transformación de la realidad estamos azorados y nos sentimos cada vez más solos porque no encontramos representación en quienes hemos elegido para que nos representen.

En otro tiempo hubiéramos tenido los argentinos la voluntad de salir a defender la institucionalidad democrática contra la amenaza que para ella significan personajes que hoy marchan a favor de esa bolsa de gatos mediáticamente dada en llamar “el campo”, una entelequia sin definición ni asidero en la realidad. Personajes que hace pocos días se pronunciaban abiertamente a favor del accionar del enemigo histórico de la Argentina en un nuevo conflicto bélico que lo tiene no como protagonista directo, pues la OTAN no pone el cuerpo y los muertos, lo están haciendo el pueblo ruso y el ucraniano, pero es el maestro de ceremonias del show y manda a otros a morir en su lugar.

Pero nos pasan por el costado esas gravísimas declaraciones. Nos pasa por el costado una Patricia Bullrich que hoy se viste de vaquera para visitar la embajada de los Estados Unidos, mañana se viste de gaucho para el “tractorazo” a favor del “campo” y pasado mañana se vestirá de soldado del Batallón de Azov para defender a la OTAN en su cruzada contra Rusia.

Y a pesar de la gravedad del papel de Bullrich y de otros tantos operadores de los poderes concentrados internacionales que hoy juegan en la oposición, el motivo por el que nos pasa por el costado el accionar artero de estos agentes de la antipatria es que el oficialismo no está siendo capaz de garantizar a los argentinos la suficiente estabilidad que se requiere para que lo urgente no reste lugar a lo importante. Ese es el desafío del gobierno nacional, que no enamora porque no demuestra la valentía que se requiere para hacer frente a una situación como la que nos aqueja en este tiempo y necesita volver a hacerlo, volver a enamorar. Pues si no encuentra la manera de hacerse fuerte la inercia se lo va a llevar puesto.

El coraje de los argentinos, demostrado en Malvinas y también en otras ocasiones de nuestra historia, como en las Invasiones Inglesas (1806/1807) y luego en la batalla de Vuelta de Obligado (1845). Hemos sabido defender nuestra soberanía con las armas en la mano y ahora nos vemos sometidos por una maniobra de endeudamiento a la que nos está costando muchísimo resolver.

Somos un pueblo valiente. Un pueblo que fue capaz de expulsar al enemigo ya en 1806 y 1807, en las invasiones inglesas, en 1845 en la Vuelta de Obligado y que en 1982 envió con orgullo, patriotismo y compromiso a sus soldados a defender heroicamente nuestro territorio soberano en Malvinas.

Somos el pueblo cuyos enemigos han reconocido como un fiero oponente, con destreza y valor, con la capacidad de hundir y dejar fuera de combate numerosas naves enemigas, propiedad de la flota más poderosa del mundo. Somos el pueblo que cada día pelea por un país libre, justo y soberano en el trajinar diario, a pesar de las veleidades de una economía caprichosa y una política que a menudo no nos representa.

Merecemos una dirigencia que esté a la altura de las circunstancias, capaz de cumplir con las responsabilidades demandadas por este tiempo histórico. Merecemos una dirigencia que cumpla con el mandato histórico que el pueblo, que nosotros le hemos encargado cuando depositamos nuestro voto de confianza en 2019. Si la dirigencia está a la altura de las circunstancias el pueblo va a acompañarla una vez más, pero es necesario que no perdamos más tiempo en luchas estériles y parches inocuos que solo desvían la atención de lo verdaderamente necesario: un modelo de trabajo y producción que garantice a los argentinos una vida digna y de progreso.

Somos un pueblo valiente y acostumbrado a poner el cuerpo con valor, con honor. Si nuestra dirigencia se muestra a la altura el pueblo la va a acompañar una vez más, pero es necesario que los líderes de la política comprendan que el tiempo apremia porque los estómagos vacíos no pueden esperar.


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