El General Perón lo supo bien y lo expresó con claridad meridiana: la verdadera política es la política internacional. Todo lo demás, aquello que los dirigentes de la política nacional manejan en el cotidiano, es la resultante de la interacción entre las relaciones internacionales de un país y las decisiones que en el plano local la inserción en el esquema mundial le permite a un gobierno en cada momento.
Esto es cierto en todas partes del mundo y lo es aún más en países como el nuestro, donde la independencia todavía no es definitiva y el alto grado de endeudamiento externo impacta decisivamente sobre una soberanía política comprometida por la influencia o la intervención directa de actores externos que buscan restaurar el estatus neocolonial en estas latitudes.
Es así, la verdadera política es la política internacional. Y es por ello que en esta Tribuna hemos seguido de cerca el curso de los acontecimientos en Ucrania, donde la mirada del observador adiestrado en las cuestiones de la guerra percibe ya un estado de virtual posguerra en el que el ejército ruso triunfante debe proceder a la normalización de la situación mientras por fuera del territorio ucraniano, a nivel global, ya puede vislumbrarse la reconfiguración de los liderazgos políticos en el plano de las relaciones internacionales.
Parecería en ese contexto verificarse la tendencia a mostrarse de manera cada vez más evidente un recrudecimiento de las políticas injerencistas por parte de los Estados Unidos sobre lo que estos consideran que es su “patio trasero”, es decir, nuestros países de América del Sur donde los estadounidenses tienen pretensiones neocoloniales, la Argentina incluida.
Algo de eso se vio ya a partir del año pasado cuando la designación del histriónico y carismático Marc Stanley como embajador norteamericano en nuestro país fue largamente comentada. Se trata del mismo Marc Stanley que en su discurso de asunción decía que la Argentina era un hermoso colectivo turístico al que no le funcionaban las ruedas. Pero en las últimas semanas la presión por parte de los Estados Unidos hacia nuestro país ha ido en aumento y eso no puede ser gratuito ni azaroso.
La pregunta es por qué, o a qué se debe este repentino interés por garantizarse para sí el dominio del pretendido “patio trasero” aquí en el Sur del mundo que si bien no es novedoso —viene del siglo XIX a propósito de la Doctrina Monroe que establece la “América para los americanos”— parecería no obstante haber reverdecido en los últimos meses.

La respuesta surge de la presunción lógica de la victoria rusa no solo en Ucrania, sino del posicionamiento de Rusia como centro político necesario de la vasta región euroasiática a consecuencia misma de la guerra y del manejo que el líder ruso Vladímir Putin supo hacer de la situación de crisis para que el país cayera bien parado y se beneficiara de las sanciones que Europa y los Estados Unidos le pretendieron imponer.
A pesar de los denodados esfuerzos de Europa por sostener la subordinación a los Estados Unidos, una subordinación cuyos orígenes se remontan a la implementación Plan Marshall posterior a la II Guerra Mundial, el derrotero de los hechos demostró que Europa depende más de Rusia de lo que los europeos tienen ganas de admitir.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) cae por su propio peso al fracasar el intento de Zelenski de plegarse a ella, mientras aparece Moscú en el horizonte de posibilidades de la vieja Europa occidental como un centro de poder evidente, mucho más accesible al continente europeo que unos Estados Unidos separados de él nada menos que por un océano de distancia.
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