El sable de Bolívar y el progresismo: las dos etapas de la segregación de la América hispana

En la reiteración de un error histórico, la izquierda progresista en nuestra región sigue poniendo el énfasis en la leyenda negra de la conquista española para generar división entre hispanos, cuando en realidad sería conveniente buscar la concordia mediante la revalorización de la unidad cultural para hacerle frente al dominante anglosajón. Así, siempre por izquierda, el progresismo continúa siendo funcional al poder fáctico del globalismo en su eterna misión de destruir la hispanidad de los pueblos. La intriga involucrando al rey Felipe VI y al presidente Gustavo Petro es otro capítulo de esta triste historia de desunión.
202209 5

Semanas atrás un hecho diplomático generó una oleada de reacciones y repudios tanto en la América hispana como en la propia España, más específicamente en los círculos progresistas a ambas orillas del océano. Durante la ceremonia de asunción del flamante presidente colombiano Gustavo Petro fue presentado el sable del general Simón Bolívar y el rey Felipe VI de Borbón fue el único mandatario que no se puso de pie ante esa reliquia.

Lo cierto es que en circunstancias normales el hecho hubiera pasado inadvertido sin que se le otorgase relevancia alguna, pero en tiempos de gobiernos progresistas el mismo fue visto como un acto de provocación por parte del monarca español, a pesar de que no constituyó ningún acto de violación de los protocolos establecidos. El episodio fue replicado infinidad de veces derivando en una tirante situación diplomática entre dos países que deberían considerarse el uno al otro como hermanos en virtud del pasado histórico y la tradición cultural que los unen.

La actitud en la propia España resulta por otra parte inexplicable, con eminentes miembros de Podemos exigiendo al monarca un pedido de disculpas hacia el presidente colombiano y sectores separatistas catalanes aprovechando el conflicto para criticar a las autoridades. A río revuelto ganancia de pescador, pero lo estrictamente cierto es que en rigor de verdad no debería haber existido conflicto alguno. Y ello es lo que pretendemos explicar en este breve texto.

En primer lugar, se trata de una cuestión de forma, las que a veces son importantes. Cada vez que se producen actos de asunción de presidentes o mandatarios el país anfitrión organiza el evento de posesión invitando a mandatarios de países que considera amigos, o a sus representantes diplomáticos. Cada invitación debe no obstante acompañarse por un protocolo que enumere en detalle las actividades que formarán parte del itinerario y la lista de invitados que se presume que participarán del evento. De ese modo las autoridades de un país deciden si van a enviar representantes o si por el contrario van a declinar la invitación.

El rey Felipe VI de España, de pie a la salida del sable de Bolívar. Por no haberse parado a su ingreso, el monarca español fue objeto de la crítica mordaz por parte de la izquierda progresista española: tanto Podemos como los separatistas catalanes exigieron de Felipe un pedido de disculpas que jamás llegó. El gobierno de España, por su parte, calificó como intrascendente y anecdótico el episodio.

Imaginémonos por un momento que alguien nos invita a una cena en su casa. Lo natural es que además el anfitrión tenga la delicadeza de hacernos partícipes del menú, del itinerario y de la lista de invitados. ¿A quién le gustaría llegar a una cena de muy buen grado y encontrarse con que allí lo espera un enemigo? Lo natural es que conozcamos el protocolo de antemano para que seamos libres de decidir si vamos a asistir o no a la cena y de asistir, cómo nos vamos a comportar a fin de no pasar una velada desagradable o hacérsela pasar a terceros.

En el caso de la asunción de Petro, Felipe VI no había sido notificado acerca de la presentación durante la ceremonia del sable de Simón Bolívar y, no obstante, no se equivocó en su decisión protocolar, pues los mandatarios de cualquier nación tienen la obligación de ponerse de pie solamente ante la bandera nacional de un país amigo o cuando suenan las estrofas de su himno nacional. Achacar al monarca una presunta falta de respeto al pueblo colombiano por no haberse puesto de pie ante una reliquia de guerra no solo constituye una exageración: es abiertamente un error.

Error que resulta siendo usufructuado por los enemigos de la nación hispana para atizar el separatismo a un lado y a otro del Atlántico. Tal es el caso de los nuevos gobiernos del progresismo rosa que como este historiador no se cansa de repetir, constituyen la mano de obra más barata del capitalismo financiero internacional que dice combatir.

Y aquí nos encontramos ante la cuestión de fondo. Los gobiernos de la nueva ola de “izquierda” progresista (liberal de izquierda) que algunos confunden con gobiernos marxistas están entregando nuestra nación hispana a los poderes internacionales que declaman combatir, sin observar o acaso negándose a ellos mismos que resultan funcionales al poder. Los gobiernos de Evo Morales y su sucesor Luis Arce en Bolivia, Andrés Manuel López Obrador en México, Gabriel Boric en Chile, Alberto Fernández en nuestro país, se autoperciben “rojos” esto es, de cuño marxista, cuando apenas llegan a ser rosas, pues han larvado de su sentido de la justicia a la ideología marxista con la que, aun disintiendo, se podía sostener el diálogo y hasta el respeto mutuo.

Imagen de un primer momento, al ingresar al acto el sable de Bolívar. Aquí Felipe VI permanece sentado mientras todos los demás jefes de Estado se ponen de pie y aplauden. La lógica indica que podrá haber animadversión por parte de un monarca de una antigua potencia colonial ante los símbolos que destruyeron precisamente ese estatus.

El progresismo se ha convertido en el peor residuo del marxismo, la droga de mala calidad que los laboratorios de pensamiento de la oligarquía financiera internacional distribuyen en las colonias para asegurarse su victoria. Dicho de otro modo, el progresismo es a las ideologías gobernantes lo que el paco es a la cocaína, pues tiene todos los vicios del marxismo sin poseer ninguna de sus virtudes. Estos gobiernos que se autoperciben revolucionarios no son otra cosa que funcionales al statu quo que persigue la oligarquía financiera internacional y están destruyendo a la idea de patria, móvil y fundamento de la lucha de los pueblos por su propia soberanía y su independencia.

Mientras que el marxismo se caracterizaba por el compromiso de sus militantes, el progresismo recurre al nihilismo destruyendo la fe fundante de los pueblos a quienes pretende representar. A través de la ideología de género, la propaganda del aborto serial indiscriminado y sobre todo a través del culto de la Leyenda Negra de la conquista española el progresismo destruye los elementos cohesivos de la nacionalidad y favorece la destrucción de los pueblos, resultando servil a los vampiros del mundo, la oligarquía del dinero cuyo objetivo es destruir la familia y la patria instalando el individualismo como medio para arrojar a los hombres a la más cruda vulnerabilidad y consolidar así su proyecto de dominación “pacífica” sin disparar un solo tiro.

El progresismo no emana de la buena voluntad de los militantes marxistas de quienes uno podía creer que eran individuos confundidos en su visión acerca de cómo alcanzar la justicia social, pero que ponían el cuerpo fusil en mano por sus ideas aunque estas estuvieran erradas. Por el contrario, este nuevo liberalismo rosa surge directamente desde los laboratorios de pensamiento de los tiburones del mundo, conscientes de que resulta mucho más sencillo y menos oneroso dominar a los pueblos sin tener que recurrir a la guerra sencillamente controlándolos en el plano de las ideas, sembrando en su alma doctrinas foráneas y ajenas en todo a los intereses de la nación. El progresismo no pone el cuerpo por ninguna idea: manda al matadero a los pueblos mientras cobra por ventanilla.

En el plano de la diplomacia, la relación entre el flamante presidente de Colombia Gustavo Petro y el rey español Felipe VI fue de total normalidad, aunque de una evidente frialdad protocolar. Gracias a la acción de la ideología progresista no están en su mejor momento las relaciones entre los distintos países de la hispanidad.

A través de un proceso de subordinación cultural que abarca por un lado el control de la opinión a través de la propiedad de los medios de difusión y por otro lado el manejo de la agenda académica con la colocación de ingentes sumas de dinero en universidades y organizaciones no gubernamentales encargadas de construir el discurso funcional al colonialismo, la oligarquía del dinero se asegura el control total de la política en las regiones más recónditas del mundo.

De hecho, muchos de los políticos, intelectuales, incluso muchos de quienes hoy manejan los hilos de la política en nuestra región han sido efectivamente formados en el marco de los programas que la propia oligarquía financiera internacional financia generosamente en su interés por subvertir a los pueblos.

Es por eso que estos nuevos “rojos” desteñidos, este progresismo rosa, constituye como decíamos la mano de obra más barata del poder. El discurso negrolegendario sostenido sistemáticamente por líderes como Petro tiene por finalidad atizar la fragmentación territorial que sin lugar a dudas va a tener lugar más tarde o más temprano en nuestra región, culminando la segunda etapa segregación de la nación hispana luego de aquella que ocurrió durante las guerras de independencia.

¿Y por qué decimos que la primera etapa de la segregación se llevó adelante durante época de la independencia? Para responder a ese interrogante debemos recordar al lector que el imperio español en América abarcó desde California a la Florida en los Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego, actual territorio de la Argentina, con la excepción del Brasil que perteneció al Portugal.

Ese vastísimo territorio constituyó a partir de las gestas de Cortés y Pizarro en adelante una única nación continente con unidad territorial, cultural y lingüística: la América hispana que hoy se organiza en diversos países no deja de ser una unidad nacional artificialmente atomizada para su mejor control por parte de la diplomacia inglesa.

Rarísima obra literaria en inglés sobre la Leyenda Negra y el desarrollo del sentimiento antihispano en Inglaterra, del profesor emérito de Historia de la Universidad de Missouri William S. Maltby. En esta fuente negrolegendaria abreva la izquierda progresista en Occidente y aquí en las colonias para destruir lo que queda de la hispanidad en América repitiendo en el proceso el discurso conveniente a los intereses del Foreign Office británico.

En este sentido resulta fundamental recoger la figura de Simón Bolívar, precisamente un personaje cuya espada ha sido de manera indirecta el disparador para este pequeño texto. Y el testimonio de este prócer nos resulta tan importante pues han existido varios Bolívar en el transcurso de su vida y habitando el mismo cuerpo. Bolívar maduró y pudo ver en el transcurso de su propia vida el resultado cabal de haber cometido en juventud el error de tomar como un aliado posible a los tiburones del mundo.

Si bien no podemos soslayar la torpeza del rey Fernando VII, el monarca más torpe de la historia de España, quien no tuvo la inteligencia de fundar una república parlamentaria española con sede en Madrid y que incluyera a las antiguas colonias como partes integrantes —propuesta presentada por Bolívar—, el prócer de la hermana Venezuela llegó a comprender en la madurez las consecuencias nefastas de su temprana alianza con Inglaterra y con las logias provenientes de allí cuya finalidad no fue otra que instalar en los jóvenes revolucionarios ideas de separación para que atentaran contra la nación hispana.

Hemos de decir la verdad a gritos pues los pueblos solo pueden mirar a su destino de frente si conocen su historia sin que esta se les cuente a medias: Simón Bolívar, formado en las logias masónicas de Inglaterra, habiendo sido dotados sus ejércitos de pertrechos y hasta de hombres por parte del gobierno británico en la lucha contra la corona española, llega a la madurez arrepentido y pronuncia abiertamente: “He sido un idiota”. He sido un idiota dice el prócer, he atentado contra la fe del pueblo y de esa manera he contribuido a su fragmentación.

En su gesta por la independencia de las Américas Bolívar no fue capaz de observar que quien consideraba un aliado oportuno era por el contrario un enemigo de los pueblos libres. Así fue que pactó con Inglaterra sin observar que el pirata no da sin esperar a cambio algo infinitamente más valioso. Él mismo llegó a reconocer que no le hubiera sido posible vencer en Carabobo de no haber contado con la presencia entre sus filas de cinco mil soldados ingleses. Y es preciso recordar que los tiburones del mundo no prestan cinco mil soldados ni por comedidos ni por sed de justicia social.

El aspecto físico que se supone habría tenido el mariscal Simón Bolívar, uno de los más destacados americanos. En los últimos días de su vida, Bolívar se percató de que había sido envuelto en una trama urdida por los británicos con la finalidad de balcanizar el territorio hispanoamericano, pero ya era tarde: lo que pudo ser un inmenso país y potencia global quedó finalmente dividido en una multiplicidad de países artificiales que en realidad son una sola nación al tener todos la misma cultura.

Si rescatamos entonces a Bolívar es porque como un hombre de bien fue capaz de darse cuenta del error que había cometido durante su juventud e intentar enmendarlo, aunque de manera infructuosa. La primera etapa de la segregación de la nación continente americana culminó precisamente con América partida en los Estados actuales, cuyas fronteras formales no coinciden con la unidad cultural e histórica que los caracteriza.

El fundamentalismo indigenista fragmentador pretende recoger un presunto pasado paradisíaco previo a la llegada de la hispanidad, pasado por otra parte largamente desmentido por registros documentales de época, demonizando a España pero más gravemente aun, arengando la partición del territorio, pues en vez de recoger los rasgos de unidad de los pueblos americanos —del único pueblo hispanoamericano— los niega caracterizando al elemento civilizador como genocida y apelando a la presunta existencia de cientos de pequeñas naciones indígenas con diversas lenguas y diferencias culturales.

Se trata del “divide y reinarás” en movimiento y en acción. Si Bolívar fue capaz en su grandeza de darse cuenta de que había sido utilizado como un títere y actuó en consecuencia para intentar enmendar los errores de su juventud, nuestros pueblos deben conocer la historia para que puedan construir el futuro de prosperidad que nuestra región, la región más rica en recursos naturales y humanos del mundo, merece y debe construir por mandato divino.

El progresismo rosa no es la solución a los problemas de los americanos. Este no es otra cosa que el reciclaje de la diplomacia inglesa en ropajes de “nacional y popular”. Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla, pero aquellos pueblos que conocen su pasado pueden comprender el presente y construir el futuro.

Pero el caso de Bolívar difiere del progresismo actual que se vanagloria en su desprecio por todo rasgo propio de la nacionalidad y la fe fundante y cohesiva de los pueblos sin la cual resulta imposible esa unidad.


Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o suscríbase.

No puedes copiar el contenido de esta página

Scroll al inicio
Logo web hegemonia

Inicie sesión para acceder al contenido exclusivo de la Revista Hegemonía

¿No tiene una cuenta?
Suscribase aquí

¿Olvidó su contraseña?
Recupérela aquí.

¿Su cuenta ha sido desactivada?
Comuníquese con nosotros.