47 millones de corazones

La Argentina ganó el Campeonato Mundial de fútbol y en las calles se vieron manifestaciones que por su masividad no registran precedente en nuestro país y en el mundo. El pueblo acordó en algo, en un triunfo deportivo, salió a manifestarse y sin proponérselo dio una demostración de la fuerza que tiene si está unido. ¿Será este triunfo deportivo el punto de inflexión que terminará con una era de pasividad nacional-popular frente a la cobardía y los atropellos de los dirigentes políticos? ¿Será este el hecho simbólico que pondrá en movimiento a un coloso largamente dormido?
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Al promediar el año 1995 la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) lanzó al mercado Dos mil millones de corazones (‘Two billion hearts’, por su título original en inglés), una emocionante película de 106 minutos sobre el Campeonato Mundial de 1994 en la que el director Murilo Salles conmueve al público poniendo el foco mucho más en el aspecto humano de la cita ecuménica que en el juego propiamente dicho. Dos mil millones de corazones fue todo un éxito y es una obra inolvidable tanto para el futbolero que aprecia la historia de los campeonatos mundiales como para el observador de sociedad que busca el contraste entre las culturas del mundo.

El caso es que hoy, en posesión de una infinidad de ángulos en la más alta definición posible, la FIFA tendrá la oportunidad de producir su obra maestra con el Campeonato Mundial de 2022 y, si quiere, poniendo el foco sobre una sola parcialidad: la argentina. Con hacer un film sobre los 47 millones de corazones que latieron y casi estallaron de tensión y luego en júbilo al ganar la Argentina copa mundial. Y eso por la sencilla razón de que ningún país, ningún pueblo-nación se merecía la alegría de estar en la cima del mundo en este momento más que el argentino.

Todas las voces críticas coinciden en que este campeonato que acaba de finalizar en Qatar no será para los argentinos un torneo de fútbol más, en que aquí algo cambió socialmente hablando después de un mes de angustia, sufrimiento, movilización y finalmente gloria. Hay algo más que fútbol en todo esto, ya no se trata de un juego. Un pueblo-nación que venía siendo vapuleado en los últimos ocho o nueve años sintió por un instante —efímero, quizá, eso está por verse— el sabor de la gloria. Después de perder y perder el argentino ganó y eso no puede no tener consecuencias.

Consecuencias sociales y políticas, desde luego. Los puntos de inflexión en la historia suelen tener lugar a partir de hechos simbólicos que las mayorías interpretan en una forma incomprensible para el analista de lo social y lo político. Y aquí tenemos ese hecho simbólico que ya de entrada produjo su primera consecuencia: por primera vez en mucho tiempo el pueblo-nación salió a manifestarse en las calles sin divisiones por opinión ideológica sectorial. Parece poco, pero es mucho para un país en el que sus habitantes no pueden ponerse de acuerdo en prácticamente nada.

Pues el argentino se puso de acuerdo con el otro argentino y unidos tomaron las calles del país en una multitud que conmueve y además debería poner en estado de alerta a los dirigentes políticos. ¿Qué cosa ha estado haciendo tan mal la política que la unidad nacional-popular se verifica a partir de un triunfo deportivo y no de un triunfo social de las mayorías? ¿Qué pasaría, deben preguntarse esos dirigentes, si el pueblo se diera cuenta de que tiene el poder para hacer temblar la tierra con tan solo salir masivamente a las calles?

Es poco probable que cinco millones de argentinos tomen las calles de la Ciudad de Buenos Aires y región metropolitana por alguna razón política, ya es harto sabido que las mayorías silenciosas no suelen manifestar su opinión así. Pero la cosa está vista y también está visto en la práctica que no existe autoridad ni fuerza del orden en cantidad suficiente para contener a las multitudes, cosa que ya era sabido en la teoría y que aquí se vio plasmado en una demostración sensacional.

Entonces el pueblo es poderoso y no lo sabe, los dirigentes políticos viven en la burbuja de sus propias intrigas, están ajenos a las mayorías y les toman el pelo a diario. Y el pueblo no sabe que puede hacer tronar el escarmiento y modificar el statu quo de la noche a la mañana. Nada de correlaciones de fuerza, largos procesos, especulaciones, nada. De la noche a la mañana puede haber revolución si el pueblo-nación llega a comprender la fuerza que tiene.

Ya lo sabía nuestra Eva Perón, que venía del pueblo y nunca se dejó arrancar el alma que trajo de la calle: “No hay nada que sea más fuerte que un pueblo. Lo único que se necesita es decidirlo a ser justo, libre y soberano”. Lo único que hace falta, como se ve, es conciencia nacional generalizada, hecha carne. Si esa conciencia existe en el pueblo el país avanza con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes, pero avanza necesariamente.

Evita decía también que por haber conservado el alma que trajo de la calle nunca quedó deslumbrada por la grandeza del poder y pudo ver sus miserias, que nunca olvidó las miserias del pueblo y pudo ver sus grandezas. He ahí, en las manifestaciones de esa grandeza nacional-popular podría la FIFA convocar a un director argentino para realizar la obra maestra de las películas de los mundiales de fútbol, el 47 millones de corazones que conmovería al mundo con la expresión de la potencia de un pueblo que es fuerte y no lo sabe. Por ahora, solo por ahora, porque una vez que la caja se abre es prácticamente imposible volver a cerrarla metiendo de vuelta en ella todo lo que supo contener antes de abrirse.

Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural

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