Basta una simple observación de los hechos de la historia para descubrir que, por regla general, todo conflicto armado tiene básicamente un instigador principal: el complejo industrial-militar y sus socios dedicados al negocio de la guerra. En cuanto a los perdedores, por lógica son quienes deben oficiar de carne de cañón durante las batallas los que tienden a llevar la peor parte, aunque de acuerdo con la sabiduría popular la primera víctima de toda guerra siempre es la verdad.
En el caso de la campaña militar de Rusia sobre el territorio de Ucrania esta definición se corrobora una vez más pues a casi un año del inicio de los enfrentamientos los negocios siguen multiplicándose y la verdad permanece enterrada bajo una montaña de escombros que parecería imposible de remover. Si hiciéramos caso de los medios de desinformación y la narrativa de la guerra que han hecho desde febrero del año pasado, deberíamos estar hoy en condiciones de anticipar sin temor a equivocarnos una rendición incondicional de las tropas rusas a la brevedad.
Sin embargo, la constante retahíla acerca de los terribles daños materiales y humanos presuntamente sufridos por Rusia a lo largo de estos once meses, la supuesta furia de un presidente Putin descontrolado al estar “contra las cuerdas” y el descrédito de la operación quirúrgica en Ucrania que los medios de comunicación aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) atizan y malinterpretan interesadamente en Occidente (y Argentina no es la excepción) no serían del todo coincidentes con la realidad efectiva que al parecer está teniendo lugar en el escenario de los hechos. O ello al menos puede deducirse a partir de una publicación que la titular de la Comisión Europea Úrsula von der Leyen realizó a través de sus redes sociales oficiales el pasado 30 de noviembre.

En dicha publicación, la comisionada europea declara en un video que el número de soldados ucranianos muertos hasta ese momento en las diferentes etapas de los enfrentamientos ascendería a unos cien mil hombres. Esto último, contrastado con estimaciones oficiales publicadas por el Ministerio de Defensa del gobierno de Vladímir Putin, arrojaría algo así como una proporción de ocho soldados ucranianos caídos por cada soldado ruso o bien alrededor de doce mil quinientos soldados rusos en total, una cifra considerablemente inferior a la correspondiente a las tropas ucranianas.
Por otra parte, lo declarado por Úrsula von der Leyen permaneció a la vista de todo el mundo por unos momentos antes de que el video en cuestión fuese convenientemente eliminado y reemplazado por un segundo extracto en el que se omitía aquella onerosa cifra. No obstante, el inoportuno dato publicado por la funcionaria jamás fue desmentido por las propias autoridades de la Comisión Europea o por el Parlamento continental, ni siquiera por el gobierno Volodímir Zelenski o por ninguna de las instituciones oficiales con sede en Kiev. El gobierno ucraniano apenas dejó saber su molestia por la filtración de aquel dato, pero jamás se ocupó en negarlo o aportar datos para su refutación.
Mientras tanto, la OTAN continúa con los bombardeos en el oriente de Ucrania mediante el uso de artillería y misiles que no parecerían estar dañando a los rusos en sus objetivos de liberar esa zona. Los sabotajes al interior de la propia Rusia tampoco han provocado de momento el colapso de la potencia oriental a nivel militar ni mucho menos a nivel económico y los levantamientos populares que los analistas políticos anticipaban se están haciendo esperar. Por el contrario, la aprobación popular de Vladímir Putin en su país crece y se sitúa por encima del ochenta por ciento.

Las tan mentadas sanciones económicas destinadas a disciplinar al líder ruso tampoco parecerían estar a punto de doblegarlo en este momento clave de demanda de energía como lo es la llegada de un invierno que en Europa suele ser riguroso. Rusia, productor por excelencia de gas, petróleo, minerales, fertilizantes y alimentos recibe en la actualidad volúmenes similares de operaciones en rublos que en euros o dólares, demostrando que los compradores prefieren ahorrarse problemas de desabastecimiento interno aun a costas de verse obligados a ignorar las mentadas sanciones impuestas por la OTAN, incluso siendo estos compradores parte integrante de la misma.
Los propios Emmanuel Macron y Olaf Scholz, el presidente de Francia y el canciller alemán respectivamente, se cuentan entre los mandatarios que en las últimas semanas han comenzado a retomar las relaciones bilaterales con Rusia luego de haber pegado sendos portazos poco después del estallido del conflicto. El Kremlin, por su parte, los recibió de buen grado, mostrándose en todo momento abierto a negociar con ellos.
Paralelamente, el Pentágono no encuentra sosiego y el complejo industrial-militar estadounidense se frota las manos: los arsenales militares de las potencias europeas comienzan a mostrarse escasos por lo que Washington no puede dejar pasar la oportunidad de suscribir pingües acuerdos comerciales beneficiosos al negocio de las armas. Evitar la pérdida innecesaria de vidas humanas en Kiev o en el Donbass no parecería encontrarse entre las preocupaciones prioritarias del Pentágono.
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