De que las hay, las hay: Matrix y la conspiranoia

En posesión del alma de las mayorías, las élites globales han bloqueado cualquier posibilidad de razonamiento colectivo sobre la realidad al poner a la vista de todos lo que debe permanecer oculto. En estos tiempos, señalar lo obvio es ser “conspiranoico”. Así lo obvio no se ve.
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Estamos atravesando una época única en la que cualquier disidencia al relato hegemónico le vale al díscolo la acusación de “conspiranoico”.

“Conspiranoico” es un neologismo que se usa como adjetivo calificativo despectivo, contracción de “conspiración” y “paranoico”. En el habla coloquial, paranoico es el que se persigue solo, ante una amenaza que puede ser real o imaginaria, pero sobre todo cuando o es imaginaria o de existir, en el plano de la realidad no significa amenaza alguna para el sujeto. El conspiranoico, entonces, sería una persona insegura que siente constantemente la amenaza de una serie de enemigos que la están persiguiendo, sobre todo si ese enemigo es una corporación o una serie de corporaciones cuyo interés sería aniquilar a la especie humana o dominarla.

Para el común de la sociedad, entonces, el conspiranoico cree que existe una red de conspiraciones imaginarias y que gobiernan el mundo. Por lo tanto, el epíteto “conspiranoico” resulta siendo la salvaguarda perfecta del sistema de gobernanza que impera sobre el mundo globalizado en la actualidad.

Hace algunos días una servidora veía la primera parte de la cuarta entrega de la saga de películas de ciencia ficción Matrix: Resurrecciones, a pesar de no haber visto ninguna de las tres entregas anteriores y aunque a esta altura de la historia difícilmente pueda uno encontrarse con un exponente de su generación que no tenga una vaga idea acerca de qué se trata el argumento de la saga.

Más o menos todos conocemos la historia general, pero en la cuarta entrega lo que llama particularmente la atención y más tomando en cuenta los mecanismos básicos de funcionamiento de la ingeniería del lenguaje —como, por ejemplo, la utilización del primado negativo— fue que se nos muestre cómo el poder logra, banalizando ciertas realidades, negarlas. Así, la realidad que se quiere ocultar se muestra, pero ridiculizada. Y de ese modo se la diluye y se le hace creer al público que de hecho es ficción, materia de los delirios de los “conspiranoicos”.

La imagen de la “conspiranoia” en su versión estadounidense: el activista de QAnon. Estos son en su mayoría militantes inorgánicos que apoyan la teoría de Donald Trump sobre la existencia de un Estado profundo, nada más que el mismísimo poder fáctico más allá del poder político legítimamente constituido. Pero como además del Estado profundo los activistas de QAnon denuncian la existencia de otros chanchullos como una red de pedofilia en los niveles dirigenciales de la política, se los ubica en el lugar del “conspiranoico” y la generalidad tiende a considerar que todos sus postulados son delirantes, aunque en realidad eso está muy lejos de ser así.

Entonces tenemos en esta película al protagonista, Neo. También está el señor Anderson, ahora devenido en empresario del entretenimiento o, mejor dicho, en diseñador de contenido digital, más específicamente de juegos de video. No se informa cómo ni en qué momento llegó ahí, pero tenemos a un Neo otra vez conectado a la Matrix, vivito y coleando, aunque más entrado en años. Al parecer sobrevivió a las aventuras de la última película, Revoluciones, y está otra vez metido en esa duermevela de ficción que la Matrix reproduce en las mentes de los pobres cristianos.

Y en ese contexto se nos informa que este señor Anderson ha escrito el guion de una saga de videojuegos llamada Matrix, que se vendió en tres entregas y que narra la historia de un tal Neo y su chica, Trinity, el viejo Morfeo y los agentes Smith que los persiguen con tiros, líos y el propio infierno, si gusta.

Así que ahí está: la cola del Diablo. Lo que nos muestra la película es cómo a través del recurso al primado negativo se manifiesta esa estrategia que a menudo el poder utiliza y que consiste en ocultar a partir de la muestra. Aquello que se quiere esconder se lo coloca a la vista de todos, como en aquel viejo cuento de Edgar Allan Poe, La carta robada.

A menudo aquello que se pretende ocultar está muy a la vista y resulta tan evidente que parece que no estuviera porque al formar parte del paisaje superficial nadie parecería reparar en ello. En el cuento de Poe, la carta había estado durante toda la acción arriba de la chimenea, pero nadie se había dignado buscar arriba de la chimenea porque a nadie se le ocurrió la posibilidad de que algo que había sido robado y se suponía celosamente oculto iba a estar a la vista de todos.


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