Algo raro pasa: contra todos los pronósticos, las grandes corporaciones del capitalismo mundial se niegan a renunciar a la militancia activa de los postulados de la agenda dicha progresista, a pesar del rechazo que la ideología globalista ha demostrado generar en los consumidores a lo largo y a lo ancho del planeta. ¿Será un rasgo de mera decadencia o existirá una racionalidad que escapa al ojo del simple mortal?
Es un sinsentido impropio de todo buen negocio: nadie intenta vender un producto que a priori sabe que nadie le va a comprar. Y sin embargo, está sucediendo: este fenómeno puede observarse claramente en la industria del espectáculo, más específicamente en el cine.
Aunque los cultores de la agenda woke promueven la cancelación de producciones “que atrasan” por el rol en el que colocan a varones no deconstruidos, hembras voluptuosas, negros, chinos u homosexuales, los consumos menos “inclusivos” triunfan en taquilla, mientras que por hastío o por boicot se vienen a pique productos pensados para ser verdaderos tanques de la industria cinematográfica, rechazados en la práctica por un público cansado del contenido progresista.
Tal es el ejemplo de la seguidilla de reversiones de clásicos infantiles de Disney, cada uno menos exitoso que el anterior. En La Bella y la Bestia (2017) nos presentaron al primer personaje en cuestionarse la “heteronorma”. Mulán (2020) abunda en escenas de reivindicación de la “sororidad”, llegando al paroxismo de colocar a la antagonista a pelear en el bando de la heroína contra un verdadero enemigo en común, un varón.
Eso sí: el gracioso chiste de “no todos podemos ser acupunturistas, pero no teníamos que ser travestis como tu bisnieta” se omite de plano, en la era woke no se permiten las bromas sobre el colectivo LGBT.
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