Milei y la revolución de los feos

Sin cuidado de la praxis concreta o potencia del propio personaje artífice del movimiento, el mileísmo aparece como una revolución al desestabilizar y luego herir de muerte al viejo paradigma social y económico de la Argentina. Más allá de lo que haga Javier Milei de aquí en más o del destino que finalmente tenga como dirigente y como hombre, con la sola enunciación de sus ideas ha puesto en movimiento aquello que estaba estático y ahora ya no puede volver a detenerse. El juego ha cambiado y ahora le toca a la política argentina sacar las conclusiones del caso y aprender a jugar otra vez con reglas nuevas.
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Con motivo de compilarse para formar parte de una serie televisiva dedicada a recorrer la historia del rock and roll desde sus orígenes hasta la actualidad de ese momento, el canal musical de televisión VH1 realizó allí por 1995 alrededor de doscientas entrevistas a intérpretes, compositores, productores y otras personalidades asociadas con la industria de la música. En ese contexto, el legendario guitarrista y miembro fundador de la banda de rock británica The Who, Pete Townshend, se refirió a la irrupción del punk como movimiento contracultural a finales de la década de 1970, caracterizando a ese movimiento como una “revolución de los feos”.

De acuerdo con la percepción del veterano músico, la llegada del punk con su mensaje contestatario, su estética tétrica y su rebeldía frente a la industria musical establecida significó una auténtica “toma de la Bastilla”, según sus propias palabras. “Teníamos miedo de ver guillotinados en una plaza pública a los Beatles o los Rolling Stones”, afirmó Townshend, un poco entre risas y un poco genuinamente asustado ante un fenómeno cuya comprensión parecía escapársele.

De esa manera, sin saberlo, Townshend estaba dando en la tecla con una definición de los procesos revolucionarios tal y como los entiende la filosofía política, esto es, por sus efectos concretos o deseados más que por el contenido de sus postulados. ¿Y eso qué significa? Pues que existen revoluciones de derecha y de izquierda, nacionalistas o dependientes de poderes foráneos, oligárquicas o populares, liberales o comunistas, existe a lo largo de la historia una multiplicidad de periodos revolucionarios cuyas banderas no responden a una ideología en específico, pero todos ellos poseen por definición un único denominador común: ponen en cuestión el paradigma vigente.

Ilustración caracterizando a Pete Townshend, el roquero punk que descubrió para sí mismo el significado de la revolución haciéndola en su propio campo y sorprendiéndose de los resultados de su obra. Sin la necesidad de complicarla demasiado, Pete Townshend entendió en la práctica lo que es y cuáles son las consecuencias de un cambio brusco de paradigma.

Así, decimos que los sucesos de 1789 en Francia fueron una revolución porque a partir de su ocurrencia se modificó el sistema político y el paradigma social, económico y cultural de la Francia del siglo XIX, elevando a la burguesía al estatus de clase dominante y acabando con el orden feudal y teocrático que había imperado hasta el advenimiento de aquella revuelta. La revolución de 1917 en Rusia, por su parte, reemplazó un orden autocrático representado en la figura del zar por un gobierno socialista que habría de cristalizar en el surgimiento de la Unión Soviética, trastocando de manera visible no solo la organización política, social y la matriz económica del país sino también estableciendo estrictas modificaciones culturales, religiosas y éticas a la vida cotidiana de la sociedad rusa a través de un gobierno con mano de hierro dispuesto a subvertir por completo el orden vigente.

En el plano local, el peronismo se puede describir como revolucionario por el mismo motivo, porque en sus efectos prácticos logró subvertir el paradigma establecido y reemplazarlo por uno novedoso que puso en cuestión el paradigma anterior. Las consecuencias sociales, políticas, culturales y económicas del peronismo dejaron en septiembre de 1955, al momento de producirse el golpe de Estado que derrocó a Juan Domingo Perón, un país completamente distinto al que el Grupo de Oficiales Unidos (GOU) se había encontrado luego del golpe patriótico de 1943, entre cuyos impulsores se encontraba el propio Perón.

La democratización de la participación política con la clase obrera como actor predominante, la diversificación de la matriz productiva en favor de una industrialización por sustitución de importaciones y en detrimento del modelo agroexportador y sobre todo la exaltación de la justicia social como valor primordial en el ideario social son algunas de las transformaciones que el peronismo arrojó como efecto de su auténtica práctica revolucionaria.

La revolución rusa de Lenin, Stalin, Trotsky y un puñado de muchachos en 1917, ejemplo clásico de revolución en el sentido de cambio brusco de paradigma: a partir del triunfo de los bolcheviques en el Octubre Rojo la Rusia de los zares se transformó rápidamente en una sociedad industrial con enormes avances tecnológicos, sociales y filosóficos. Todo prácticamente de la noche a la mañana, que es lo propio de los revolucionarios.

De manera tal que no existe una definición específica de revolución desde el punto de vista del contenido programático de la misma. Las revoluciones pueden poseer innumerables rostros o modalidades y llevar adelante prácticas incluso opuestas las unas a las otras, pero en todos los casos son los efectos, en tanto que ponen en cuestión el paradigma actual, los que las definen y las distinguen.

Y en esa línea se puede entonces caracterizar en la actualidad a Javier Milei, el líder de la facción “libertaria” del liberalismo, anarco-capitalista o comoquiera que se le describa, como un revolucionario por lo menos en sus intenciones expresas. Más allá de las pataletas de los operadores mediáticos que consideran un elogio del personaje el caracterizarlo como revolucionario, partiendo del presupuesto erróneo de que toda revolución es “buena” y todo aquel que se califique de “revolucionario” resulta un auténtico prohombre destinado a aportar un beneficio a la humanidad, lo estrictamente cierto es que por primera vez desde el advenimiento del peronismo un dirigente político puede decir en nuestro país a viva voz y sin despeinarse que la justicia social es diabólica e injusta. Y eso, amigos, es revolucionario.

El libertarismo nos propone a quienes consideramos a la justicia social como finalidad última de la praxis política una suerte de “revolución de los feos” a la manera del punk para el viejo Pete Townshend. Pero no por el impacto herético que nos supone deja de resultar desde lo discursivo un auténtico desafío al paradigma actual, aquel que fuera inaugurado en la década de 1940 precisamente por el peronismo. Como se ve, no todas las revoluciones son buenas ni bellas ni tampoco tienen por finalidad instalar una forma de vida más elevada que la que encontraron al emerger. En ese sentido, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional constituyó, sin animarse a utilizar el término por las connotaciones negativas que le eran atribuidas en la época, un primer conato revolucionario (o contrarrevolucionario) posterior a 1955.


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