Los corifeos de la llamada “batalla cultural” aplauden la apoteosis del argentino Milei, presentándonos sus ideas (perdón por la hipérbole) como formidables armas contra el progresismo rampante. Pero lo cierto es que las ideas de Milei comparten las premisas del enemigo que supuestamente combaten, por lo que inevitablemente se convertirán después de provocar diversas escaramuzas más aspaventeras que eficaces, en levadura de su expansión.
Para demostrar que Milei comparte las premisas del enemigo vamos a elegir una cuestión en la que aparentemente defendemos la misma posición. En una entrevista reciente Milei se declaraba detractor del aborto porque, aunque profesa un “respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo”, considera que tal proyecto debe regirse por el “principio de no agresión” y como la ciencia demuestra que el ‘nasciturus’ tiene un ADN distinto al de la madre, aunque reconoce el “derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo”, no cree que tenga derecho a disponer de un organismo distinto, por mucho que crezca en su vientre.
Pero, más allá de que sus ADN sean diversos, entre la madre gestante y el niño que crece en su vientre existe una suerte de “unión hipostática” (utilizamos la expresión, por supuesto, en sentido figurado) que, manteniendo sus naturalezas plenamente diferenciadas, las torna dependientes entre sí, de un modo misterioso que excede las puras funciones orgánicas o metabólicas. El cientifismo, cuando se discute una cuestión de índole filosófica o doctrinal, resulta a la postre confundidor, bajo su apariencia clarificadora. Además, a la vez que se declara detractor del aborto, Milei se muestra dispuesto a convocar un plebiscito para determinar su estatuto legal (es decir, considera que las mayorías pueden declarar abolido el “principio de no agresión”) y también se muestra favorable, por ejemplo, a los vientres de alquiler. ¡Menuda empanada mental tiene el gachó!
Pero más allá de este zurriburri propio del cantamañanas integral, debemos fijarnos en ese argumento filosófico o doctrinal que constituye la piedra angular del pensamiento (perdón de nuevo por la hipérbole) de Milei. Nos referimos a ese “respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión”. Es decir, Milei defiende el concepto de “libertad negativa” al modo en que lo formuló, por ejemplo, Isaiah Berlin, como “ámbito en que un ser humano puede actuar sin ser obstaculizado por otros”, llevando a cabo su proyecto de vida.
Se trata en definitiva de la “libertad del querer” hegeliana, “determinada en sí y por sí” (irrestricta), una libertad que, fuera de ese principio de no agresión al prójimo (¡que sin embargo se puede declarar abolido mediante plebiscito!), no reconoce otra regla ni otro fin que ella misma. Pero, como señala su compatriota Leonardo Castellani, “la palabra libertad, si no se le añade para qué, es una palabra sin contenido y hoy día, por obra del liberalismo, la más asquerosamente ambigua que existe. (…) Es una bobada filosófica: la libertad no es propiamente un movimiento, sino un poder moverse solamente y en el moverse lo que importa es el Hacia Dónde”.
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