Se ha anunciado en estos días que la compañía farmacéutica AstraZeneca ha solicitado voluntariamente que su presunta vacuna contra el coronavirus se deje de comercializar en Europa. Para justificar esta petición, AstraZeneca ha argüido razones comerciales, en un esfuerzo por ocultar los procesos judiciales en que se halla inmersa. En España, la presunta vacuna de AstraZeneca había dejado de inyectarse mucho tiempo atrás, después de que se divulgaran numerosos episodios de trombosis entre quienes habían sido inoculados con ella.
La retirada del mejunje de AstraZeneca me ha recordado el aquelarre que me montó, allá por la primavera de 2021 Vicente Larraga, un científico fatuo que por entonces andaba fundiendo una millonada de dinero público en la mil veces anunciada vacuna del CSIC, que a la postre resultaría un fiasco. A este Larraga lo habían llamado del programa Hora 25, donde con prepotencia aseguró aquella noche que la vacuna de AstraZeneca era excelentísima y eficacísima, que la gente no debía albergar ningún recelo contra ella y que cualquier intento de arrojar sombras sobre sus virtudes era puro cuñadismo.
Concluida la entrevista con aquel nuevo oráculo de Delfos, me atreví a señalar, en un tono muy moderado y respetuoso, que si la gente guardaba prevenciones contra las inyecciones de AstraZeneca no era por “cuñadismo”, sino porque los propios Estados que las administraban se habían mostrado titubeantes, después de que algunos inyectados hubiesen sufrido percances isquémicos y cardiovasculares. Y me permití añadir que tal vez los efectos secundarios inesperados que muchos inyectados estaban sufriendo se debiesen a que la compañía AstraZeneca, en su carrera por obtener la vacuna, había abreviado indebidamente las etapas de experimentación clínica establecidas, más atenta quizás a las cotizaciones bursátiles que a los protocolos científicos.
Entonces el oráculo de Delfos apellidado Larraga, que además de soberbio era iracundo, llamó descompuesto y hecho una hiena al programa para vomitarme su odio en directo, señalándome ante la audiencia como un peligroso réprobo.
Poco tiempo después, las presuntas vacunas de AstraZeneca dejarían de inyectarse en España aunque tristemente se siguieron inyectando otras acaso más peligrosas que, además de anteponer las cotizaciones bursátiles a los protocolos científicos, empleaban la técnica del ARN mensajero, que durante más de treinta años ha probado sobradamente su ineficacia en vacunas contra las más variopintas enfermedades. Aquellas terapias génicas, como las grotescas mascarillas con las que nos obligaron a embozarnos sólo tenían una finalidad: enriquecer a sus fabricantes y a la casta política que nos oprime.
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