Por primera vez en mucho tiempo la importancia de un resultado electoral en los Estados Unidos es la suficiente como para impactar en el destino de la humanidad. Durante décadas, desde la crisis del petróleo y el advenimiento del neoliberalismo como proyecto político dominante del capitalismo en Occidente, se impuso un pacto hegemónico entre las clases dominantes del imperio en el sentido de no condicionar a las elecciones la orientación de la política exterior estadounidense. No hubo entonces alternativas entre los mal llamados demócratas y los republicanos al método de imponer a los tiros la voluntad de las corporaciones: sin importar cuál de los dos partidos dominantes ganara las elecciones en una coyuntura el método no variaba jamás y Washington se dedicó, en medio siglo, a representar los intereses de las élites globales sin cuidado del nombre propio y/o la afiliación formal del inquilino de la Casa Blanca.
De ahí la percepción muy difundida de que un gobierno yanqui siempre es malo para el resto del mundo, ya sea dicho gobierno del Partido Republicano o del Partido Demócrata. Desde Richard Nixon en adelante eso fue así y es posible que hayan sido el republicano Dwight Eisenhower y el demócrata John Kennedy, entre 1953 y 1961 el primero y entre 1961 y 1963 el segundo, las últimas expresiones de la política yanqui verdaderamente antagonistas en los términos propios de lo que en teoría son un demócrata y un republicano en la política imperial. Lyndon Jonhson fue el sustituto de Kennedy tras el asesinato de este y quedó enterrado en Vietnam, de modo que el pacto se ve más claramente a partir de Nixon. Es después de Nixon cuando los partidos del sistema pactan en el acuerdo que subsiste hasta los días de hoy y, en consecuencia, más allá de pequeñas diferencias en cuestiones de gestión de cabotaje, republicanos y demócratas empezaron a gobernar el mundo con un mismo libreto.
Todo eso se ve claramente, por ejemplo, en la locura guerrera iniciada tras la disolución del bloque socialista del Este por George Bush padre y luego continuada sin miramientos por sus sucesores sin excepción. Bill Clinton fue el carnicero de los Balcanes, George Bush hijo siguió el ejemplo de su padre en Irak y Afganistán y el autopercibido progresista a ultranza Barack Obama hizo lo propio en Libia. Bombardeos, golpes de Estado y sendos crímenes de lesa humanidad, allí donde los intereses de las corporaciones encontraban una amenaza el gobierno de los Estados Unidos ponía su poderío militar a la parrilla para resolver por la fuerza brutal de las armas cualquier diferencia. Desde George Bush padre hubo un abuso de la violencia imperial.
El abuso del método se explica básicamente por la ausencia de oposición. Al desintegrarse la Unión Soviética, los Estados Unidos quedaron solos en el concierto de las naciones como único gendarme mundial y por eso hicieron lo que les vino en ganas a las élites globales que desde el Estado profundo controlan los resortes de la política estadounidense. Sin importar el voto del contribuyente cada cuatro años, todos los presidentes yanquis abusaron de la fuerza sin cuestionarse ni reprocharse jamás —lógicamente— los unos a los otros por hacerlo. El aplastar a todos los díscolos de manera inconsulta respecto a las demás naciones estuvo fuera de la discusión política de los Estados Unidos y el resultado es el caos global hoy existente.
Pero se pusieron de pie potencias emergentes como Rusia, China e Irán, las que exigen otro trato. El orden geopolítico unipolar con los Estados Unidos en posición de hacer cualquier cosa más allá de la opinión de los demás se ha terminado y, en consecuencia, el pacto entre republicanos y demócratas está caduco. Y entonces aparece en la oferta electoral una opción que, si bien corre con el sello del Partido Republicano, no suscribe al pacto. Esa opción es Donald Trump, el dirigente que llegó en 2016 con una idea distinta y fue destituido en 2020 por ello. El Estado profundo jugó su mejor carta para quitar a Trump del camino y elevar a un Joe Biden que, siendo “demócrata” de raza, esto es, hijo sano “por izquierda” del pacto hegemónico, continuara con la imposición del mandato guerrero de las corporaciones.
Cuatro años pasaron y también pasó mucha agua debajo del puente, Rusia ya no quiere el orden unipolar y tampoco lo quieren las demás potencias emergentes. Todos exigen un nuevo ordenamiento que la clase dirigente de los Estados Unidos simplemente no está en condiciones de dar. Aferrada a su cultura de la Guerra Fría y sobre todo esclavizada por el Estado profundo, esa clase dirigente no sabe hacer otra cosa que imponer la voluntad de sus mandantes a los tiros. Pero eso es ya imposible porque los demás han dado sobradas muestras de que a los tiros los yanquis ya no se la van a llevar de arriba. Y eso es guerra, es necesariamente una guerra mundial. De no cambiar nada en la política estadounidense el mundo va directo a una guerra mundial que puede ser, además, nuclear.
Por eso el nacional-populista Trump, con una idea distinta a la del pacto hegemónico entre el Partido Demócrata y el Partido Republicano, puede ser el hombre de la paz. Si logra sortear la persecución judicial que el Estado profundo armó para impedir su retorno y llega elegible al 5 de noviembre, es probable que Trump gane las elecciones y sea otra vez presidente de los Estados Unidos para hacer aquello que viene anunciando: desmantelar la OTAN, esa verdadera organización terrorista, terminar con el circo en Ucrania y pactar con Rusia el nuevo orden geopolítico multipolar que los emergentes exigen.
Esa es la alternativa a la guerra que la humanidad tiene y que se resuelve en las elecciones del imperio, es la salida pactada a una situación que hoy por hoy es explosiva y puede abrir las puertas del apocalipsis. Trump es el único dirigente estadounidense hoy en condiciones de hacer la paz con Oriente en la construcción de un nuevo orden geopolítico para lo que queda del siglo XXI y las razones de ello las analizamos en esta 75ª. edición de nuestra Revista Hegemonía, observando la realidad desde el reverso de la trama como al atento lector le gusta y le sirve para saber realmente de qué se trata.
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