La entrañable transparencia

Pese a ser una obra cinematográfica que ya tiene sus 55 años, ‘Che!’ es una película obligada para quienes desean saber cómo se hace una revolución popular y, sobre todo, cómo la revolución fracasa al alejarse del pueblo. Sumado a las actuaciones estelares de Omar Sharif y Jack Palance, el trabajo del director Richard Fleischer constituye aquí un documento de enorme valor didáctico e histórico. Y también una película honesta y entretenida.
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Un revolucionario que supo triunfar mientras estuvo aferrado a sus propias convicciones y que luego, al abandonarlas, fracasó. Esa es la trama de Che! (Estados Unidos, 1969. 96 min.), una película que presenta a un genial Omar Sharif en el rol del guerrillero Ernesto “Che” Guevara y a Jack Palance con una actuación descollante representando a Fidel Castro. Sharif es claramente el protagonista, pero Palance se roba la escena con una caracterización que mimetiza perfectamente cada gesto del líder carismático cubano al detalle y emociona. Che! es sin duda una de las descripciones más honestas de la revolución cubana de 1959 pasando rápidamente por los momentos clave de dicha coyuntura desde la marcha triunfal iniciada en la Sierra Maestra, pasando por la crisis de los misiles de 1962 y culminando, ahora sí, con la debacle de un Guevara solo en Bolivia por su aversión a la política regular en el Estado.

A diferencia de otros films dedicados a la biografía de este personaje tan singular de la historia de América, Che! no empieza con la ya clásica y un tanto gastada descripción del viaje de Ernesto Guevara por el continente, sino que va directo al grano. Guevara (Omar Sharif) aparece ya en el punto de inflexión de la campaña revolucionaria en Cuba como un médico asmático al que le cuesta seguir el ritmo de las marchas mientras la columna liderada por Fidel Castro (Jack Palance) baja de Sierra Maestra rumbo a Santa Clara. Al principio, Guevara es tan solo el único médico que acompaña a los revolucionarios sin mucho que hacer para ayudar a los heridos después de cada escaramuza. Pero tras demostrar un arrojo inusual en combate tomando riesgos que ni los propios combatientes estaban dispuestos a asumir, Castro promueve a Guevara al rango de comandante y lo pone al mando de una de las columnas revolucionarias.

Omar Sharif y Jack Palance lograron en esta película interpretaciones descollantes de Ernesto Guevara y Fidel Castro, respectivamente. En el caso de Palance, esa interpretación presenta una mímesis de los gestos de Castro hasta el más mínimo detalle de sus ademanes. El film de por sí ya es muy bueno y nutritivo, pero las actuaciones de Sharif y Palance son galácticas.

La película describe dramáticamente el episodio de la toma del cuartel de La Plata como el momento determinante para el ascenso de Guevara al rango de liderazgo de la revolución. Momentos antes de iniciar la ofensiva contra el cuartel, Castro le ordena a Guevara que “mantenga sus manos limpias hasta que todo termine”, es decir, que no intervenga en la acción y se limite a estar allí para atender a los eventuales heridos en combate. Guevara parece estar dispuesto a cumplir la orden que le había sido impartida, hasta que los guerrilleros se quedan sin munición y deben arrojar una bomba molotov contra el cuartel. No obstante, el encargado de lanzarla recibe un disparo y deja caer la bomba ya encendida frente a Guevara, quien la toma del suelo y cumple el cometido de su compañero caído arrojándola contra el cuartel. Acto seguido, Guevara toma un fusil y se para frente al cuartel a esperar la salida de los soldados del gobierno para rendirlos.

El detalle es que los guerrilleros se habían quedado sin munición y el fusil con el que Guevara —solito, como una especie de Rambo criollo— rinde a sus enemigos probablemente habría sido inútil si, en vez de rendirse, los soldados de Batista hubieran decidido salir a los tiros. Pero eso no ocurre, todos salen con las manos en alto y entregando sus armas al pie de Guevara. Castro observa la acción y allí queda convencido de que aquel médico asmático tenía más talento para el combate que para suturar a los heridos. Asombrado por la hazaña, Castro se acerca entonces a Guevara y le dice: “Has desobedecido una orden directa. Gracias a Dios”. La historia real del combate de La Plata no registra ninguna bomba molotov ni la rendición por un solo hombre de todo el contingente enemigo, pero la escena funciona como un recurso para sintetizar quizá otros actos de bravura mediante los que Guevara ciertamente fue ganándose la confianza de Castro en el campo de batalla.

Carátula original de la película en su versión francesa, en la que puede verse buena parte del reparto y en la que puede leerse: “Pocos hombres hicieron historia, el ‘Che’ Guevara es uno de ellos”. Una descripción muy precisa de este protagonista de la historia en el siglo XX.

A partir de allí Guevara no solo pasa a ser el estratega militar de Castro y el cerebro detrás de la revolución, sino que empieza a liderar su propia columna de guerrilleros. Y también a educarlos en cómo se hace una buena revolución armada: “Escuchen con atención”, dice Guevara frente a quienes ahora eran sus subalternos. “La guerra de guerrillas es la guerra del pueblo, una lucha de masas. Llevar a cabo esta modalidad de guerra sin la ayuda de la población lleva inevitablemente al desastre. Debemos convencer al pobre campesino de que esta es su guerra, una guerra por la tierra y por la libertad. El campesino es como una flor silvestre en el bosque y la revolución es como una abeja. La una no puede existir ni prosperar sin la otra”. He aquí la descripción del pensamiento del primer Guevara aún no contaminado por el jacobinismo leninista y trotskista de los soviéticos, de un Guevara popular y estratégicamente consciente de la necesidad de una relación simbiótica entre los dirigentes revolucionarios y el pueblo.

Eso habrá de contrastar fuertemente con el último Guevara, con el que fue capturado y derrotado en Bolivia por encandilarse con el foquismo y perder de vista la simbiosis necesaria entre la flor silvestre y la abeja. Pero mucho lloverá hasta que eso ocurra. En el interín, Castro, Guevara y los demás guerrilleros irán de triunfo en triunfo hasta la toma de Santa Clara y la consiguiente capitulación de La Habana, pero siempre bajo el comando estratégico de Guevara que Castro expresaba carismáticamente. Eso es lo que la película sugiere explícitamente, que Guevara ponía las ideas tanto militares como discursivas y Castro aportaba el carisma para interpretarlas y transmitirlas. De acuerdo con esta narrativa, el advenimiento de Guevara es decisivo para el triunfo de la revolución porque su incorporación a las filas combatientes le aporta a Castro el elemento estratégico y discursivo del que Castro carecía.

En esta carátula en inglés, mucho más simplificada y sin el detalle del reparto, se escenifica la entrada triunfal de los revolucionarios a La Habana con Guevara y Castro siendo aclamados por la multitud. En la película, no obstante, se ve a un Guevara que huye de estas celebraciones y prefiere mantener un perfil bajo pese a que sus camaradas le insisten en que Castro lo necesita a su lado en ese momento.

Ese es desde luego un asunto muy polémico pues a modo de conclusión se atribuye a Guevara prácticamente todo lo que en el relato oficial constituye a Castro. Sea como fuere, resulta evidente que el éxito de la campaña se debe fundamentalmente a la habilidad de Guevara para involucrar al pueblo cubano en la lucha transformando la relación entre un puñado de guerrilleros y las mayorías populares en una cosa simbiótica. Lo que Guevara realmente aporta es la comprensión de que la revolución no iba a poder triunfar si no se metía en el corazón del pueblo cubano hasta percibirse por ese mismo pueblo como un instrumento de liberación. He ahí ese primer Guevara nacional-popular o “populista”, si se quiere, un dirigente político revolucionario dispuesto a articular los objetivos ideológicos con las demandas ya existentes entre las mayorías para implicar a estas en la lucha, hazaña que logra de manera rutilante. En la toma de Santa Clara se ve claramente al pueblo cubano haciendo la revolución codo a codo con los guerrilleros, haciendo propia la lucha.

Después de triunfar derrocando a Fulgencio Batista y de reemplazarlo con un gobierno revolucionario estable, Guevara le sugiere a Castro la idea de integrarse al bloque socialista liderado por la Unión Soviética ofreciéndole a Moscú el territorio cubano como base para la instalación de misiles nucleares. Eso ocurre, como se sabe, en el tercer año de una revolución que aún no estaba muy definida en lo que a lo ideológico se refiere. Guevara aboga por la integración al bloque soviético, siempre de acuerdo con la narrativa del film, con la sola finalidad de molestar a los yanquis, aunque este será el hecho decisivo para su salida de Cuba: la crisis de los misiles iba a resolverse entre el estadounidense John Kennedy y el soviético Nikita Jrushchov con la retirada de los misiles nucleares del territorio cubano. Guevara interpretará eso como una traición por parte del Kremlin y, muy ofendido, le comunicará a Castro su intención de irse de Cuba a encender nuevos focos revolucionarios por el mundo.

Momento crucial de la trama en el que, luego de haber triunfado con la revolución y en pleno proceso de estabilización de un nuevo gobierno en La Habana, Guevara le sugiere a Castro una alianza con los soviéticos para fortalecer la posición de Cuba frente a los Estados Unidos en el marco del mundo bipolar. Esa sugerencia habría de resultar en la crisis de los misiles de 1962 y en última instancia sería también decisiva para el propio Guevara: al retirar la URSS sus misiles de la isla, Guevara se sintió traicionado por los soviéticos y decidió poner en marcha su plan foquista en Bolivia.

Aquí nace el Guevara foquista, ya empapado de jacobinismo y olvidándose de la fórmula simbiótica que él mismo había introducido como premisa y hasta como principio. En la segunda mitad de la película Guevara ya está en Bolivia, país que consideraba estratégico como foco revolucionario por su ubicación geográfica central en el contexto sudamericano. Para Guevara, un foco revolucionario en Bolivia tendía a prender por todo el subcontinente como en la metáfora del incendio y allí va, pero ya sin la fe en sus propias convicciones. Guevara no intenta ganarse el corazón del pueblo boliviano, sino más bien trata de obligarlo a luchar dando por sentado un nivel de conciencia política que ese pueblo no tenía. Y así, saqueando los pueblos y maltratando a los campesinos, Guevara les habla del “enemigo” sin darse cuenta de que para ellos, los saqueados y los maltratados por la columna guerrillera a su paso, el enemigo eran justamente los guerrilleros.

Además de enajenar a las mayorías populares, Guevara desprecia y se pone en frente a los dirigentes del Partido Comunista de Bolivia tratándolos de burócratas sin experiencia revolucionaria. A diferencia de lo que había hecho en Cuba, Guevara quiere llevar a cabo una revolución sin un líder nacional, pretende retener para sí el liderazgo siendo extranjero. No había ningún Fidel Castro en Bolivia, claro está, pero el desprecio por el nativo habría de tener un costo altísimo pues los dirigentes comunistas bolivianos no solo dejaron de apoyar a Guevara y a sus guerrilleros, sino que actuaron en su contra cortando las líneas de suministro. La narrativa de Che! es inequívoca en la atribución de la derrota de Guevara en Bolivia al error de abandonar la estrategia que había sido exitosa en Cuba. El manual de la guerra de guerrillas escrito por el propio Guevara, irónicamente, será usado por el ejército enemigo para derrotarlo en el monte.

Panorama de La Higuera, el pequeño pueblo de la región de Santa Cruz, lugar donde Guevara fue capturado y ejecutado por el ejército boliviano y donde termina la aventura foquista. Pese a que en su momento Guevara cosechó el odio y el desprecio de los pobladores de la región, hoy allí se le rinde homenaje en comprensión de la importancia histórica de su paso por la zona.

Sobre el final, el director Richard Fleischer introduce la escena que será la síntesis de esa idea. Ya capturado y momentos antes de ser fusilado en La Higuera, Guevara entabla un diálogo con un oficial del ejército boliviano. Este hace ingresar al aula de la escuelita del pueblo donde Guevara estaba detenido a un paisano boliviano bien harapiento, al que provoca diciéndole que allí estaba el guerrillero que había venido a liberarlo. “¿Liberarme a mí de qué?”, le dice el pobre campesino. “A mí jamás nadie me preguntó qué quería (…) mis cabras ya no dan leche desde que llegaron Uds. metiendo miedo aquí”. Antes de retirarse, el paisano anónimo acusa tanto a Guevara como al oficial del ejército —aquí en representación del Estado— de ser ambos opresores suyos. Y allí queda expresada, sin ambages, la hipótesis central de Che!, a saberla, la de que ninguna revolución es posible si no representa la voluntad de las mayorías populares empezando por la averiguación de sus deseos, miedos, esperanzas y aspiraciones. Toda la película es una oda al antijacobinismo, es una crítica al mesianismo trotskista y a las minorías iluminadas de un modo general.

Por todo eso y fundamentalmente por su hipótesis central Che! es, además de una pieza cinematográfica honesta y muy bien lograda dentro de sus naturales limitaciones técnicas, un material esencial para la formación política. De un modo sencillo, la película explica con el ascenso y la caída de un solo personaje la importancia de la voluntad popular y de su correcta representación política, muestra los peligros del jacobinismo de quienes creen saber lo que el pueblo quiere en todo tiempo y lugar. Y también pone en evidencia la necesidad de un liderazgo nacional-popular como cara visible en la conducción del proceso. Se trata de una obra de arte y de un material didáctico a la vez, razón por la que esta Revista Hegemonía la evalúa con cuatro sobre cinco estrellas y se la recomienda al atento lector interesado en saber cómo se hace una revolución, pero fundamentalmente en saber cómo no se hace. Para la política, el conocimiento de la fórmula del éxito es tan importante como el de la fórmula del fracaso.


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