Alternativas del sistema

Frente a un proceso electoral tomado por la emoción y la pasión, el análisis de la realidad indica que todo el tremendismo es simulado para ocultar un pacto alrededor de un mismo proyecto político. Luis “Lula” da Silva y Flavio Bolsonaro se presentan como referentes de ideas diametralmente opuestas, aunque eso solo es cierto en el aspecto de los valores de comportamiento del progresismo y del conservadurismo. En términos de economía concreta y al igual que en Argentina el proyecto liberal está fijo y no puede modificarse en elecciones.
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Una primera vuelta sin demasiadas sorpresas en Brasil dio como resultado el que Luis “Lula” da Silva tendrá que someterse a un ballotage en el que va a enfrentarse a Flavio Bolsonaro, el hijo del expresidente que el propio “Lula” da Silva arrojó en prisión por lo que quedó definido entonces como un intento de golpe de Estado o más técnicamente una subversión del orden institucional. Y además, al haber sido derrotado por alrededor de dos puntos porcentuales en esa primera vuelta, “Lula” da Silva deberá obrar el milagro de revertir el resultado para reelegirse, cosa que nunca ocurrió en la historia de las elecciones en el gigante sudamericano: hasta aquí el candidato ganador en la primera vuelta siempre fue electo en esa instancia o confirmó el triunfo en el ballotage.

Pero claro, la observación política por encima de lo electoral revelará que la de “Lula” da Silva y este nuevo Bolsonaro también es una controversia en los límites del sistema. Aunque difieren en temas de ordenamiento social como la seguridad pública y en otros asuntos de moral sexual, religiosa y racial, tanto el lulismo como el bolsonarismo sostienen un proyecto político único en lo económico. Ese es el proyecto político liberal, el que hacia su interior tiene una vertiente de izquierda progresista y otra, lógicamente, de derecha conservadora. El carácter de progresista o conservador de estas vertientes se refiere únicamente a lo antes mentado, esto es, a todo lo que no tenga nada que ver con la economía. En la cuestión de pesos y centavos lo que hay en realidad es un consenso.

Podría quizá agregarse a la columna de disensos la orientación de la política exterior, aunque solo en un nivel muy superficial. Como se sabe, en Brasil la diplomacia está determinada por un Itamaraty que sigue una tradición histórica anglófila —y por lo tanto alineado hoy con el yanquisionismo— por encima de la voluntad de los gobiernos de turno. El Itamaraty es entonces un poder fáctico en sí mismo que descansa sobre el prestigio y la fuerza de un establishment de funcionarios diplomáticos de carrera a los que ningún presidente osa destituir. Está claro que con Bolsonaro el sionismo israelí avanza un casillero en detrimento del talmudismo neoyorkino que apoya a “Lula” da Silva, pero ese es básicamente todo el impacto que podría tener un triunfo de Flavio Bolsonaro en el ballotage.

Todo lo demás está predeterminado y no está en discusión, lo que sería una descripción muy similar a la del pacto hegemónico en Argentina, o una alternancia controlada y programada en el poder político sin que nada de eso modifique en absoluto el rumbo programático que está fijo. Con “Lula” da Silva o con Flavio Bolsonaro lo que habrá es la misma orientación liberal que viene siendo dominante en la política brasilera y que solamente fue desafiada por Getulio Vargas en la primera mitad del siglo pasado. Desde su independencia Brasil ha tenido un proyecto político liberal. Por momentos más o menos evidente, pero liberal al fin. La desigualdad estructural y las penurias de las mayorías populares, las que a veces se mitigan y nunca se curan, son la evidencia de ello.

La compulsa electoral, por lo tanto, no es un asunto de vida o muerte como la presentan los militantes de ambos bandos e incluso medios de difusión de Argentina como C5N. La cobertura que este canal talmúdico hizo de las elecciones en Brasil describe el proceso como un hecho trascendental para el futuro del continente. Esta es la narrativa que consumen algunos argentinos, los consumidores de C5N, pero la realidad indica que se trata de mucho menos que eso. Si Flavio Bolsonaro finalmente confirma su triunfo en el ballotage, habrá un desplazamiento a la derecha del discurso oficial sobre si un travesti es o no una mujer y sobre si está bien que la policía mate a los delincuentes. Y hasta ahí nomás. Todo lo que realmente importa en materia de política real tiende a quedar inalterado.

Esta es la magia de las elecciones, la de magnificar el nivel de dramaticidad de una dicotomía dada aun frente a la evidencia de que no lo es tanto. Las elecciones de este año en Brasil son, por lo tanto, una vista previa de lo que el sistema hará en 2027 en la Argentina para implicar a las mayorías otra vez en una pugna electoral en la que el establishment no permitirá el concurso de ningún candidato que represente los intereses de las mayorías populares por fuera del control de quienes realmente mandan. La diferencia entre “Lula” da Silva y Flavio Bolsonaro hoy es exactamente la misma que habrá entre un Javier Milei que trate de reelegirse y cualquier candidato que ese “peronismo” entre millones de comillas presente para intentar impedirlo.

La diferencia es un “derecho” simbólico más o menos, una tendencia más o menos acentuada hacia el asistencialismo social y un discurso algo más progresista o conservador. Nunca una ruptura con el sistema ni un desafío a los poderes que recolonizan el territorio, jamás nada disruptivo. El elector no vota al candidato que quiere, sino al candidato que hay. Y los candidatos que hay son los que resultan de una preselección en la que el principal elector es un poder fáctico que tiene corrompida la mitad de los dirigentes y amenazada o extorsionada a la otra mitad. Por más dramática que pueda presentarse en cada momento, una compulsa electoral sin representantes genuinos de la voluntad popular nunca es más que un juego de suma cero en el que todos son llamados a optar y a nadie se le permite elegir.

A revelar la maniobra de esta quimera que vulgar y convenientemente suele llamarse “democracia” y no es más que un sistema electoral amañado está dedicada esta nueva edición de Hegemonía, la 103ª. de una larga serie. Lo que pasa hoy en Brasil y se presenta como la panacea o el apocalipsis según quien resulte triunfante en las urnas es un adelanto de lo que tendrá lugar aquí dentro de un año y es, además, otro caso testigo de ese inmenso engaño que encierra la “democracia” sin poder popular efectivo.


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