Aprender de Irán

A partir del estallido del conflicto en el Golfo Pérsico, el que se parece cada vez más a una lucha final que resultará en un cambio de orden geopolítico, Irán aparece frente a los ojos de Occidente y de las colonias como un país fascinante, del que mucho puede aprenderse. La opacidad de los orientales empieza al fin a desvanecerse y surge en todos sus colores una diversidad cultural real, además de un mundo que para la percepción en estas latitudes es totalmente nuevo. Un mundo basado en premisas filosóficas de gran profundidad y en un nivel civilizatorio insospechado para muchos.
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Aunque rodeado de un halo de exotismo y misterio a nuestros ojos adoctrinados en la cosmovisión occidental, el pueblo iraní puede resultar apasionante como caso de estudio a quien se detenga a observarlo despojándose previamente de las anteojeras ideológicas, incluso cuando a muchos de nosotros la cultura iraní nos parecería tan similar a la nuestra como podría serlo la cultura en el planeta Marte. Ese pueblo-nación aguerrido y aparentemente invencible (si no en su armamento por lo menos en su espíritu) aparece en este tiempo como un ejemplo a seguir por parte de las naciones que, al igual que la nuestra, se encuentran reducidas a la condición semicolonial.

Y ello por una sencilla razón: es un pueblo que se demuestra soberano en la práctica como nosotros nos autopercibimos soberanos en el plano de las ideas, sin que esa soberanía se verifique en la realidad efectiva. Eso en el mejor de los casos, entre sujetos medianamente politizados en las ideas del nacionalismo o el nacional-justicialismo que sean capaces de citar la soberanía nacional como una prerrogativa propia de los pueblos. A la inmensa mayoría de los individuos en nuestra sociedad esos temas ni le interesan ni tan siquiera se detiene a considerarlos.

Pero en Oriente de un modo general y en Irán en lo particular la ecuación se invierte. Los iraníes no solo son políticamente activos, entendiendo a la política como sinónimo de la vida social, sino que a los iraníes nadie les dice qué hacer al interior de sus fronteras, cómo vivir su vida o gobernar su territorio y en ese sentido son mucho más libres de lo que somos aquí en Argentina, en los demás países occidentalizados y en Occidente en general. O bueno, puede que desde fuera intenten decirles cómo vivir, pero a ellos la opinión de terceros les importa un rábano.

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Todo el exotismo y el misterio alrededor de los iraníes es una cosa típica de la mirada occidental. Los iraníes son un pueblo-nación cuya civilización tiene miles de años, poseen una cultura riquísima y han tenido avances sociales, filosóficos y tecnológicos con los que Occidente ni siquiera sueña. Aquí lo exótico no es tal y más bien podría ser al revés: mirado de Oriente, el occidental en su locura es más exótico que un animal salvaje.

Claro que su libertad está moldeada por una ética religiosa tan fuertemente arraigada que se entrevera en todos los aspectos de la vida privada y pública, convirtiendo al pueblo-nación iraní en una unidad mucho más sólida de lo que en nuestro mejor momento los argentinos tan siquiera podemos soñar. En palabras del general Perón, Irán es un pueblo, mientras que los argentinos nos hemos rebajado a la condición de mera masa desorganizada.

En Oriente es tan íntima la relación entre la práctica religiosa y la vida cotidiana privada y pública —esto es, política— que resulta imposible distinguir a la una de la otra. La religiosidad moldea la praxis de un modo impensado en un Occidente que practica deliberadamente el relativismo moral devenido en libertinaje y el laicismo político que separa a la clase política del interés nacional. No es que en las sociedades orientales no existan las contradicciones internas, la oposición política o la diversidad de opiniones: lo que existe es una cosmovisión de fondo que no negocia los fundamentos básicos de lo que la comunidad considera bueno y malo para el individuo y para el conjunto.

Ahí radica su soberanía, precisamente, una que tiene por fundamento la fe inquebrantable en la trascendencia. Aquí no sucede lo mismo y ello es así porque en sociedades como la argentina la política es vista en la mayoría de los casos como un negocio y no como un deber o un compromiso asumido con Dios y con la patria, esto es, con los hijos e hijas de Dios. Una política que no se base en una fe profundamente arraigada —aunque sea fe en la patria, para aquellos que se avergüenzan o les dan pudor las teocracias— es más fácil de corromper y de anteponer su interés individual por sobre el bien común.

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Con el puño en alto y exigiendo justicia, los iraníes despiden a su líder carismático en las calles de Teherán. La relación entre la práctica religiosa y la vida cotidiana privada y pública resulta en una cohesión social de tipo comunitario que simplemente no existe en Occidente ni siquiera como concepto. Y eso habla de un nivel civilizatorio relativamente muy alto que existe en Irán en particular y en Oriente de un modo general.

Las imágenes de centenares de miles de ciudadanos con los puños en alto y en un grito de guerra, volcados a las calles de Teherán y de otras ciudades del país en reconocimiento de su líder supremo martirizado, resultan estremecedoras porque en ellas se ve claramente la magnitud de la fe sostenedora de un pueblo que en lugar de apichonarse o dividirse en momentos de tensión o de tragedia, se reúne y se prepara para la batalla: una batalla trascendente que puede determinar el destino de toda la humanidad de aquí en adelante. Alí Jameneí sabía que se avecinaba el ataque planeado por Israel y ejecutado en conjunto con los Estados Unidos, pero eligió morir junto con su familia para oficiar de amalgama que reuniese las voluntades de todos los musulmanes chiitas, iraníes y de otras nacionalidades.

Jameneí sabía que su martirio fortalecería a su pueblo, le insuflaría un hálito de vitalidad y voluntad de lucha renovada y que no sembraría el caos sino por el contrario, limaría las asperezas internas a la sociedad y reuniría a todos los iraníes para luchar contra el enemigo. Lo sabía porque conocía a su pueblo y decidió, sobre la base de ese reconocimiento, cumplir con su deber de hombre y de patriota e inmolarse por el bien de su patria, entregándose a las manos de Dios.

Una pregunta legítima que queda resonando al observar ese acto de sacrificio es la siguiente: ¿Cuántos de los líderes políticos y/o religiosos en Occidente de un modo general, en sus colonias en particular y en nuestro país en específico serían capaces de dar no solo la vida sino también la muerte en defensa de una causa nacional? El paralelo obvio con Jameneí es el propio Donald Trump, a quien a pesar de vérselo día tras día más desmejorado y a punto de estirar la pata, el miedo al propio escarnio público, al calabozo y posiblemente a la muerte (recordemos que ya fue víctima de un atentado contra su vida) parecerían haberlo arrastrado a cometer un acto criminal y terrorista tan obsceno e innecesario como la masacre nada menos que de ciento setenta niñas en una escuela al sur de Irán, metiéndose de lleno en una guerra que no le pertenece a él ni les incumbe a los estadounidenses como pueblo.


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