Caridad y libertad religiosa

Contrariamente a lo que suele suponerse desde la escala de valores del progresismo posmoderno, la libertad religiosa no implica un progreso social real. La predominancia de la religión católica es el fundamento para que exista la caridad necesaria en un mundo cada vez más descontrolado. La doctrina social del catolicismo, vilipendiada y arrojada al olvido a lo largo de décadas por los ingenieros del caos, tiene las respuestas que la humanidad busca en este momento de desorden y confusión generalizados.
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Han sido admirables los discursos que el Papa León XIV nos ha regalado sobre la cuestión candente de la inmigración, aunque la consabida mezquindad de nuestra chusma gobernante haya querido llevar su agua límpida a cochambrosos y pestilentes molinos. Resulta evidente, para cualquier persona que no esté aturdida por la demogresca azuzada desde los distintos negociados ideológicos, que los discursos papales enuncian principios morales permanentes, pero no descienden a las aplicaciones concretas, que exigen arduos juicios prudenciales.

La doctrina social católica siempre ha reconocido el derecho a emigrar de todos los hombres, subsidiario del “derecho a un espacio vital familiar en su lugar de origen”, y el Papa León no ha hecho sino reiterar esa enseñanza cuando ha afirmado que “existe un derecho a buscar refugio, pero antes un derecho a permanecer en la propia casa”. Asimismo, el Papa ha recordado que la caridad cristiana no admite acepción de personas, pero ha reconocido que el deber de un Estado de proteger sus fronteras debe equilibrarse con la obligación moral de proporcionar refugios.

Todos estos principios los podemos hallar igualmente proclamados por León XIII o Pío XII. Sólo que cuando León XIII o Pío XII los proclamaban, se dirigían a un mundo en el que sobre todo emigraban los católicos (italianos e irlandeses, polacos y españoles) a países de mayoría protestante. Hoy, por el contrario, emigran hacia un país como España, que antaño fue católico y hogaño más bien apóstata, gentes de las más variopintas creencias religiosas.

Sin embargo, la circunstancia que hace hoy más difícil la aplicación prudencial de los principios permanentes que la Iglesia proclama no es la muy diversa fisonomía del fenómeno migratorio, sino el encaje de la llamada “libertad religiosa” en el mandato universal de caridad. Pues la caridad cristiana, que exige procurar comida al hambriento o brindar posada al peregrino, exige antes que nada convertir al hambriento y al peregrino en discípulos de Cristo, según el mandato expreso y reiterado de Jesús.

Pero la “libertad religiosa” hace muy problemático el cumplimiento de este mandato, dejando coja o demediada la caridad cristiana, que acaba dedicándose exclusivamente a las obras de misericordia corporales. Vemos así cómo un principio en origen impío (concebido para descristianizar melifluamente las sociedades cristianas) y después asumido tácticamente por la Iglesia (para que la fe católica no fuese perseguida en países donde no era mayoritaria) acaba haciendo imposible la realización plena del mandato universal de caridad.

Y la realización que no es plena se convierte en parodia de ese mandato, en horrenda filantropía o solidaridad globalista que no es sino capitulación ante el pensamiento secular que busca una Iglesia útil para el mundo, pero incapaz de propiciar una auténtica integración. De ello es plenamente consciente Jesús, que siempre “integra” obras de misericordia corporales y espirituales, otorgando primacía a estas últimas.

Un ejemplo incontestable lo hallamos en la multiplicación de los panes, donde antes de dar de comer a las cinco mil personas congregadas, Jesús se compadece de ellas “porque andaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6, 34). El alimento fue el sustento para un discipulado previo, no un servicio de comedor social para desconocidos de paso. Y cuando la muchedumbre le busca al día siguiente solo por el pan, Jesús les recrimina: “Me buscáis… porque comisteis el pan y os saciásteis. Trabajad por el alimento que perdura para la vida eterna” (In 6. 26-27).

Cristo rechaza explícitamente ser convertido en un mero proveedor de bienestar material: su caridad siempre apunta a la conversión. Siempre es la fe de los tullidos y los leprosos la que propicia la acción milagrosa de Jesús. Cuando la mujer fenicia de Siria, que es pagana, ruega a Jesús que obre el milagro de expulsar los demonios de su hija, Jesús le responde sin ambages: “Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos” (Mc 7. 27).

Es decir, Jesús le recuerda que existe un ordo amoris que lo obliga a atender primero a las gentes de su pueblo que reconocen a Dios. Y entonces la fenicia le responde admirablemente: “Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”. Y Cristo la atiende entonces en su petición, sanando a su hija, pero lo hace tras constatar en ella una fe personal que la “integra” en el ámbito de su gracia.


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