Después del batacazo soviético en los juegos olímpicos de Melbourne 1956 una nueva etapa del olimpismo se abría de cara al futuro: la etapa del traslado de la Guerra Fría en su totalidad a las pistas de atletismo, canchas, gimnasios y piletas de natación. Ya en su segunda participación olímpica la Unión Soviética había dejado a Occidente en shock al arrebatarles a los Estados Unidos el primer lugar del medallero, un hecho que la propaganda liberal debió disimular empleando una gran cantidad de recursos. Como se sabe, al haber establecido desde 1896 que los juegos olímpicos de la modernidad iban a servir como indicador idóneo del nivel de desarrollo económico, humano y social de los países que ganan más medallas y, sobre todo, medallas de oro, Occidente metió a su proyecto político en un brete del que las potencias occidentales tardarían unas cuatro décadas en encontrar la salida.
La hazaña de los soviéticos en Melbourne 1956 fue, en las propias categorías de Occidente, mucho más que un rutilante logro deportivo. Tan solo una década después de finalizada la II Guerra Mundial que devastó su territorio y diezmó su población cobrándose la vida de alrededor de 27 millones de los suyos, la Unión Soviética ya aparecía por encima de los Estados Unidos en la tabla general de medallas en su segundo intento —en el primero ya había logrado un extraordinario segundo puesto— y en la práctica lo que hacía era superar en el medallero a la superpotencia que no había tenido virtualmente ninguna destrucción pues la guerra se luchó en Europa, muy lejos de América. En esas condiciones tan desfavorables para Moscú y tan favorables para Washington, este mordía el polvo inesperadamente y se instalaban muy serias dudas sobre la superioridad cualitativa del proyecto político liberal, la que los Estados Unidos venían promocionando por el mundo como si de la verdad revelada se tratara.
Es necesario ponerse en el lugar de quienes vivieron el vértigo de aquellos años 1950 y 1960 para empezar a comprender qué significó la proeza de la URSS primero en Helsinki 1952 y luego en Melbourne 1956. Esos eran los tiempos del reordenamiento global posterior a la II Guerra Mundial con una Guerra Fría que se expresaba en todos los ámbitos: en lo militar, en lo científico, en lo tecnológico y, por supuesto, en lo deportivo. Los Estados Unidos a la cabeza del bloque occidental y la Unión Soviética liderando el bloque oriental se disputaban la hegemonía del mundo y la propaganda estaba a la orden del día. Imposibilitados de batirse en el campo de batalla convencional por el advenimiento de las armas nucleares, estadounidenses y soviéticos aprovechaban cada instancia para reafirmar ante la opinión pública global la superioridad de sus proyectos políticos. Y el resultado fue la gran efervescencia que caracteriza aquellos años.

Son los años de la carrera espacial, por ejemplo. El espacio exterior era la meta de ambas superpotencias emergentes, el llegar más lejos se había establecido como un criterio de superioridad tanto para el liberalismo de Occidente como para el socialismo de Oriente y así todos querían ser los primeros en orbitar la Tierra, en lanzar un satélite, en poner un ser vivo y luego un ser humano en órbita y finalmente en pisar la Luna, la frontera última de aquellos días. Todo eso con fines de propaganda. De manera análoga, el éxito en el deporte olímpico se convirtió también en una meta: finalizar en la cima del medallero en la instancia deportiva ecuménica, por encima de todos en el mundo, tenía implicaciones simbólicas que a las siguientes generaciones no les resulta fácil de comprender. En la carrera espacial como en los juegos olímpicos se libró una parte de la Guerra Fría entre 1952 y 1992.
Entonces el triunfo soviético en los juegos de Melbourne 1956 fue un hecho en cierto punto inesperado para Occidente y cayó como un terremoto en la geopolítica. ¿Cómo explicar que una nación devastada por la guerra y además con un proyecto político socialista que se presentaba en Occidente como moral y cualitativamente inferior superara a los Estados Unidos en el medallero de esos juegos olímpicos? No tenía sentido para el que se había intoxicado con la propaganda de Washington y sobre todo con la de Hollywood. Los soviéticos hacían eso en 1956 sin explicación y luego, al año siguiente, serían los primeros en poner en órbita un satélite artificial y un ser vivo. Esos fueron en octubre de 1957 el Sputnik y en noviembre la perrita Laika, que lamentablemente cayó en el cumplimiento de su misión y nunca retornó del espacio. También los soviéticos lograrían en 1959 un alunizaje con una sonda y hacer una fotografía del lado oculto de la Luna. Todo eso en los cuatro años de la olimpiada que va de Melbourne 1956 a Roma 1960.

Habría mucho más, por supuesto, habrían de venir Valentina Tereshkova y Yuri Gagarin, aunque antes los juegos olímpicos iban a llegar a Roma en 1960 y el mundo iba a saber si aquel desafío soviético a la hegemonía occidental planteado en Melbourne 1956 estaba instalado o si había sido un accidente de la historia. Para desgracia del liberalismo Occidental la primera hipótesis no solo iba a corroborarse, sino que además iba a agravarse la paliza. Con 43 medallas de oro, 29 de plata y 31 de bronce (103 en total), la Unión Soviética se instalaba en la cima del medallero de 1960 muy cómodamente, con una ventaja considerable sobre su rival ideológico. Los Estados Unidos volvían a un amargo segundo puesto con 34 medallas de oro, 21 de plata y 16 de bronce (71 en total). Los italianos hacían valer la localía para ubicarse en un excepcional tercer puesto con 13 de oro, 10 de plata y otras 13 de bronce (36 en total). Otra vez un triunfo inapelable del socialismo oriental llenaba de preguntas el cuerpo de quienes decían tener solo certezas absolutas.
Pero eso no es todo, porque el análisis de la performance del socialismo en los juegos de Roma 1960 debe seguir con la observación de las medallas cosechadas por los satélites soviéticos ubicados detrás de la llamada “cortina de hierro”, el bloque socialista de Oriente propiamente dicho. Descartado el Equipo Unificado Alemán que todavía aquí representa tanto al Este como al Oeste (esta situación precaria se mantendrá hasta Tokio 1964, dicho sea de paso), los socialistas iban a festejar también el séptimo puesto de Hungría (6 de oro, 8 de plata y 7 de bronce, 21 en total), el noveno lugar de Polonia (4 de oro, 6 de plata y 11 de bronce, 21 en total), el décimo de Checoslovaquia (3 de oro, 2 de plata y 3 de bronce, 8 en total) y el undécimo de Rumania (3 de oro, 1 de plata y 6 de bronce, 10 en total), además de razonables participaciones de Bulgaria y Yugoslavia, que terminaron en los puestos 15º. y 18º., respectivamente.

Todos esos eran pequeños países socialistas de los que se sabía muy poco y nada en Occidente, naciones por la que “nadie daba un peso” y que, no obstante, presentaban en Roma 1960 una performance mucho mejor que la de Canadá y de algunos ricachones de Europa occidental, muy beneficiados estos por el Plan Marshall de reconstrucción. ¿Cómo explicar esta súbita manifestación de la geopolítica desde la mitad oscura del mundo, o por lo menos oscura desde el punto de vista de Occidente y sus colonias? Los soviéticos hicieron en su momento un enorme alarde de estos resultados deportivos, argumentando —no sin razón, como habría de quedar demostrado— que el desarrollo humano y social en un proyecto político socialista puede ser superior en muchos aspectos al obtenido por un país con sistema liberal.
Los Estados Unidos se fueron de Roma 1960 muy heridos, quizá más aún que de Melbourne 1956 porque como un todo el bloque socialista del Este había hecho grandes progresos en lo deportivo de alto rendimiento y el futuro no se veía en perspectiva muy brillante para Washington en ese terreno de la Guerra Fría. Para Tokio 1964 iba a ser necesario un esfuerzo descomunal con la finalidad de evitar una tercera derrota al hilo a manos del socialismo oriental, cuyas consecuencias podrían ser nefastas para Occidente. Puede decirse que los yanquis pusieron como nunca “toda la carne al asador” en Tokio 1964 y, en efecto, recuperaron allí el primer puesto del medallero al final de los juegos, aunque desde luego ese triunfo iba a ser materia de una intensa polémica hasta los días de hoy.

Resulta que en Tokio 1964 los Estados Unidos finalizaron en el primer lugar de la tabla por el criterio oficial de más medallas de oro conquistadas y eso sería indiscutible si los propios estadounidenses no lo hubiesen puesto en duda muchos años más tarde, en los juegos de Beijing 2008, como veremos en posteriores capítulos de esta serie. En Tokio 1964 los Estados Unidos obtuvieron 36 medallas de oro, 26 de plata y 28 de bronce (90 en total), siendo escoltados en esa ocasión por la Unión Soviética con 30 medallas de oro, 31 de plata y 35 de bronce (96 en total y seis más que sus rivales, como se ve). Fue un triunfo ajustado de los yanquis, pero legítimo al fin porque para el Comité Olímpico Internacional el primer criterio de desempate siempre fue la cantidad de medallas de oro obtenidas, no el total de medallas de cualquier color.
Como en Roma 1960, la localía habló fuerte y el tercer puesto quedó para Japón con 16 de oro, 5 de plata y 8 de bronce (29 en total). El Equipo Alemán Unificado entre socialistas del Este y liberales del Oeste aparecería por última vez en los juegos finalizando en un muy buen cuarto puesto. A partir de México 1968, Alemania Occidental y Alemania Oriental iban a competir por separado, con gran ventaja general para estos últimos. Pero lo esencial de Tokio 1964 es la consolidación del progreso deportivo de los países del bloque socialista de Oriente en la órbita de la URSS: Hungría (6º.), Polonia (7º.), Checoslovaquia (9º.), Bulgaria (11º.), Rumania (14º.) y Yugoslavia (19º.) se instalaban definitivamente en el lugar de protagonistas y anunciaban que de allí en más ocuparían lugares cada vez más altos, máxime al incorporarse la Alemania Oriental al grupo. Y también aparecía Cuba con su novísima revolución y su muy reciente adhesión geopolítica al socialismo soviético. Con una solitaria medalla de plata los cubanos se ubicaban en 30º. puesto de la tabla e iniciaban el camino de ser una potencia olímpica.

En México 1968 los Estados Unidos jugarían más o menos de local y eso les iba a permitir obtener sobre los soviéticos un triunfo más tranquilo que el de Tokio 1964. Con 45 medallas de oro, 28 de plata y 34 de bronce (107 en total), los estadounidenses anunciaban una restauración del statu quo previo a los juegos de Berlín 1936 que finalmente no iba a corroborarse en el tiempo. La Unión Soviética con 29 medallas de oro, 32 de plata y 30 de bronce (91 en total) quedaba otra vez desplazada del primer puesto, aunque esto no iba a volver a ocurrir: descartando los juegos de Los Ángeles 1984, que fueron boicoteados por los soviéticos, la URSS no volvería a perder el primer lugar del medallero hasta Atlanta 1996, sencillamente porque para ese año el país ya había dejado de existir. Incluso después de su disolución y bajo el nombre de fantasía de Equipo Unificado, la URSS habría de imponerles a los estadounidenses una última derrota en Barcelona 1992, poniendo el punto final a una historia repleta de épica.
Además de marcar el fin práctico de la disputa entre los Estados Unidos y la Unión Soviética por la punta de la tabla, los juegos de México reportaron aún más progreso del bloque socialista. El cuarto puesto de una Hungría que ya se había convertido en potencia olímpica (10 medallas de oro, 10 de plata y 12 de bronce, un total de 32 en México 1968) y el quinto de Alemania Oriental (9 de oro, 9 de plata y 7 de bronce, 25 en total) se sumaron a las sensacionales performances de Checoslovaquia (7º. puesto), Polonia (11º.), Rumania (12º.), Yugoslavia (16º.) y Bulgaria (18º.), todos con entre dos y cinco campeones olímpicos en esta edición, anunciaban de cara al mundo que la hegemonía de Occidente en el deporte de alto rendimiento había terminado. De aquí en más se abre un periodo de dos décadas entre Múnich 1972 y Barcelona 1992 en el que habrá una clara dominación olímpica del bloque socialista del Este liderado por la Unión Soviética, un hecho que a los Estados Unidos les costará aceptar y que motivará los famosos boicots de la década de los años 1980.

Como los juegos de Berlín 1936 habían marcado el ingreso de la geopolítica a los juegos olímpicos y los de Helsinki 1952 habían retomado ese movimiento, el que había quedado truncado por la II Guerra Mundial, Múnich 1972 va a inaugurar una etapa dramática en la que toda la inocencia se pierde en un mundo muy tecnológico, el mundo de las comunicaciones vía satélite, de la televisión a color y también de los misiles balísticos intercontinentales. Estos son los últimos 20 años de la Guerra Fría con las ediciones olímpicas con mayor dominación deportiva del bloque socialista del Este, la que se dio paradójicamente en el momento de su mayor debilidad política y en vísperas de la disolución del propio bloque. A partir de Múnich 1972 los socialistas liderados por la Unión Soviética lograrán resultados a priori inimaginables, desplazarán a los Estados Unidos al tercer puesto del medallero derrotándolos hasta en básquetbol y harán de Cuba una potencia olímpica, todo eso antes de la caída del Muro de Berlín, la disolución de la URSS y el mal llamado “fin de la historia” en 1991/1992.
Pero lo que ocurre a partir de Múnich 1972 será materia de las próximas entregas de esta serie sobre la geopolítica en el olimpismo. En las páginas de esta Revista Hegemonía el atento lector verá también la primera manifestación —en la forma de un atentado— del problema entre palestinos e israelíes en Medio Oriente y tendrá un retrato adelantado del mundo posterior a la crisis del petróleo y el advenimiento del neoliberalismo. La reconstrucción europea coincide con el fin del Estado de bienestar social y con el salto tecnológico que conducirá a la “Guerra de las Galaxias” de Ronald Reagan y, en última instancia, al mundo que tenemos hoy. Todo sintetizado y simbolizado en los juegos olímpicos, ese enorme escaparate donde la geopolítica exhibe sus logros y sus glorias, sus hazañas y proezas, pero también las miserias de un mundo que está en permanente ebullición, aunque por momentos parece calentarse más de lo habitual.
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