Con un nivel inaudito de tensión geopolítica entre los bloques rivales de la Guerra Fría y el reflote de la extorsión nuclear que iba a tener lugar al advenir Ronald Reagan en la presidencia de los Estados Unidos. Así iba a empezar la década de los años 1980, el tiempo de la generación nacida posteriormente a la II Guerra Mundial y que creció bajo la amenaza de la “nube de hongo”, tal como habría de describir la banda Queen en 1984 con Hammer to fall. Tal vez por simbolizar el tránsito entre una modernidad industrial con Estado de bienestar social y una posmodernidad líquida y neoliberal, los años 1980 son sin lugar a duda la década más emblemática del siglo XX, la más representada en la cultura popular de Occidente y de las colonias y la más recordada por quienes la transitaron. Esa década formidable iba a terminar con la caída del Muro de Berlín y el triunfo del bloque Occidental, aunque nada en sus primeros años invitaba a sospechar de dicho desenlace.
De hecho, todos los signos visibles de la política internacional indicaban que a principios de 1980 estaba en plena vigencia el empate hegemónico entre el liberalismo occidental y el socialismo oriental, quizá con una leve ventaja coyuntural para este último. En lo formal, mientras los soviéticos seguían bajo la conducción de un Leónidas Brézhnev que parecía incombustible, en los Estados Unidos aparecían señales inquietantes de cierta decadencia moral implícitas en la elección de Ronald Reagan, un actor de Hollywood, en las elecciones de 1980. Si bien es aceptable hoy que figuras de la farándula intervengan en la política, lo mismo no podría decirse de aquellos días, por lo que la elección de Reagan como 40º. presidente de los Estados Unidos constituyó un pequeño escándalo que fue leído en Moscú como una señal de debilidad en Occidente. Con la economía aún destrozada por la crisis del petróleo de 1973 y con un payaso en la presidencia, los Estados Unidos daban señales de claudicación frente a una Unión Soviética que parecía gozar de excelente salud.

Claro que todo eso es difícil de creer teniendo a la vista el “diario del lunes”, a sabiendas de todo lo que vino después. Brézhnev habría de fallecer en 1982, abriendo un proceso de sucesión que fue más bien una guerra intestina y que finalmente resultaría —después del breve Yuri Andrópov y del brevísimo Konstantín Chernenko— en la debacle de Mijaíl Gorbachov. Por otra parte, Reagan demostraría no ser ningún payaso, sino más bien un furioso anticomunista que con su “guerra de las galaxias”, la extorsión nuclear y una intensa actividad de espionaje iba a gobernar soberano hasta 1989. De haber podido presentarse por tercera vez como candidato en las elecciones de 1988, Reagan habría vuelto a ganar y la prueba de ello es que hizo triunfar ese año a su vicepresidente, George Bush. A los seis meses de asumir, Bush tuvo el privilegio de ver desde la Casa Blanca la caída del Muro de Berlín y más tarde también la disolución del bloque socialista del Este, aunque desde luego esa había sido la obra de Reagan.
Pero nada de eso podía preverse en 1980 y menos aún tras la catástrofe de los juegos olímpicos de Montreal 1976, en los que los Estados Unidos no solo fueron aplastados por la Unión Soviética en el medallero, sino además por una pequeñísima Alemania Oriental. Mientras Reagan se preparaba para ascender al trono y hacer de la “guerra de las galaxias” el símbolo de la extinción de su enemigo ideológico, existía en la opinión pública global la certeza de que el socialismo oriental había demostrado la superioridad de su proyecto político en el deporte de alto rendimiento y, en consecuencia, de que los Estados Unidos estaban destinados a sufrir terribles humillaciones a cada fin de ciclo olímpico. El medallero de Montreal 1976 señalaba un panorama oscuro para la propaganda ideológica del liberalismo occidental, una seguidilla segura de derrotas aplastantes que ciertamente serían presentadas por los soviéticos como una evidencia más de la inviabilidad del capitalismo liberal de Occidente.

Entonces los Estados Unidos no podían presentarse a competir en la edición de los juegos olímpicos inmediatamente posterior a Montreal 1976 y no se presentaron, en efecto, máxime sabiendo que esa edición olímpica tendría lugar precisamente en Moscú. La cuenta era simple: si los estadounidenses habían sido humillados y aplastados jugando prácticamente de locales en Montreal, no estaba difícil proyectar una paliza aún peor cuando la sede de los juegos se trasladase al corazón del territorio enemigo. Los juegos de Moscú 1980 fueron pensados por los soviéticos como la instancia de gloria total del socialismo oriental, como una competencia en la que la Unión Soviética y sus países satélite iban a “robarse” todas las medallas posibles desplazando a los Estados Unidos del tercer puesto en el medallero y quizá algo más que eso también. Y eso habría sido letal para la narrativa según la que el liberalismo occidental es un proyecto político cualitativamente superior al socialismo oriental, tal vez una bomba atómica propagandística aún más potente que la conquista del espacio por el satélite Sputnik, la perra Laika y el cosmonauta Gagarin.
Había en Moscú 1980 una verdadera trampa cazayanquis y los yanquis, que eran un poco menos bobos que ahora, no iban a caer en ella. Los Estados Unidos tendrían que sacrificar su registro perfecto de participaciones en los juegos olímpicos de la modernidad desde 1896 dando el faltazo en 1980 e iban a encontrar el pretexto ideal para hacerlo en la invasión soviética de Afganistán, la que tuvo lugar en los últimos días de 1979 en el marco de un golpe de Estado que había iniciado en Kabul una guerra civil. Aduciendo hipócritamente su repudio a esa invasión —los Estados Unidos difícilmente podían repudiar una invasión territorial, puesto que ninguna potencia invadió más territorios soberanos a lo largo de todo el siglo XX que los Estados Unidos—, Washington anunció el boicot a los juegos olímpicos de Moscú 1980. El “demócrata” Jimmy Carter diría que, de participar de los juegos de Moscú 1980, los Estados Unidos habrían aprobado la política exterior de la Unión Soviética y presionó para que el Comité Olímpico Internacional (COI) cambiara la sede, cosa que en esas circunstancias era imposible.

Lo que Carter quería era faltar para poner en pausa el arrollador avance del proyecto olímpico de los países socialistas y evitar una humillación que habría sido nefasta para su propaganda liberal. El boicot fue la excusa y fue también una demostración de fuerza de la hegemonía estadounidense: casi 70 países se sumaron a la “protesta” de Washington (incluyendo Argentina y Chile, naciones invadidas entonces por dictaduras del Plan Cóndor), esto es, aproximadamente la mitad de los países independientes que había por esos días. El efecto inmediato fue un vaciamiento de los juegos de Moscú 1980 y un acto hostil que los soviéticos recibieron como una agresión simbólica, aunque el fin siempre estuvo muy claro: los Estados Unidos no estaban en condiciones de participar en la edición olímpica de 1980 sin que esa participación fuera finalmente catastrófica para su política exterior en términos ideológicos y propagandísticos, fundamentalmente.
Con los Estados Unidos y parte de las demás potencias olímpicas alejadas de la competencia, el medallero de Moscú 1980 fue anecdótico como lo sería, cuatro años más tarde, el de Los Ángeles 1984 y por las mismas razones. La Unión Soviética evidentemente arrasó en todos los deportes y finalizó en un abundante primer puesto con 80 medallas de oro, 69 de plata y 46 de bronce (total de 195), seguida lógicamente por Alemania Oriental (47 de oro, 37 de plata y 42 de bronce, total de 126), Bulgaria (8 de oro, 16 de plata y 17 de bronce, total de 41) y Cuba (8 de oro, 7 de plata y 5 de bronce, total de 20). Italia, Francia, Gran Bretaña y Australia, entre otras naciones occidentales menores, desafiaron el boicot a medias y se presentaron con algunos deportistas bajo la bandera neutral del olimpismo, lo que les alcanzó a esos cuatro países para unos modestos 5º., 8º., 9º. y 15º. puestos, respectivamente. Casi todas las demás posiciones en la cima del medallero fueron ocupadas por naciones del bloque socialista de Oriente como Hungría, Rumania, Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia.

En Moscú 1980 se realizaron entonces, prácticamente, los juegos del bloque socialista de Oriente. Pero el olimpismo de la modernidad es un reflejo de la geopolítica, el COI quedó comprometido a asignarles a los Estados Unidos la siguiente edición de los juegos y esta iba a realizarse, en consecuencia, en Los Ángeles 1984. Los soviéticos habían quedado lógicamente “con la sangre en el ojo” e iban finalmente a cooperar con la estrategia estadounidense de no enfrentamiento olímpico boicoteando esos juegos olímpicos junto a buena parte de sus socios orientales. Así, además de la propia Unión Soviética, iban a dar el faltazo en Los Ángeles 1984 casi todas las naciones de la “cortina de hierro” (salvo Yugoslavia y Rumania, que ya venían llevándose bastante mal con los soviéticos), algunos socialistas de Asia como Vietnam, Mongolia, Laos y Corea del Norte (con la excepción de China, que por ese entonces simulaba tener buenas relaciones con los Estados Unidos para que Washington no viera venir su avance silencioso), Cuba en América y los satélites soviéticos en África como Angola y Etiopia. Irán, Libia y el Alto Volta, actual Burkina Faso, también se sumaron al boicot soviético, aunque por razones particulares de enemistad propia respecto al liberalismo occidental.
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