Citius, altius, fortius (parte XI)

Dejado atrás el oprobio de Atlanta 1996 y el fraude cometido por el Comité Olímpico Internacional con la venta de la sede de los juegos olímpicos del centenario a los yanquis tras la caída del bloque socialista en el Este, el “fin de la historia” vaticinado por Francis Fukuyama se manifestaba en la realización de los dos únicos ciclos olímpicos despolitizados desde Berlín 1936. En dos ediciones sucesivas, Sídney 2000 y Atenas 2004, finalmente los Estados Unidos parecían cristalizar una supremacía que no habían podido demostrar desde el florecimiento del proyecto olímpico de la Unión Soviética en Helsinki 1952. Pero un nubarrón se asomaba en el horizonte: la populosa y disciplinada China aparecía con ganas de suceder a los soviéticos en eso de disputarles la hegemonía deportiva y geopolítica a los Estados Unidos.
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La continuación de la saga olímpica posterior al fin de la Guerra Fría habría de tener algunos capítulos insulsos antes de que el deporte olímpico de alto rendimiento volviera a ser utilizado como instrumento de propaganda ideológica en el concierto de las naciones. Esos capítulos fueron dos, el primero con la realización de los juegos de Sídney 2000 y el segundo con los de Atenas 2004. En pleno “fin de la historia” anunciado por Francis Fukuyama y con los Estados Unidos sin rivales a la altura que desafiaran su hegemonía unipolar cristalizada después de la disolución de la Unión Soviética y de todo el bloque socialista en el Este, durante dos olimpiadas a partir del cierre del ciclo en Atlanta 1996 hubo realmente muy poco para destacar en términos de rosca ideológica alrededor de las canchas, de las piletas de natación y las pistas de atletismo.

El más insulso de esos capítulos es sin dudas el de Sídney 2000, justamente la última edición olímpica del siglo XX. De un modo algo melancólico, aunque deportivamente brillante, los juegos llegaban por segunda vez a Australia, esa extraña y lejana nación cuyo territorio es demasiado grande para contener a una población muy escasa y el nivel de riqueza de ninguna manera se corresponde con el de una posesión semicolonial. Australia es eso, sin embargo, en la práctica, un país económicamente independiente que, al igual que Canadá, nunca ha terminado de cortar los lazos con la corona británica. Así y todo, con una población de tan solo unos 27 millones de habitantes sobrealimentados, Australia exporta anualmente solo en mineral de hierro, oro, carbón, litio, níquel y cobre casi 350 mil millones de dólares estadounidenses al año, más que todo el PBI de Argentina.

Además de una puesta en escena majestuosa en una ciudad escénica como pocas en el mundo, los juegos olímpicos de Sídney 2000 fueron un éxito en lo deportivo, en lo comercial y en la asistencia de público. Lo único que no tuvo esa edición fue significancia política ni ideológica. En pleno “fin de la historia” de Francis Fukuyama y al igual que los de Atenas 2004, estos juegos ocurren después de la disolución total del bloque socialista en el Este y antes de la sublevación geopolítica de Rusia y China, esto es, en pleno auge de la hegemonía unipolar estadounidense.
Además de una puesta en escena majestuosa en una ciudad escénica como pocas en el mundo, los juegos olímpicos de Sídney 2000 fueron un éxito en lo deportivo, en lo comercial y en la asistencia de público. Lo único que no tuvo esa edición fue significancia política ni ideológica. En pleno “fin de la historia” de Francis Fukuyama y al igual que los de Atenas 2004, estos juegos ocurren después de la disolución total del bloque socialista en el Este y antes de la sublevación geopolítica de Rusia y China, esto es, en pleno auge de la hegemonía unipolar estadounidense.

Nadie descubrirá el agua tibia concluyendo que los australianos supieron hacer muy buen uso de las riquezas naturales de su inmenso territorio, el sexto más extenso del planeta siendo superado apenas por los de Rusia, Canadá, China, Estados Unidos y Brasil. Y que además tuvieron la capacidad de revertir los beneficios de sus exportaciones en calidad de vida para sus escasos habitantes. De hecho, Australia figura en la mayoría de las tablas como el sexto país con mejor estándar social en el mundo, detrás solamente de los cuatro nórdicos —Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia, en este orden— y de Suiza, que encabeza el ranking. Son logros rutilantes para un país que fue oficialmente una colonia hasta principios del siglo XX y cuya independencia política es un proceso que viene arrastrándose por décadas sin concretarse jamás del todo.

Nada de eso parecería molestar a los australianos, quienes siguen teniendo por jefe de Estado al rey de Inglaterra e incluso conservan en su política la figura colonial del gobernador general nombrado desde Londres. Si bien es cierto que manda más el primer ministro electo por un parlamento que a su vez surge del voto popular, no deja de ser algo curioso que la continuidad de esas formas coloniales sea tolerada por un pueblo-nación en pleno siglo XXI. Podría aducirse que el australiano es mayoritariamente, en un sentido étnico, un inglés o un europeo que nació en Oceanía y que por esa razón los lazos con la monarquía británica no se ven del todo antinaturales. Y en el fondo, bien mirada la cosa, lo que pasa en Australia es que con tanta riqueza para repartirse entre muy pocas cabezas nadie tiene demasiadas ganas de andar haciendo cambios sobre algo que funciona bien.

Será entonces una oda al colonialismo amigable en un sentido estricto, pues los australianos son verdaderos colonos o son inmigrantes europeos que llegaron allí a lo largo del siglo XX con la misma finalidad de hacer patria, aunque eso no es lo esencial. Lo más importante es que Australia pudo, a diferencia de otros países fundados también sobre un territorio muy rico, como es el caso de la Argentina o de Brasil, organizarse de una forma tal que esa riqueza beneficie a los suyos. He ahí la contradicción, pues Argentina y Brasil son países formalmente más soberanos e independientes, pero no defienden sus riquezas mejor que una Australia técnicamente semicolonial. Australia las defiende con fiereza y las utiliza en buena medida para hacer avanzar a su sociedad en varios aspectos.

Solamente con la minería Australia exporta unos 320 mil millones de dólares estadounidenses al año, más que todo el producto bruto interno de un país igualmente rico en recursos y más poblado como Argentina. Y además sabe revertir los beneficios de esa gestión en elevar los niveles de calidad de vida de su población. Esto, sumado a la propaganda ideológica realizada por los australianos en dos juegos olímpicos entre 1956 y 2000 hicieron de Australia un desiderátum para muchos en todo el mundo.
Solamente con la minería Australia exporta unos 350 mil millones de dólares estadounidenses al año, más que todo el producto bruto interno de un país igualmente rico en recursos y más poblado como Argentina. Y además sabe revertir los beneficios de esa gestión en elevar los niveles de calidad de vida de su población. Esto, sumado a la propaganda ideológica realizada por los australianos en dos juegos olímpicos entre 1956 y 2000 hicieron de Australia un desiderátum para muchos en todo el mundo.

Uno de esos aspectos es el deportivo. El atento lector con buena memoria recordará que en capítulos anteriores de esta serie, al hacer el recuento de las proezas olímpicas de los soviéticos en su segunda participación, en estas páginas estuvo la edición olímpica de Melbourne 1956, la primera vez que unos juegos olímpicos se realizaron fuera del eje de Europa occidental y los Estados Unidos. Eso dice mucho de la importancia que tenía Australia ya en esos años, pero informa además que para la década de los años 1950 los australianos ya comprendían aquello que Stalin aprendió de Hitler y es la utilidad de los juegos olímpicos para el discurso y la propaganda política. Proyectando un rol de cierto protagonismo al menos regional en la política internacional, pese a su escasa demografia y su aislamiento geográfico, Australia hizo en Melbourne 1956 la presentación de su proyecto político liberal semicolonial en los papeles, sí, pero con características bien australianas.

Y fue todo un éxito. A partir de Melbourne 1956 Australia entra a figurar en el mapa simbólico como aquello que fue diseñada para ser: una nación occidental más de primer mundo. Antes de eso la noción existente en la opinión pública mundial sobre los australianos era más o menos la de unos salvajes ganaderos remotamente ubicados en el fin del mundo. Esa visión siempre fue equivocada, por supuesto, pues si bien Australia tiene poco más de dos siglos de historia integral —tres menos que los cinco de nuestros países americanos— y fue en el comienzo una colonia penal a la que los ingleses enviaban a sus prostitutas, ladrones y demás delincuentes de poca monta con el fin de limpiar sus propias calles, ya a mediados del siglo XIX empieza a haber un importante conato de desarrollo nacional en ciertas partes del territorio australiano.

Melbourne 1956 pone a la vista de un Occidente eurocentrista el hecho de que los australianos no eran unos salvajes perdidos en Oceanía, sino una nación de europeos étnicos muy bien alimentados, educados, fornidos y además con una formidable aptitud para la actividad física. Naturalmente, al ser así, los australianos debían llegar a ser una potencia olímpica y en efecto empezaron a lograr ese objetivo en Melbourne 1956, donde jugando de locales hicieron una muy buena cosecha de medallas, finalizando en el tercer puesto del medallero solo por detrás de esas dos superpotencias que eran los Estados Unidos y la Unión Soviética. Allí empezaba el programa olímpico de Australia como potencia, el que tendría sus altibajos en lo sucesivo y se consolidaría 44 años más tarde, precisamente en Sídney 2000.

El afiche oficial de los juegos olímpicos de Sídney 2000: conceptual, bello y significativo tanto por el diseño explícito como por la silueta del aborigen oceánico al fondo, una obra muy a la altura de lo que fue finalmente ese evento. Y aquí se nota que la influencia estética de Barcelona 1992 no había muerto con el paréntesis forzado de Atlanta 1996.
El afiche oficial de los juegos olímpicos de Sídney 2000: conceptual, bello y significativo tanto por el diseño explícito como por la silueta del aborigen oceánico al fondo, una obra muy a la altura de lo que fue finalmente ese evento. Y aquí se nota que la influencia estética de Barcelona 1992 no había muerto con el paréntesis forzado de Atlanta 1996.

Al recibir por segunda vez la sede de los juegos olímpicos, privilegio que solo tuvieron en toda la historia los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Japón y Grecia, esta última por razones de fidelidad a la tradición más que por relevancia geopolítica y económica, Australia terminó de vender el pescado de su propaganda ideológica posicionándose como un verdadero desiderátum de nación para muchos en todo el mundo. Y también pudo consolidar en lo deportivo —cosa que les interesa mucho a los australianos, por cierto— como potencia olímpica en un selecto club de no más de diez naciones. Hoy por hoy, gracias a la aptitud física de los australianos, a la prosperidad económica de su país y al haber realizado dos ediciones de los juegos olímpicos, Australia va a todas partes como un protagonista del deporte en sus más variadas disciplinas.


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