Francis Fukuyama es un personaje que aparece muy frecuentemente en las páginas de esta Revista Hegemonía y no precisamente por haber sido el artífice de ningún logro político digno de figurar en los anales de la historia. Fukuyama es famoso en todo el mundo más bien por atrevido. Allá por los años 1990, tras la caída del Muro de Berlín y la descomposición de la Unión Soviética o del campo socialista en el Este como un todo, Fukuyama tuvo enorme proyección en los medios por haber dado una sentencia que se resume en tres palabras. Frente al inesperado triunfo por abandono del liberalismo occidental en la Guerra Fría, Fukuyama decretó el “fin de la historia”, esto es, declaró que las ideologías políticas habían muerto y que quedaba de allí en más solo el liberalismo como cosmovisión ordenadora del mundo.
Por eso nada más, por haber llegado a una conclusión apresurada que pocos años más tarde sería falsada, Fukuyama quedó identificado como un símbolo de aquella coyuntura. Claro que el propio Fukuyama habría de arrepentirse de lo que dijo, como Mauro Viale a manos de Alberto Samid. Al ver que desde Oriente empezaba a plantearse a principios de la segunda década de este siglo un nuevo desafío a la hegemonía liberal de Occidente, fundamentalmente con el resurgimiento bajo la conducción de Vladimir Putin de una Rusia ya no socialista, aunque igualmente iliberal, Fukuyama vio también que la historia no había terminado y que, en realidad, nunca termina. El triunfo del liberalismo occidental fue coyuntural y el imperio de su hegemonía fue efímero, duró lo mismo que un suspiro en términos de tiempo histórico.
Pero no solo de Rusia, sino también de China, vendría el cuestionamiento a la hegemonía liberal que Occidente estableció sobre los despojos de la Unión Soviética desde 1991 en adelante. Justo un año después de que Putin anunciara en la Conferencia de Seguridad de Múnich que Rusia estaba dispuesta a jugar otra vez en la geopolítica y mucho antes de que en efecto esa voluntad se manifestara en la reconquista de Crimea por parte de Moscú, China se dispuso a dar ante el mundo un examen para exponer el nivel de desarrollo alcanzado hasta allí por su proyecto político antiliberal. Ese examen fueron los juegos olímpicos de Beijing 2008, la cita ecuménica por antonomasia que el Partido Comunista chino propuso transformar en un espectáculo de organización, despliegue de tecnología y ostentación de un poder económico que en la cabeza de muchos no podía existir más allá de los límites de las potencias occidentales.

Eso fue precisamente lo que China quiso demostrar y demostró, en efecto, con la realización de los juegos de Beijing 2008. Al terminar esta edición olímpica, el mundo quedó maravillado con la capacidad de organización y con el nivel de desarrollo económico y social de esta que ya en esos días era una potencia global emergente, hechos hasta allí desconocidos por el promedio de la opinión pública en Occidente. Puede decirse entonces que después de cuatro ediciones —Barcelona 1992, Atlanta 1996, Sídney 2000 y Atenas 2004— en las que los juegos olímpicos tuvieron escasa o ninguna relevancia geopolítica más allá de ciertas pinceladas simbólicas, siempre muy aisladas, esporádicas y puntuales, en Beijing 2008 la tensión entre naciones o más bien entre los proyectos políticos de las naciones vuelve a adueñarse del olimpismo. La historia no había terminado.
En 2008 la opinión pública en Occidente y aquí en las colonias no sabía que China ya había alcanzado un nivel de desarrollo económico similar al de las potencias europeas combinadas y apenas inferior al de los Estados Unidos. Es necesario ponerse en el contexto de aquellos días para comprender la magnitud del shock de quienes esperaban ver una competencia deportiva en un pintoresco país subdesarrollado de Asia, una especie de Unión Soviética posmoderna, pero se encontraron con un show típico del llamado “primer mundo”. Hoy está todo a la vista y es fácil, casi dos décadas más tarde, comprender que el chino no es un pueblo-nación subdesarrollado ni mucho menos. En 2008, no obstante, lo que el mundo vio por televisión en los juegos de Beijing 2008 era una realidad que no se imaginaba.

He ahí lo que hemos visto a lo largo de toda esta serie de artículos dedicada a la observación del impacto de la política internacional en el olimpismo. Desde 1936 en adelante las clases dirigentes en todos los países tuvieron la conciencia de la importancia de los juegos olímpicos para la propaganda política de sus respectivos proyectos de país. Lo aprendieron de Hitler, quien en esa edición hizo de los juegos un enorme escaparate del proyecto nacionalsocialista y asombró entonces a un mundo aún no acostumbrado a ver la política mezclada con el deporte. Hitler los mezcló con excelentes resultados y después de él todos hicieron lo mismo, incluso los dirigentes chinos en 2008. Habiendo previsto invertir alrededor de 40 mil millones de dólares en la realización de sus juegos, Se estima que China gastó unos 60 mil millones para hacer el evento olímpico más caro de la historia.
Y no solo eso, sino que designó al mejor de los suyos a la organización para asegurar el éxito del evento. El ascenso de Xi Jinping al poder político en China tiene su punto de inflexión en la impecable realización de los juegos de Beijing 2008, pues al ser absolutamente exitoso en una verdadera prueba de fuego frente al escrutinio de la comunidad internacional Xi Jinping se hizo con las credenciales para aspirar al lugar de secretario general del Partido Comunista y naturalmente de líder indiscutido en China. Más allá de los pequeños contratiempos que son inevitables por ser inherentes a cualquier evento de concurrencia masiva, Xi Jinping hizo de Beijing 2008 los juegos olímpicos mejor organizados hasta ese momento, dando testimonio de su capacidad de gestión. Cuatro años después de concluir su hazaña olímpica, en noviembre de 2012, Xi Jinping accedió a la conducción del Partido Comunista de China y luego a la presidencia del país a principios de 2013.

Entonces Beijing 2008 vino a presentarse como la prueba irrefutable de que la historia no había terminado porque China estaba en condiciones de plantear el desafío a la hegemonía liberal de Occidente allí donde el éxito olímpico suele interpretarse como indicador del nivel de desarrollo de un país y de la calidad de su proyecto político. Pero el éxito no se limitó a la organización del evento, sino que también fue deportivo: por primera vez desde Barcelona 1992 los Estados Unidos iban a perder el liderazgo del medallero. Al igual que la Unión Soviética en su momento histórico, China volvía a plantar una bandera roja en lo más alto de la tabla de medallas en unos juegos olímpicos, aunque nada de eso habría de ser sin polémica.
En el medallero de Beijing 2008 aparece por lo tanto China con 48 medallas de oro, 22 de plata y 30 de bronce (redondos 100 en total), con los Estados Unidos devueltos al lugar de escolta después de 16 años al lograr 36 de oro, 39 de plata y 37 de bronce (112 en total). Y aquí empieza precisamente la polémica, que es una polémica artificial generada por los medios de difusión en Occidente para disimular la derrota estadounidense. Desde la primera edición olímpica de la modernidad en 1896 quedó establecido que el medallero se ordena por mayor cantidad de medallas de oro y que las de plata, las de bronce y los diplomas son criterios de desempate en el caso de que dos naciones obtengan la misma cantidad de medallas doradas. Esto siempre fue así y nunca a nadie se le ocurrió cuestionamiento alguno a las reglas del juego. Hasta que los Estados Unidos se vieron en la necesidad de subvertir el orden.
En la prensa estadounidense fue presentado un medallero final para Beijing 2008 en el que los Estados Unidos aparecían en la punta por el “criterio” inexistente de total de medallas. Sumándose las de oro, plata y bronce, los Estados Unidos habían obtenido 112 contra las 100 de China y ese dato falsificado fue utilizado para ocultarle a la opinión pública en Occidente el triunfo chino. Pero el Comité Olímpico Internacional (COI) suele ser riguroso con las estadísticas y difundió el medallero oficial consignando sin ambigüedades el orden correcto con China en el primer puesto con sus 48 doradas y los Estados Unidos en el segundo puesto con 36. No hubo duda y tampoco se trató de un resultado ajustado: en los registros oficiales, que son los que valen para la historia, China ganó en 2008 holgadamente por 12 medallas de oro sin cuidado de la narrativa adulterada del enemigo.

En el tercer puesto apareció Rusia, todavía montada sobre lo que quedaba del programa olímpico de la Unión Soviética y con tendencia a renovarse como potencia deportiva. Rusia obtuvo 24 medallas de oro, 13 de plata y 23 de bronce (60 en total), en una performance no del todo digna de su tradición olímpica, pero acorde al periodo de transición por el que pasaba el país en esos días. Del 4º. al 10º. puestos se ubicaron los sospechosos de siempre: Reino Unido, Alemania, Australia, Corea del Sur, Japón, Italia y Francia, todos con performances que si bien fueron buenas o un poco más que regulares asimismo no alcanzaban entonces ni alcanzarían hoy para meterse en la discusión entre las tres superpotencias. Por primera vez desde el fin de la Guerra Fría el orden olímpico quedaba establecido reflejando la tensión de las relaciones geopolíticas.
Las posteriores cuatro ediciones olímpicas hasta el presente habrían de demostrar que el triunfo de China en 2008 tuvo mucho que ver con el factor localía y que el proyecto olímpico chino no estaba todavía realmente listo para ocupar el lugar de privilegio que alguna vez fue de la Unión Soviética. Recién en París 2024, la última edición olímpica, el empate en 40 medallas de oro entre China y los Estados Unidos —con el primer puesto quedando ahora en manos de estos, legítimamente, por el criterio de mayor cantidad de medallas de plata, 44 contra 27— indica que probablemente ahora sí los chinos estén a la altura del desafío para dominar el olimpismo para lo que queda del siglo XXI, con la salvedad de que en París 2024 no participaron los rusos por la represalia artera del COI a la operación militar del Kremlin en Ucrania. La ausencia de Rusia no puede soslayarse y es probable que haya alterado el equilibro del medallero.

Los juegos de Beijing 2008 reivindicaron la tensión geopolítica en el deporte de alto rendimiento, pero el movimiento no habría de tener continuidad en el corto plazo. Ya el siguiente ciclo olímpico encontró su cierre en Londres 2012 con unos juegos despolitizados, insulsos desde el punto de vista de la expresión de la realidad mundial. Fieles a su estilo de aplicar la asepsia allí donde el contexto es desfavorable para cualquier otra cosa, los británicos hicieron de su tercera organización olímpica (habían sido privilegiados con la sede en 1908 y 1948, ubicándola siempre en su ciudad capital) un mero evento deportivo reprimiendo en lo posible cualquier expresión de rivalidad ideológica entre las superpotencias del momento. Los juegos olímpicos de Londres 2012 fueron eso mismo, una competencia limitada a las canchas, piletas y pistas de atletismo.
Y el medallero confirmó esa tendencia con una dominación muy clara de los Estados Unidos luego del susto en Beijing 2008. De Londres 2012 los yanquis se fueron reinstalados holgadamente en el trono con 46 medallas de oro, 28 de plata y 29 de bronce (103 en total), con los chinos ahora de vuelta a la posición de escolta con 38 medallas de oro, 31 de plata y 22 de bronce (total de 91). Los propios británicos mediaron aquí gracias al factor localía para que la performance de los gigantes fuera inferior a la obtenida cuatro años antes. Gran Bretaña se alzó con un sensacional tercer puesto de 29 medallas de oro, 17 de plata y 19 de bronce (impresionante 65 en total), relegando además a Rusia a un extraño cuarto puesto de muy modestas 24 medallas de oro, 26 de plata y 32 de oro (total de 82). Del 5º. al 10º. puestos se ubicaron Corea del Sur, Alemania, Francia, Italia, Hungría (al rescate de su tradición olímpica socialista) y Australia.

Los cubanos, a pesar de que ya para 2012 el deterioro de su economía había llegado al límite, arrebataron un increíble 16º. puesto para figurar en los libros de historia con otra hazaña absolutamente fuera de contexto. Con sus 5 medallas de oro, 3 de plata y 6 de bronce (total de 14), que con ser pocas son igualmente muchísimas tanto en la relación de medallas por habitante como respecto a la relevancia económica del país, Cuba ostentó otra vez y contra todo pronóstico el honor de ser el segundo país americano con más medallas olímpicas después de los Estados Unidos, superando a países del continente que son mucho más grandes y deberían ya por lógica ocupar ese lugar y, no obstante, no logran hacerlo como Brasil, Canadá y México.
Sin pena ni gloria pasaron los juegos de Londres 2012 anunciando que para el siguiente cierre olímpico la sede iba a llegar a Sudamérica por primera vez al tocarle en 2016 el honor a Río de Janeiro. Y aquí empezará a abrirse la etapa final de esta saga con dos ediciones geopolíticamente desabridas, la de Río de Janeiro 2016 y la de Tokio 2020/2021 hasta llegar a París 2024, donde finalmente todas las tensiones reprimidas van a estallar en unas olimpiadas repletas de polémica y que además serán todo un retrato de la época y del cambio de época. Tras esa enorme simulación de ingeniería social que resultó ser la pandemia del coronavirus y el surgimiento de un conato de guerra mundial en Oriente, en París 2024 habrá proscripciones, odio y un enorme despliegue de simbología que se merece por sí solo un análisis en profundidad. El atento lector que llegue al último capítulo de esta serie verá allí el síntoma inequívoco de la muerte de un orden internacional viejo y el nacimiento de un mundo nuevo.
Pero todo eso será el asunto de ese capítulo final, el 13º. de esta larga serie dedicada a analizar el impacto de la geopolítica en el deporte olímpico de alto rendimiento y el uso propagandístico que las naciones han hecho de estos eventos en casi un siglo desde 1936 para promocionar las bondades de sus proyectos políticos y disimular sus falencias. Ese dramático cierre estará en las páginas de la edición de abril de esta Revista Hegemonía también a modo de síntesis totalizadora de aquello que se presenta inocentemente como lo lúdico, que parecería ser deporte y es, en el fondo, como casi todo lo que existe en la actividad humana, profundamente político.
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