Nos advertía Chesterton que cuando alguien acompaña su argumentación de cifras es porque se dispone a deslizar una mentira. Y Mark Twain señalaba que existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas. Las cifras y las estadísticas, con su aura de asepsia científica, ofrecen siempre una fachada de respetabilidad, como si fueran verdades puras obtenidas en un laboratorio.
Pero lo cierto es que la inmensa mayoría de las cifras que nos ofrecen son falsas (pensemos, por ejemplo, en las cifras dispares que brindan cada vez que se celebra una manifestación los organizadores y la autoridad gubernativa) y en cuanto a las estadísticas, a nadie que no se chupe el dedo se le escapa que son herramientas concebidas para inducir o rectificar los hábitos y manipular las opiniones de las masas (pensemos, por ejemplo, en las “encuestas de intención de voto” que a cada poco publican los medios de cretinización de masas, siempre halagüeñas o incitadoras para el negociado ideológico al que están adscritos).
La función de estas cifras y estadísticas —“datos” que se nos ofrecen como indiscutibles, aunque sólo sean el producto de una manipulación interesada— no es otra sino distorsionar la realidad, respaldar ideas preconcebidas, facilitar ingenierías sociales y en definitiva, oscurecer la verdad de las cosas. En su clásico How to lie with statistics (1954), Darrell Huff desgranaba muy variadas técnicas de engaño con estadísticas, desde el empleo de “muestras de población” sesgadas (casi todos los sondeos demoscópicos emplean aviesamente esta técnica) al recurso de los gráficos distorsionados (manipulando escalas y proporciones), pasando por la manipulación de los “promedios”, el recurso de las extrapolaciones, etcétera.
No hace falta explicar que los demagogos siempre han sentido predilección por los “datos” estadísticos, pues han llegado a descubrir que pueden sostener sus gobiernos en un juego de ilusiones numéricas que les permiten divulgar las más variopintas falacias sin asumir responsabilidad alguna. No en vano Borges afirmaba que la democracia se había convertido en un “curioso abuso de la estadística”.
Esta capacidad de los “datos” para extender el reinado de la mentira se ha multiplicado en la llamada “era digital”, donde los algoritmos nos brindan cifras y estadísticas seleccionadas a conveniencia (cherry-picked) que las redes sociales se encargan de difundir “viralmente”. Así, los “datos” se han convertido en una nueva forma de culto totalitario, casi religioso. No sólo Google o Facebook tienen hambre de “datos”, no sólo las empresas que nos obligan a aceptar el uso de cookies cada vez que visitamos su página web se alimentan vorazmente de datos.
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