La búsqueda constante de respuestas a los problemas contemporáneos de la Argentina se ha convertido en una necesidad y en una prioridad para el pueblo, en una búsqueda que es impulsada tanto por el amor profundo a la patria como por la necesidad racional de entender las causas que han arrastrado al país a la actual situación y encontrar una vía posible hacia la recuperación definitiva. Los hijos de la patria no se rinden ante la adversidad al entender que el país es mucho más que una crisis severa que golpea y que la historia le ha puesto pruebas aún más difíciles al pueblo, aunque siempre con la posibilidad de renacer.
Está claro que las brevas aún no están maduras para la hora del pueblo, pero nunca es temprano ni tarde para alzar la palabra y empuñar la pluma, estas armas del pensamiento y la reflexión que contribuirán a la formación de la conciencia social y la comprensión crítica de la problemática actual de la sociedad, su relación con el poder y la trama del supuesto antagonismo irreconciliable entre sectores sociales y políticos en el escenario nacional, todo ello como preludio de la resistencia y de la lucha. Esta última narrativa debe ser impugnada desentrañando las causas subyacentes y las implicancias de estas tensiones y fracturas en el entramado colectivo. Que esta síntesis analítica, interpretativa y explicativa que se ofrece sirva como aporte para el acercamiento a lo antes expuesto.
El punto de inflexión que marcó el inicio de la historia argentina reciente fue la última dictadura cívico-militar. En ella, el control social se basó en la represión uniforme y sistemática, siendo sus principales mecanismos operativos el terrorismo de Estado, la censura y la propaganda, la vigilancia y la delación, la aplicación del principio de las fronteras ideológicas y la intervención en la educación. Al volver la democracia los instrumentos de control social sustentados en la fuerza bruta quedaron atrás y fueron reemplazados por mecanismos más sutiles tales como la hegemonía cultural y mediática, la desmovilización política, el control económico, la precarización laboral, la judicialización de la protesta, la cultura del consumo y del entretenimiento masivo, entre otros. Mecanismos que permitieron mantener un orden social funcional al poder sin necesidad de recurrir al nivel de violencia de la dictadura. En lugar de imponer el miedo con las armas se generó conformismo, fragmentación y desorientación con resultados similares en términos de disciplinamiento social.

Al hacer una mirada retrospectiva lo que se observa es cómo se ha ido agravando el estado de la sociedad argentina de manera creciente a lo largo de las últimas décadas de la etapa democrática. Este proceso se ha traducido en la pérdida o en el debilitamiento del pensamiento crítico, la apatía y la crisis de representación política, el deterioro de la cohesión y la confianza social, la distorsión y la perversión del sentido común, el desarraigo cultural y la colonización pedagógica. Aquí no se quiere realizar un desarrollo exhaustivo acerca de este preocupante diagnóstico pues excedería el propósito del presente trabajo, pero tampoco conviene dejar de enfatizar las graves consecuencias que ha ocasionado hasta hoy la implementación de dicho control social, el que ha desfigurado la esencia estructural del país.
Las consecuencias más graves y preocupantes de ese control social que hoy se cierne sobre el pueblo-nación son la polarización y la fragmentación de la sociedad. Sin cohesión social no habrá nación, sin nación la soberanía se perderá. Hoy está en juego la existencia misma de la Argentina como nación independiente y soberana. Por un lado, el pueblo está dividido en facciones con posturas y valores muy contrapuestos, inmersos en un ambiente de discrepancia y sospecha permanentes. Por otro lado, el tejido comunitario se encuentra gravemente debilitado y la conciencia compartida de pertenencia a un mismo pueblo está siendo relativizada y erosionada por una cultura posmoderna que favorece discursos globalistas, los que a su vez amenazan con disolver la nación.
Estos fenómenos sociológicos sin lugar a dudas tienen orígenes multicausales, aunque existe un marco estructural cuya influencia en la descomposición de nuestra sociedad es devastadora por su intensidad, su poder de penetración y su persistencia en el tiempo. Se trata de un factor clave en la presente tesis: la hegemonía cultural y mediática antes mencionada. Este predominio ha permitido consolidar un sistema en el que los medios masivos de comunicación, alineados con el poder real, han moldeado la opinión pública, eliminado el cuestionamiento, fijado la agenda de temas e invisibilizado otros. Han desinformado, desalentado la participación ciudadana y naturalizado el orden vigente. En resumen, han logrado distraer e inmovilizar a la sociedad. Y, no menos importante, dichos medios se han encargado de deslegitimar sistemáticamente toda visión alternativa vinculada a una propuesta de contenido nacional, popular y justicialista.

Así las cosas, es posible observar cómo, en una secuencia fatídica, el nivel de polarización y fragmentación social inducida por la hegemonía cultural y mediática ha terminado por herir de muerte a la política, la que hasta entonces había sido la única herramienta de transformación real. El pueblo argentino ha caído en la trampa del tribalismo político. La política ha dejado de ser un espacio de opinión y debate argumentativo para convertirse en una cuestión tribal, un asunto de identidad grupal, rígida y excluyente. La disidencia ya no se ve como un ejercicio legítimo del pensamiento crítico, sino como una amenaza directa a la cohesión del colectivo. En consecuencia, la respuesta violenta o despectiva ya no busca refutar argumentos, sino reforzar la lealtad tribal. El fuego cruzado de agravios irracionales ha sustituido al debate constructivo. El adversario ya no es visto como un oponente legítimo, sino como un enemigo demonizado al que hay que destruir. La patria ha dejado de ser una unidad común, para convertirse en el otro… sólo si pertenece a la tribu propia.
En estas condiciones se vuelve imposible reconocer puntos en común o alcanzar consensos en la esfera política. Es el auge del fanatismo ideológico, la sobreideologización, la radicalización, la cultura de la cancelación, el dogmatismo y la perpetuación de la polarización extrema y el odio. Es más, se llega a la exclusión de voces disidentes dentro del mismo grupo, razón por la que la ideología se ha convertido en un veneno puro. Se la adopta de manera dogmática: ha dejado de ser un marco interpretativo de la realidad basado en la convicción racional para transformarse en un círculo cerrado que aglutina a sus miembros por identificación visceral y grupal. La adhesión emocional al dogma, junto con la repetición de discursos impuestos por el entorno, ha eliminado todo espacio para la discusión coherente, revelando una estructura de pensamiento endeble y maleable. En definitiva, no es el pensamiento lo que guía la respuesta, sino el miedo a pensar.

Como rasgo psicológico, el individuo aprisionado en esta lógica tribal experimenta una disonancia cognitiva cuando se enfrenta a un argumento que desafía las creencias de su grupo. Las narrativas polarizadas chocan y, en lugar de reconsiderar su postura, su respuesta automática es atacar o negar, adoptando este mecanismo de defensa como una reacción instintiva ante la incomodidad de la duda.
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