El diablo de las armas

El pacifismo impostado y de ocasión se desvanece cuando aparecen las exigencias del complejo industrial militar-farmacéutico y los mismos que ayer militaban el desguace de los ejércitos hoy se apresuran a incrementar el gasto militar sin mayor debate, entregando el destino de Europa a los intereses de los fabricantes de armas. La advertencia de Eisenhower sobre ese complejo militar-industrial resuena con más fuerza que nunca: el poder político, falto de autoridad moral, recurre a la fuerza bruta como única herramienta de control. Pero ya no se trata de empuñar las armas, sino de financiarlas, transformando a los ciudadanos en esclavos fiscales de una guerra que no eligieron. Como explicaba Julio Camba, el negocio armamentístico crece con la amenaza y se multiplica con el conflicto. Entre discursos belicistas y promesas vacías de estabilidad, el destino de Europa parece escrito por quienes hacen de la guerra un negocio sin fin.
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Decía Cicerón que nadie es más opuesto a la guerra que un militar victorioso y nadie tan proclive como la comadre parlanchina y el libertino ocioso. Así se explica, por ejemplo, que el general Eisenhower, victorioso frente a las tropas del Tercer Reich en diversas campañas, fuese un presidente de los Estados Unidos mucho menos belicoso que sus antecesores Wilson, Roosevelt y Truman. Así se explica también el furor belicista de la patulea que rige los tristes destinos del pudridero europeo, donde las comadres parlanchinas y los libertinos ociosos manejan el cotarro.

Eisenhower, cuando tuvo que abandonar la Casa Blanca, puesto ya el pie en el estribo, pronunció un discurso de despedida alertando sobre los peligros del “complejo militar-industrial” es decir, de la colusión de intereses industriales y militares, fruto de la adquisición de influencias no controladas, que podrían conducir a abusos de poder (Eisenhower llegó a hablar de un “poder usurpado”). Prueba evidente de este “poder usurpado” nos la ofrece ahora el maniquí de la Moncloa, que se dispone a engordar salvajemente el gasto en armamento sin aprobación parlamentaria, un “poder usurpado” que, por supuesto, cobrará en libras de nuestra propia carne, mediante exacciones fiscales y recorte de gastos sociales (el maniquí de Moncloa ha asegurado solemnemente —risum teneatis— que tales recortes no se van a producir, pero luego cambiará de opinión y santas pascuas).

Impresiona sobremanera que sean comadres parlanchinas y libertinos ociosos quienes nos conduzcan a esta situación. Hasta hace cuatro días, eran todos unos pacifistas tremendos que abogaban incluso —como hacía nuestro maniquí de la Moncloa— por cepillarse el Ministerio de Defensa. Pero ya se sabe que siempre los pacifistas esconden en sus entretelas un belicista desorejado.

Al hombre pacífico le basta con que no haya guerras o con que estas no le toquen de cerca para vivir tranquilo. El pacifista, por el contrario, considera que la paz debe imponerse por las armas si es necesario. Para justificar su belicismo frenético, estos pacifistas tan tremendos invocan como excusa el “neoimperialismo” ruso, que al parecer pretende el condado de Treviño. Lo cierto es que los presupuestos militares de las colonias del pudridero europeo ya cuadriplican el presupuesto militar ruso: pero, paradójicamente, la juventud del pudridero europeo no está dispuesta a pegar un tiro ni por recomendación de Taylor Swift. ¿Qué hacemos entonces?

Enseñaba Pemán a los lectores de ABC que el belicismo es “la etapa última de aquella tremenda verdad de Donoso sobre la correlación de los dos termómetros: baja el termómetro religioso y sube el de la coacción política… ‘Todo se teologiza’ y se apoya en un respaldo religioso o todo se ‘militariza’ y se apoya en la coacción temporal”. Con la creciente invasión del laicismo, una ola de “militarización” invade todas las zonas de la realidad que antes, cuando el termómetro religioso se hallaba al alza, “se sostenían con ritos y unciones”.


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