El peligro de decir la verdad

En un año que promete ser ajetreado y a la vez decisivo tanto en el plano local como en la política grande de la geopolítica, los jugadores mueven sus fichas con un solo objetivo: el de apropiarse de la mayor cantidad posible de recursos, riquezas, territorio y su respectiva capacidad de producción de alimentos. Muchos argentinos ni lo sospechan, pero la Argentina está en el ojo de la tormenta por ser una joya codiciada por todos, sobre todo por las corporaciones. Y estas tienen a su representante bregando por hacerse del control total del país al que ya le adjudican simbólicamente la propiedad. Ese representante es Eduardo Elsztain y es urgente exponerlo al escrutinio de la sociedad.
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Al empezar un nuevo año, en el que La Batalla Cultural cumple su primera década de existencia, la Argentina y el mundo se encuentran en serias encrucijadas. En estas latitudes el problema es un nuevo gobierno que llega con la decisión de imponer la doctrina del shock muy en desmedro de los intereses colectivos del pueblo-nación, llevando hasta el límite de la tolerancia un ajuste fiscal que, según la receta ortodoxa del propio gobierno, es condición sine qua non para corregir las distorsiones económicas generadas en los últimos diez años, que fueron los de la década perdida y de la debacle nacional.

En el plano internacional parecerían precipitarse los tiempos y acelerarse la definición del tránsito entre el orden mundial unipolar hacia otra cosa, tal vez un sistema-mundo multipolar más parecido al que existió antes de la I Guerra Mundial a principios del siglo pasado. Las tensiones localizadas son innumerables y están por todas partes, aunque una de ellas parece ser la que finalmente va a hacer estallar esta bomba de tiempo: la crisis en Oriente Medio con la brutal invasión de Israel a Gaza, que puso en pie de guerra a medio mundo.

A primera vista podría parecer que se habla de cosas muy distintas entre el cabotaje y la geopolítica, la verdadera política, como decía el General Perón. Pero esa apreciación es ilusoria. Una observación más detallada de todo el escenario arrojará como resultado que el advenimiento de Javier Milei como presidente en Argentina está íntimamente relacionado, como una tensión localizada más, con el ruido de tambores de guerra que suenan en otras latitudes. Y si bien los argentinos hemos sido adiestrados a lo largo de los años para creer en nuestra propia insignificancia y desconexión relativa del concierto de las naciones, una segunda mirada demostrará que eso no es así.

En esta nueva edición de nuestra Revista Hegemonía, la 71ª. camino al sexto aniversario de esta publicación dedicada a la observación del reverso de la trama, el atento lector verá un análisis detallado de los símbolos explícitos e implícitos que permiten llegar a la conclusión de que la imposición de Milei como presidente —en una elección donde todos los demás candidatos fueron digitados con el fin de que Milei resultara electo— es un capítulo más de una estrategia global: la de las élites globales, interesadas estas en hacer el nuevo orden mundial naciente a su voluntad.

Dirímase o no la cuestión de quiénes van a tener la manija en el nuevo orden a los tiros, el problema económico es y seguirá siendo la constante en todo presupuesto, ya sea en el bloque occidental como en el oriental, tanto para los Estados Unidos y sus aliados como para China en su lucha sin cuartel por determinar dónde estará el centro del mundo para lo que queda de este siglo, por lo menos. Y si el problema económico es central, también central será una Argentina sentada sobre el octavo territorio más extenso y el sexto más rico del mundo. En una palabra, cuando las potencias se peleen entre sí el resultado se definirá a favor del que controle más recursos y la Argentina los tiene en sobreabundancia.

Las élites globales no pierden de vista esos ingentes recursos naturales, esa capacidad superlativa para producir alimentos y esa extensión territorial inmensa que la Argentina tiene. Todo eso va a ser decisivo tanto para el esfuerzo de guerra como para la reconstrucción posterior del mundo y, en consecuencia, todos quieren controlar los recursos del territorio y el propio territorio argentino a como dé lugar. La incomprensión de este hecho de la realidad conduce a una interpretación distorsionada del rol de nuestro país en todo este lío que es la geopolítica hoy.

Entonces es preciso comprender que entre los pueblos-nación del mundo el argentino es uno de los que está sentado sobre la caja, pero sobre una caja de dinero sino de riqueza real. El dinero lo tienen otros, pero los recursos, los combustibles, el agua, el espacio y el suelo para producir los alimentos sin los que países como China podrían colapsar en cuestión de semanas, la posición geográfica privilegiada los tiene la Argentina, esta joya que alguna vez fue de la corona española, luego pasó a pertenecer fácticamente a la corona británica y finalmente, en tiempos más recientes, al poder brutal de los estadounidenses tras la II Guerra Mundial.

Hoy la humanidad teme a las corporaciones, ese nuevo y omnipotente actor imperialista que parecería expandirse sin límites hasta señalar con la posibilidad de un gobierno global bajo su control. Son las corporaciones las que pretenden moldear a su gusto el nuevo orden mundial y son ellas las responsables por los trastornos de nuestra política de cabotaje y con un claro objetivo: dividir y conquistar, tener a los argentinos en un estado permanente de confusión y shock que facilite el saqueo de las riquezas del territorio sin mayor resistencia por parte de quienes hoy lo ocupamos.

Esas corporaciones tienen representantes de carne y hueso, hombres con nombre, apellido y cara a los que conviene ir exponiendo si lo que se quiere es preparar lo mejor posible la resistencia nacional contra el saqueo que aquí quieren llevar a cabo. Uno de esos representantes es Eduardo Elsztain, el “dueño de la Argentina” que tiene en su bolsillo al nuevo presidente y lo muestra, ostenta su poder mediante la pantomima de un culto religioso que por lo demás es extraño al pueblo-nación argentino.

Elsztain debe ser expuesto al escrutinio público y su estrategia debe ser revelada, analizada y combatida. A empezar a lograr lo primero se dedica esta 71ª. edición de nuestra Revista Hegemonía, la que esperamos sea de utilidad para que el atento lector esté un poco más atento a un peligro que quizá hasta este momento ni siquiera había registrado o, habiéndolo hecho, lo minimizó por no comprender su real magnitud. Eduardo Elsztain es el mascarón de proa del mal y conviene abrir el ojo sin más demora frente al discreto y escurridizo enemigo de los pueblos.

Es peligroso exponer al poderoso, aquí lo sabemos, decir la verdad siempre es un peligro para el que se atreve a decirla. Pero somos los herederos del General José de San Martín y tenemos la convicción de que cuando la patria está en peligro todo está permitido, excepto no defenderla. Allá vamos a combatir entonces, sin miedo al peligro y con mucha alegría.


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