El que avisa no amenaza (ni traiciona)

Ucrania le exigió a la OTAN el establecimiento de una zona de exclusión aérea para frenar los bombardeos rusos, pero eso no pudo ser. Al negarse a ayudar a los ucranianos, Occidente puso de manifiesto toda su impotencia frente a un enemigo nuclear al que no puede arrollar.
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Los medios de Occidente y los de las colonias en el subcontinente de América del Sur hicieron un escándalo y reforzaron la narrativa maniqueísta en la primera semana de marzo, cuando en plena campaña militar sobre Ucrania el líder ruso Vladimir Putin lanzó una advertencia al mundo: los países que intentaran imponer una zona de exclusión aérea en Ucrania serían puestos en la categoría de parte beligerante. Ese anuncio, junto a lo dicho un día antes por el canciller Serguei Lavrov acerca de los peligros implícitos en declararle la guerra a una potencia nuclear, fue recibido por la llamada opinión pública fuera de Oriente como una amenaza atómica e incluso como un chantaje. La conclusión a la que los operadores mediáticos hicieron llegar a los consumidores de noticias fue la de que Putin estaba trabando la intervención de Occidente en el conflicto de Ucrania mediante la amenaza de una catástrofe nuclear. Y en esto último algo de verdad hay.

Una zona de exclusión aérea es el mandato de un país o grupo de países para la prohibición de tráfico de aviones sobre un territorio dado. En el actual teatro de guerra en Ucrania y en la práctica, esa prohibición habría significado para Rusia el cese de los ataques aéreos, que han sido hasta aquí clave en toda la ofensiva. Ya en el primer día de la campaña y utilizando el factor sorpresa, los pilotos rusos inutilizaron prácticamente toda la flota de la fuerza aérea ucraniana, destruyendo incluso un avión Antonov-225 —al parecer la aeronave más grande que existe o existía— que podría haber sido utilizada por los ucranianos para evacuar una buena cantidad de dirigentes políticos y/o personas importantes en un solo viaje. La flota ucraniana fue diezmada en tierra, mucho antes de poder despegar para luchar, por unos ataques quirúrgicos ejecutados con altísima precisión, efectividad y coordinación. El resultado fue que de allí en más Rusia tuvo la supremacía aérea en todo el territorio de Ucrania, obligando a los ucranianos a defenderse únicamente desde abajo.

Por lo tanto, la imposición de una zona de exclusión aérea valdría básicamente para los rusos, que son quienes vuelan hoy solos en Ucrania y apoyan con sus aviones de combate toda la ofensiva terrestre. Pero ahí había un enorme problema práctico que para los altos mandos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) resultó entonces y sigue resultando ser de imposible resolución: para imponer y activar una zona de exclusión aérea en los cielos de Ucrania, la OTAN tendría que estar primeramente dispuesta y luego tendría que ser capaz de hacer cumplir dicho mandato, esto es, tendría que derribar a cualquier avión cuyo piloto se atreviera a violar la zona de exclusión establecida. Pero además tendría que hacerlo desde fuera de Ucrania y con sus propias fuerzas, puesto que eso es una zona de exclusión aérea impuesta por terceros en un sentido ya no teórico, sino práctico.

El canciller ruso Serguei Lavrov (der.), saludando sin mucho entusiasmo y por protocolo a su par estadounidense Anthony Blinken. Lavrov fue muy claro en su mensaje a los Estados Unidos y a Occidente en general diciéndoles que una intervención de la OTAN para frenar la ofensiva rusa en Ucrania sería considerada una declaración de guerra. Y que eso, al tratarse de potencias nucleares en pugna, podría rápidamente escalar hasta el lanzamiento de bombas atómicas. Rusia no amenaza ni traiciona, solo da recordatorios de las cosas como son en realidad. Rusia no es Irak, no es Libia ni es Afganistán: tiene la bomba atómica y podría usarla en caso de verse acorralada.

Y aquí el problema se divide en dos partes, es un doble problema. En primer lugar, el mundo entero sabría si la OTAN en Europa está realmente en condiciones técnico-militares para llevar a cabo semejante cosa que es entrar a Ucrania y derribar cazas rusos que pueden alcanzar velocidades supersónicas, entrando directamente en combate. Y aunque eso fuera cierto y la OTAN tuviera esa capacidad técnica y militar superlativa, la duda estaría más bien en la segunda parte del problema, a saberla: ¿Es conveniente derribar o hundir en un contexto de guerra o en cualquier contexto naves de una superpotencia nuclear?

He ahí la cuestión insoslayable. La imposición de una zona de exclusión aérea en Ucrania por parte de la OTAN necesariamente iba a resultar, más temprano que tarde, en el derribo de uno o más aviones rusos, ya que probablemente Rusia no estaría dispuesta a echar a perder su campaña militar solo por respetar un mandato de su enemigo. Un solo derribo ya sería suficiente para justificar una declaración de guerra e involucrar a los 30 países de la OTAN en el conflicto, lo que sería nada menos que el inicio de la III Guerra Mundial. Y entonces la pregunta se hace inevitable: ¿Está dispuesto occidente a deflagrar esa guerra mundial para evitar que un país no miembro de su alianza como Ucrania caiga en manos de Rusia, cosa que por otra parte históricamente siempre fue así?

La respuesta a esa pregunta es negativa y vino rápidamente cuando la propia OTAN anunció que no iba a haber zona de exclusión aérea. Los ucranianos pusieron el grito en el cielo, por supuesto, pues vienen siendo duramente bombardeados por la fuerza aérea rusa y habían exigido la zona de exclusión para tener un respiro. Pero no habrá respiro para Kiev, los cazas Sukhoi supersónicos van a seguir despejando desde el cielo el camino para el avance de las tropas rusas en tierra y bombardeando toda la infraestructura ucraniana, lo que en el corto plazo seguramente será decisivo en el conflicto.

Avión de combate cazabombardero Sukhoi Su-27 de la fuerza aérea de Ucrania, pero de fabricación soviética y, por lo tanto, muy bien conocido por los rusos. La imagen de este Su-27 fue tomada antes de la guerra y probablemente este avión haya sido ya destruido en tierra junto al resto de las naves ucranianas, mucho antes de poder despegar para luchar. Previa a la incursión terrestre, Rusia barrió sorpresivamente con la totalidad o la casi totalidad de los aviones de Ucrania, garantizándose así la supremacía aérea sobre el territorio y el camino mucho más despejado para sus tanques, camiones y demás vehículos blindados terrestres.

La OTAN no quiere empezar ahora una guerra mundial con la primera potencia nuclear del planeta y por eso no puede hacer mucho más que imponerle al Kremlin sanciones económicas que, por otra parte, impactan de rebote sobre los mismísimos países occidentales al interrumpirse el flujo normal de circulación de bienes y servicios, entre los que las importaciones de petróleo y gas a Europa occidental desde Rusia es la prioridad. Occidente parece feroz en el anuncio de sus sanciones, pero en realidad es más bien aquel “tigre de papel” al que se refería Mao Zedong al describir a los Estados Unidos. Las potencias occidentales no pueden hacer mucho para detener a Putin en su avance sobre Ucrania y las razones de esa impotencia descansan precisamente en la existencia de las armas nucleares.

Lo que los medios occidentales denunciaron como una “amenaza” de Putin al “mundo libre” en realidad no es tal, no se trata de ninguna amenaza a nadie. Cuando Putin manda a avisar a través de su canciller y luego insinúa él mismo que una potencia nuclear al verse acorralada puede hacer uso de la bomba atómica, esa es una constatación de un hecho de la realidad: las armas nucleares existen precisamente para garantizarle al que las tiene la inmunidad ante naciones potencialmente enemigas. En una palabra, al decir que la imposición de una zona de exclusión aérea sobre los cielos de Ucrania podría provocar una reacción sin precedentes por parte del Kremlin, Putin está diciendo que Rusia es la primera potencia nuclear del planeta y que no conviene llevarle la contra.

Existen en el mundo unas 20.000 ojivas nucleares activas y casi todas ellas están manos de Rusia o de los Estados Unidos. De hecho, los rusos poseen alrededor del 60% del armamento nuclear en condiciones técnicas de ser utilizado con fines bélicos. Si bien es tan solo la 12ª. economía a nivel global, con un PBI inferior al de países como Brasil e Italia, por ejemplo, Rusia es la heredera de la Unión Soviética en todo lo que fue la carrera armamentística y conserva en efecto todo el arsenal nuclear de la URSS, incluso la parte que había sido emplazada en territorio ucraniano y que a partir de 1994 le fue “devuelta” a Rusia curiosamente —o quizá no tanto— por iniciativa de los Estados Unidos.

El producto bruto interno de Rusia es tan solo el 12º. más grande en la economía global, lo que ubica al país en una “clase media” junto a otros países muy pequeños como Italia y Corea del Sur, o incluso por debajo de economías subdesarrolladas como la de Brasil. Además, alrededor de la mitad del PBI ruso se compone por la exportación de petróleo y gas. Rusia no es una potencia económica industrial, aunque militarmente es una nación poderosa, sobre todo en términos de armamento nuclear.

Por lo tanto, la “amenaza” de Putin al “mundo libre” no es otra cosa que la conclusión lógica de que una guerra contra Rusia es directamente inviable sin mediar una catástrofe para todos los involucrados y tal vez para el planeta entero. Eso es lo que se dio en llamar “destrucción mutua asegurada” y no vale solo para Rusia, sino además para todas las potencias nucleares existentes, que son presumiblemente nueve: además de Rusia y los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, China, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. A ninguno de esos países se los puede acorralar y mucho menos se les puede amenazar la soberanía, puesto que eso podría resultar en una guerra nuclear que no tendría ganadores.

Eso es lo que explican Putin y Lavrov cuando les advierten a los dirigentes de los países de la OTAN que no intervengan en su campaña militar en auxilio de los ucranianos. De acuerdo con el criterio de los propios rusos, que son quienes están hoy en condiciones de establecer criterios, el que se meta materialmente en Ucrania será considerado parte beligerante. Y como en la OTAN hay por lo menos tres potencias nucleares, eso sería una confrontación abierta entre países que tienen la bomba atómica y, en consecuencia, una guerra nuclear en la que no puede haber ganadores. Una guerra que a nadie le conviene y entonces es una guerra sin botín, inviable a todas luces.

La zona de exclusión aérea que el régimen de Kiev exige a la OTAN es una auténtica quimera, no habrá nada de eso porque nadie la puede establecer sin que las consecuencias sean el derribo de aviones rusos que podría deflagrar la guerra que nadie quiere. Rusia va a seguir volando con exclusividad sobre Ucrania, seguirá bombardeando desde el cielo para debilitar la resistencia de los ucranianos y eso fatalmente va a resultar en un triunfo ruso en el corto y en el mediano plazo. La OTAN no puede hacer mucho al respecto, puede gritar y patalear, puede imponer paquetes de sanciones económicas y hasta ahí nomás, siempre y cuando esas sanciones no resulten en el corte del suministro de energía desde Rusia a Europa. Es decir, ni siquiera con las mismísimas sanciones económicas Occidente puede ir demasiado a fondo con la guerra inviable que le planteó a Rusia al avanzar indebidamente con la OTAN sobre Oriente.

El primer ministro de Pakistán —potencia nuclear históricamente hostil respecto a Rusia— visitó Moscú y se entrevistó con Vladimir Putin en los últimos días de febrero, en plena ofensiva rusa en Ucrania. Allí los dos países firmaron convenios bilaterales para el comercio de gas natural y alimentos desde Rusia a Pakistán por miles de millones de dólares. Mientras todo Occidente imponía sanciones contra Rusia, tanto Pakistán como la India (además rivales entre sí) dieron de distintas formas su respaldo a Putin. Lo propio hizo China con su silencio, que es toda una declaración de principios. Se está formando en Asia y entre países que poseen la bomba nuclear una alianza contrahegemónica que Occidente teme e intenta desarticular a cualquier precio.

Una potencia nuclear como Rusia no amenaza y mucho menos traiciona, lo único que hace es dar recordatorios de aquello que es insoslayable. Con un arsenal atómico de unas 11.000 piezas y sus respectivos cohetes lanzadores —algunos de ellos hipersónicos, con capacidad de cruzar el Atlántico e impactar en las ciudades de los Estados Unidos en pocos minutos—, Rusia les recuerda a sus socios y rivales de Occidente que la guerra mundial abierta es una cosa inviable en las presentes condiciones. Rusia no hace más que exponer lo obvio y es que si la OTAN se mete en Ucrania para detener el avance ruso, entonces los 30 miembros de la OTAN serán beligerantes, que eso configura una guerra mundial y que esta, a su vez, puede llegar a ser una guerra nuclear.

Una guerra que no puede tener ganadores porque destruiría la totalidad o por lo menos una buena parte del mundo. Occidente tiene que comprender que avanzó demasiado al imponer su voluntad sobre todos los países que alguna vez fueron el cordón sanitario de Rusia en Europa oriental, tanto sobre los de la Cortina de Hierro del Pacto de Varsovia como sobre los bálticos, que directamente en su día fueron parte de la URSS. Debe entender que invadió esos países y que ha llegado la hora de retroceder, que debe retirarse de la región y restablecer su posición original en Europa occidental. La alternativa a eso sería el enfrentamiento abierto con Rusia, cosa que es absolutamente inviable, como veíamos.

Al terminar su campaña en Ucrania, Rusia probablemente seguirá avanzando hacia ese restablecimiento de fronteras en su zona de influencia. Rusia no va a parar y a cada avance les recordará a sus enemigos que la bomba nuclear existe como posibilidad bélica real, que es donde el enemigo deberá recular siempre. Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Moldavia, Hungría y los demás países de la región deben prepararse espiritualmente para el cambio de orden, porque cometieron un error muy grave al aliarse con una potencia que está del otro lado de un vasto océano teniendo no obstante su alianza natural en Moscú, teniéndola allí mucho más cerca que en Washington. Cerca, Moscú siempre estuvo cerca. Y hoy está más cerca que nunca. Tan cerca que en toda Europa del Este ya sienten el calor de su aliento.


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