La 78ª. edición de esta Revista Hegemonía aparece al finalizar los juegos olímpicos de París 2024 y en medio a un ambiente de incertidumbre en la geopolítica. Al momento de publicar esta edición, Irán amenazaba con un ataque devastador al territorio de Israel, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) usaba a sus títeres ucranianos para poner un pie en el territorio de Rusia y los tambores de guerra sonaban con una fuerza inusual, haciendo un ruido que no se escuchaba desde hacía muchas décadas. Desde el punto de vista del que observa la política internacional, la situación era tal que la tensión podía sentirse en el aire con la impresión de que los líderes de Oriente estaban a la espera de la finalización de los juegos olímpicos para mover sus fichas en el campo de batalla.
Y no por amor al deporte o por respeto a esa tradición antigua que prescribía la suspensión de la guerra al empezar los juegos. En realidad, la guerra en los días de hoy es más bien una cosa comunicacional o propagandística, no conviene hacer nada mientras otro evento retiene la atención de la opinión pública. Sea como fuere, al terminar un tanto melancólicamente los juegos de París 2024, en los que Emmanuel Macron hizo deplorables puestas en escena tanto en la ceremonia de apertura como en la ceremonia de clausura, parecerían reactivarse los conflictos bélicos en una semana, la del 11 al 17 de agosto, que se anunciaba desde el prospecto muy agitada.
El compás de espera no tiene en realidad tanto que ver con la realización de los juegos olímpicos en Francia, sino más bien con ese evento decisivo para la política internacional que son las elecciones del 5 de noviembre en los Estados Unidos. La posibilidad del triunfo de un Donald Trump que no simpatiza demasiado con la OTAN ni con los europeos en general llena de expectativas tanto al bando occidental que depende de la financiación estadounidense para seguir haciéndole la guerra a Rusia como al bando oriental, el que a su vez especula con un triunfo de Trump precisamente con la idea de que este desfinancie las actividades de la OTAN, clausure de hecho esa organización terrorista y empiece a hablar de paz en el marco de un nuevo orden mundial multipolar.
Nadie sabe a ciencia cierta si eso va a ser efectivamente así aun en la hipótesis de que Trump resulte electo, no es posible saber de antemano si un presidente en los Estados Unidos puede imponer su voluntad sobre la de los poderes fácticos que gobiernan en la sombra y que desean la guerra para hacer negocios con la muerte. La observación de cómo funciona la política en Washington parecería indicar que no, que más allá de la idea que tenga respecto a cuestiones de guerra y paz Trump no podrá torcer la voluntad de los dueños del mundo pues ese poder es muy superior al que pueda tener un dirigente político en el Salón Oval de la Casa Blanca.
Pero la personalidad, el carisma y también el historial de Donald Trump en su primer mandato de presidente parecen decir todo lo opuesto. Trump fue el primer presidente estadounidense en mucho tiempo que no inició una nueva guerra. Entre 2016 y 2020, el pintoresco magnate retiró además sus tropas del Oriente Medio y tejió una paciente trama diplomática junto a su par ruso Vladimir Putin para lograr cierta estabilidad geopolítica. Al dejar Trump la presidencia siendo reemplazado por Joe Biden, se activaron todos los diferendos que habían estado hibernando y la situación a nivel mundial se descontroló llegando a niveles peligrosísimos de conflictividad. El mundo nunca estuvo tan cerca de la III Guerra Mundial como ahora con Biden en la presidencia del imperio.
Esa es la verdad objetiva que en algunas conciencias no penetra y en otras, por el contrario, cala tan hondo que llega a disparar conclusiones muy equivocadas. Algunos creen que Trump es un “hombre de la paz” porque es bueno y no quiere la guerra, pero ese es un error: no hay dirigentes buenos ni dirigentes malos, sino dirigentes que representan intereses concretos en la política. Trump puede ser en efecto un hombre de la paz sin comillas, literalmente, pero no lo será por bondadoso. Si Trump gana las elecciones y habiéndolas ganado usa su poder político para tejer la multipolaridad junto a Putin evitando la guerra, lo habrá hecho simplemente porque su objetivo es otro.
Trump es un pragmático y sabe, como todo pragmático, que la guerra no es buena para los negocios, salvo que uno sea accionista de una corporación del complejo industrial-militar-farmacéutico. Para todos los demás la guerra es contraproducente porque en ella muere gente, por supuesto, pero en definitiva porque en ella se derrocha una ingente cantidad de recursos y de esfuerzos que podrían utilizarse de una forma más constructiva. No se trata de ningún pacifismo “progresista”, como se ve, sino más bien de un cálculo objetivo dentro de las reglas de la geopolítica.
El enemigo de los Estados Unidos como país y como pueblo-nación no es Rusia en el campo de batalla, nunca lo fue. El verdadero enemigo de los intereses genuinamente estadounidenses —los que Trump representa en la política— es China en el plano de la economía. Con la cantidad de armas y ojivas nucleares que tienen en su arsenal, los Estados Unidos son invencibles en la guerra. La única forma de derrotar a Washington es desafiando su supremacía económica y eso es precisamente lo que hace Beijing.
He ahí el por qué todos parecerían estar esperando el desenlace de las elecciones del 5 de noviembre en los Estados Unidos. En posesión de la comprensión del juego, Trump puede enderezar el rumbo alejando las amenazas de guerra militar por estar más interesado en concentrar recursos y esfuerzos en la guerra comercial. Esa es sin duda una muy buena noticia para la humanidad en su conjunto, aunque claramente también tiene sus bemoles. Y las sutilezas de este juego tan delicado son las que se analizan en las páginas de esta 78ª. edición de Hegemonía para que el atento lector esté informado de lo que ocurre en el reverso de la trama y nunca se expresa en los medios de comunicación tradicionales serviles a los intereses del poder que siempre quiere la guerra.
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