En la cuerda floja

En el momento decisivo del tránsito hacia un nuevo orden mundial —ya de por sí muy delicado—, el líder político de la primera potencia global se enfrenta a un escenario de extorsión en el que se suspende toda lógica en las decisiones. Trump está en la cuerda floja pues debe optar entre satisfacer la voluntad de los israelíes con una guerra inviable contra Irán o no hacerlo y sufrir las consecuencias de la revelación del verdadero material recopilado por el Mossad en la isla de Epstein. Es una decisión imposible cuyo resultado sea en cualquiera de los casos letal para Trump y para los Estados Unidos.
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La de que el presidente de los Estados Unidos es la persona más importante del mundo es una idea que desde hace décadas existe en el sentido común a nivel mundial. La noción es verdadera. Y aunque el inquilino de la Casa Blanca no sea asimismo el individuo más poderoso ni mucho menos, tiene una importancia superlativa porque está habilitado para tomar legalmente decisiones trascendentales que impactan sobre el conjunto de la humanidad. En una palabra, aún sin ser la persona más poderosa, el presidente de los Estados Unidos es el hombre más importante porque sin su firma las cosas que el poder real quiere no salen.

El presidente de los Estados Unidos hoy es Donald Trump y de su lapicera saldrá la guerra o la paz, la forma en la que va a darse el tránsito entre el viejo orden mundial unipolar resultante de la II Guerra Mundial y el nuevo orden multipolar en el que China y Rusia quieren sentarse junto a los yanquis en la mesa. En manos de Trump está la forma en la que ese tránsito va a ocurrir: puede ser con los Estados Unidos tratando de sostener su posición hegemónica a los tiros o puede ser, por el contrario, de manera negociada. Al tener un poder legítimamente constituido que es el poder político, Trump puede en teoría escoger el camino a seguir.

Pero eso es solo en teoría, porque al igual que todos los presidentes de los Estados Unidos desde Lyndon Johnson en adelante Trump es sujeto de una extorsión. El poder fáctico —en este caso el del sionismo israelí— lo tiene de rehén al presidente de la primera potencia global con un chantaje cuyo objeto es la revelación de evidencias de la comisión de aberrantes delitos y crímenes en la isla de Epstein. En otras palabras, Trump debe hacer lo que el sionismo israelí quiera o esas evidencias serán reveladas ante el público y, por supuesto, el poder judicial estadounidense. Trump se enfrenta a la posibilidad de la destitución, de ir a la cárcel y de caer en desgracia, esto es, de morir.

Claro, Trump está en esta cuerda floja porque tiene cola de paja, como se suele decir. Está en esta situación precaria porque evidentemente visitó la isla de Epstein y allí hizo cosas inconfesables, cosas que el Mossad israelí documentó de una vez y para siempre. Y ahora Trump es esclavo, no puede elegir entre la guerra y la paz, entre los tiros y la negociación. Ahora otros eligen en su lugar y él pone la firma.

Israel, como se sabe, no quiere la paz. Israel quiere que los Estados Unidos empiecen una guerra con Irán —enemigo de Israel— y que ponga en dicho conflicto todo su poderío bélico con el objetivo de reducir a los iraníes a cenizas. Los Estados Unidos tienen desde luego la capacidad de lograrlo, aunque siempre a cierto costo. Irán puede ser un nuevo Vietnam para los yanquis si Teherán resiste y el conflicto se alarga. Y si eso ocurre, lo más probable es que China y Rusia aprovechen la volteada para terminar de una vez con la hegemonía unipolar golpeando allí donde a Washington más le duele.

Ir a hacer la guerra en Irán supone para los Estados Unidos dejar algún o algunos flancos descubiertos, que es seguramente por donde entrarán los verdaderos rivales en la pugna geopolítica. Por eso Trump duda, demora la decisión de atacar y va lanzando cortinas de humo en el proceso. En el fondo, Trump está en un callejón sin salida: si no hace lo que los israelíes quieren, el objeto de la extorsión se activa y el resultado es —al menos en un sentido político— la muerte; pero si hace lo que le exigen sus extorsionadores, el imperio puede explotarle en la cara con consecuencias impredecibles.

Por eso es acertado concluir que Trump está en la cuerda floja, aunque esa percepción todavía no la tenga el observador promedio. Trump tambalea sobre un país que está en llamas internamente y sobre una potencia que no puede hoy ir a la guerra, pero que está obligada por factores externos a hacerlo porque su clase dirigente es esclava. El que había venido a hacer una revolución mediante el drenaje del pantano del Estado profundo está hoy a punto de ser desechado por ese mismo poder, fundamentalmente porque la promesa de la revolución siempre fue falsa. Trump siempre fue rehén de la extorsión.

He ahí la razón por la que el presidente de los Estados Unidos sigue siendo el individuo más importante del planeta, aunque no el más poderoso. Es el más importante porque la decisión, sea la que fuere, debe llevar su firma, pero no es el más poderoso porque no tiene la prerrogativa de tomar esa y básicamente ninguna decisión. El presidente de los Estados Unidos es el gerente de una empresa multinacional, pero no es el dueño ni jamás lo será. El poder político ha sido reducido al rol de administrador (no es ningún accidente que a los regímenes de gobierno en los Estados Unidos se los llame “administraciones”) por un poder que fácticamente manda.

Manda y no solo no es electo por nadie, sino que además no está visible para la opinión pública. Es el poder fáctico global de la sinarquía internacional, cuyo negocio es la guerra para vender armas y la enfermedad para vender fármacos. Es el complejo industrial militar-farmacéutico alguna vez denunciado por Dwight Eisenhower y que hoy, mediante la coima al que se deja corromper y la extorsión al que no, gobierna el mundo dejando en una permanente cuerda floja a los dirigentes elegidos por el voto popular en esta enorme farsa plutocrática que es el sistema de representación mal llamado “democrático”.


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