¿Estamos seguros que el posmileísmo será mejor?

La pregunta sobre si estamos seguros de que el posmileísmo será mejor no es ni mucho menos una reivindicación de este presente distópico, sino una advertencia sobre las incertezas de un futuro en el que la distopía puede ser incluso más profunda. ¿Qué aberraciones podría parir el fracaso de las grandes coaliciones que generó un Milei en primer lugar? Todo el sistema político está en transformación y no hay —ni podría haber— ninguna garantía de estabilidad o de moderación en lo que venga después del mileísmo. Mientras el gobierno enfrenta dificultades económicas y políticas, el mercado desconfía, la presión social crece y la sobreideologización del debate no disipa la incertidumbre sobre el rumbo del país. Con un acuerdo con el FMI en el horizonte y elecciones legislativas que podrían fortalecer al oficialismo, la incógnita sigue abierta. ¿Un nuevo outsider? ¿Otro salto al vacío? El tropiezo de Milei no necesariamente dará como respuesta un retorno al orden anterior. Más que una provocación, la pregunta sobre el día después exige una respuesta urgente.
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Para las almas sensibles, aclaremos de inmediato: el título es una provocación, una provocación a ustedes, sí, a ustedes que son almas sensibles. No obstante, creo que la pregunta es válida, de modo que si ya saben que el día después de Milei será mejor, evítense continuar la lectura.

Segunda aclaración: plantear este interrogante no supone una defensa del actual gobierno ni una valoración positiva ni un llamado a defenderlo. De modo que podemos ser enormemente críticos de este gobierno, incluso podemos decir que es lo peor que nos pasó en la historia y lo peor que le pasó a la humanidad y sin embargo preguntarnos: ¿Estamos seguros que el posmileísmo será mejor?

La pregunta es, además de provocadora, en parte retórica, porque efectivamente, no sabemos si lo que vendrá después de Milei será mejor pero al mismo tiempo dejamos abierta la posibilidad, contra todo pronóstico, de que la respuesta al antisistema no sea un retorno al sistema sino un salto a un nuevo vacío incluso encarnado en un sujeto que aún no conocemos, del mismo modo que nadie tenía en su radar dos años y medio antes de la elección de 2023 que el ganador sería ese economista anarcocapitalista, conservador y populista que se preparaba para dar el salto a la política de la ciudad. Para decirlo con nombres propios y con claridad: el fracaso de las grandes coaliciones que se alternaron en el poder generó un Milei. ¿Qué podría generar, entonces, un eventual fracaso de Milei?

El sistema de partidos y la forma de hacer política ha sufrido tal conmoción después de la última elección que todo es posible y al outsider le puede salir un outsider más outsider, por derecha, por izquierda, por arriba, por abajo. A contramano de lo que indicaría el politólogo italiano Giuliano Da Empoli en Los ingenieros del caos, no es cierto que la nueva era populista sea posideológica en el sentido de ser una suerte de dispositivo de exaltación de las pasiones tristes completamente vaciada de contenido.

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El final feliz a mediano plazo resultante de la caída de Fernando de la Rúa instaló en la conciencia del pueblo argentino la idea de que después de toda crisis terminal sobreviene necesariamente un periodo de redención. Tras la debacle delarruista y un breve periodo de zozobra, con Duhalde y con Kirchner hubo años de expansión económica que fueron los mejores de la economía argentina en el presente siglo, razón por la que se supone que después del mileísmo pasará lo mismo. ¿Pero será que esto es sí?

Por supuesto que ha sido así en muchos casos y podría serlo en Argentina, pero el caso de Milei ha sido el contrario: se trata de un ejemplo de sobreideologización del debate. Entonces hay algoritmo, hay caos objetivo y exacerbación de ese caos objetivo, pero hay ideología. Mucha ideología. Lo que en todo caso sí cabe decir es que esa ideología está más en el presidente y sus funcionarios que en la ciudadanía. Efectivamente, y disculpen por pinchar el globo: la mitad de la Argentina no es anarcocapitalista. De modo que lo que viene puede venir de cualquier lado, incluso con una ideología potente y radical opuesta a la de Milei.

Porque el patrón que parecía seguir la política al menos desde el 2003 ofrecía como respuesta a un gobierno de centroizquierda que fue a la izquierda lo más que pudo, un gobierno de centroderecha que fue a la derecha lo más que pudo. Sin embargo, el fracaso del gobierno de Macri en la lógica de la grieta parecía obligar a una versión moderada del modelo anterior (Alberto Fernández). Y allí se rompió el patrón. El escenario estaba servido para responder con la versión moderada del macrismo, Rodríguez Larreta, hasta que el propio Macri la hizo volar por el aire como un verdadero Cronos devorando a sus hijos y le allanó el camino al candidato imposible (que probablemente acabe devorando al propio Macri).

Ahora bien, en un país donde la semana que viene es el largo plazo, imaginarnos la Argentina del 2027 es gozar de un optimismo cándido, pero tras varios meses en los que vimos a la figura de Milei fortaleciéndose después de que muchos auguraran que no llegaría a marzo de 2024, el 2025 viene siendo un año muy errático para el gobierno, con varios errores no forzados y con claras muestras de debilidad. A propósito de estas últimas, es probable que la actual administración no pueda avanzar con la imposición de los jueces de la Corte, su bancada de librepensadores cruje cada vez que hay sesión en el Congreso y por primera vez, probablemente por una serie de señales anticipadas y mal comunicadas, el mercado parece empezar a desconfiar. ¿Y si en vez de salir bien sale como el culo? Serán mandriles, pero reconocen cuando hay olor a sangre.

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En ‘Los ingenieros del caos’, el politólogo italiano Giuliano Da Empoli sugiere que la nueva era populista será posideológica con un populismo que funcionará como dispositivo de exaltación de las pasiones tristes completamente vaciada de contenido, pero eso puede no ser así. En realidad, todo indica que al menos en la Argentina, a raíz de la conmoción que impactó el sistema con el resultado de las últimas elecciones al ‘outsider’ Javier Milei lo puede suceder otro ‘outsider’ aún más ‘outsider’ y más ideologizado que el mismísimo Milei.

Y lo cierto es que el precio del dólar no se sostiene. Es simple. Sobran las variables que muestran que ese precio está mantenido artificialmente para controlar la inflación, tal como hicieron los gobiernos de mandriles que le precedieron. Y ya sabemos también el desenlace. Entonces el Fondo ofrece dólares, pero a cambio pide una actualización de su precio para que no acabe en una fuga como la que el propio Fondo le permitió a Macri cuando le brindó un préstamo “político”. Tienen razón. Ya hemos estado allí.

A propósito, el gobierno de Milei está entrando en ese momento en que el mercado pide todo el tiempo “señales” y en la jerga futbolera, todo el tiempo corre el arco porque desconfía o porque sabe que en algún momento el gobierno deberá ceder. Son malas noticias. Una vez que se activa esa rueda no cesa. Nunca.

Y si salimos de lo económico, lo del último miércoles era muy relevante no por las razones que se esgrimieron sino porque la eventual repetición de una jornada como la del miércoles anterior con detenciones al voleo y heridos graves hubiera potenciado una escalada hacia un lugar desconocido o peor aún, hacia un lugar bastante conocido por los argentinos: protesta, violencia, represión, muertes y gobiernos debilitados que se tienen que ir. Y la política puede controlar algunas cosas, pero no puede controlar la violencia una vez que se desata. Quizás por eso en esta segunda jornada decidieron controlar a la policía. Te cagan a palos mientras pueden. Pero tampoco son boludos.

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Al igual que en toda semicolonia, la cotización de la moneda imperial es una variable esencial de la política y la estabilidad del dólar impuesta por el régimen mileísta es una quimera que se sostiene artificialmente. Y no puede, evidentemente, durar. En cualquier momento tiene que producirse una megadevaluación cuyo desenlace ya es bien conocido para los argentinos.

En lo inmediato, a mediados de abril se anunciaría un nuevo acuerdo con el Fondo. Achacárselo a Milei es en parte injusto, porque no deja de ser cierto que el país no puede pagar la deuda que refinanció Guzmán y que contrajo Macri con el mismo ministro de Economía que hoy tiene Milei, máxime después del rojo en las cuentas que dejó la administración de Massa al frente de Economía. Pero en todo caso, el principal responsable es Macri quien endeudó al país de modo tal que se trata de una deuda impagable, la cual probablemente sea refinanciada una y otra vez por sucesivos gobiernos porque es un número sideral.

Esto marca una importante diferencia con el préstamo que Kirchner se sacó de encima cuando pagó casi 10.000 millones de dólares para ganar independencia económica aun a riesgo de no hacer el mejor negocio porque, lo sabemos, las tasas del Fondo suelen ser seductoras. En eso, seamos justos, el kirchnerismo ha sido consecuente y votó en contra de todos los acuerdos incluso cuando los impulsó su propio gobierno inaugurando la era del oficialismo opositor. En todo caso y sin caer en la falacia de “no hay alternativa”, sí cabe preguntarle al kirchnerismo qué propone en esta situación puntual, con el préstamo de Macri ya consumado. ¿No pagar? ¿Entrar en default? ¿Unirse a la ultraizquierda y pedir que la paguen los capitalistas?

Son alternativas, aunque tendrían costos quizás más altos que pagar. Pero si ese es el plan, habría que explicitarlo. Ahora bien, si de lo que se trata es de retomar el “los muertos no pagan” o el “déjennos crecer”, de acuerdo, pero entonces hay que refinanciar la deuda y hacer un acuerdo nuevo con el Fondo porque los 45.000 millones no se pueden pagar y sin embargo de alguna manera hay que pagarlos o hacer “como si” tuviéramos la voluntad de hacerlo mientras lo refinanciamos al infinito.

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De acuerdo con la narrativa de Alberto Samid, ante el cuestionamiento del histórico Alberto Balestrini un estratégico Néstor Kirchner habría dicho que pagarle al FMI era una cuestión mucho más de soberanía que de conveniencia financiera. “Las tasas son muy favorables, pero estos señores no quieren dinero: quieren territorio y vienen por la Patagonia”, habría dicho Kirchner ese día, según el relato de Samid. Todo indica que algo de eso efectivamente ocurrió pues el kirchnerismo se ha opuesto históricamente a cualquier acuerdo con el FMI.

Dicho esto, después del acuerdo comenzarán las sucesivas elecciones en distintos distritos. Habrá tiempo para analizar pero es obvio que el gobierno va a sumar muchos legisladores porque no renueva ninguno, así que es todo ganancia. Incluso repitiendo su performance del 30% de la elección ejecutiva, al gobierno le alcanzaría para conformar un bloque que tendrá que negociar para alcanzar mayorías pero que ya no estará a tiro del juicio político.

Ese escenario permitiría un camino más allanado para la segunda parte del mandato y sin embargo, al mismo tiempo ni siquiera un eventual triunfo a nivel nacional en las elecciones de medio término es garantía de que la debilidad que viene mostrando el gobierno este año cese. Especialmente porque un eventual ajuste en el precio del dólar, como mínimo, y para ser generosos, ralentizará la baja de la inflación, principal activo de la actual administración.

Allí empezará otro partido después de que todos los manuales de ciencia política sirvieran para poco y mientras somos testigos de los experimentos a nivel mundial que los países occidentales están ofreciendo ante la insatisfacción crónica de sus ciudadanos, insatisfacción que buena parte adjudica al sistema democrático.

En ese momento y ante un eventual nuevo fracaso, en este caso del mileísmo, quizás la pregunta acerca de si estamos seguros que el día después de Milei será mejor, suene menos a provocación y merezca una respuesta urgente.


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