En las elecciones brasileñas del año 2018 un fenómeno desconcertó a los analistas: millones de trabajadores informales, desempleados y beneficiarios de programas sociales acudieron a las urnas para votar masivamente por un candidato cuyo programa prometía abiertamente recortar derechos laborales, reducir el Estado social y cuestionar políticas de transferencia de ingresos. Este “pobre de derecha” —término que popularizó en Brasil el sociólogo Jessé Souza— parece un rompecabezas racional. ¿Por qué alguien votaría contra sus intereses materiales inmediatos?
La respuesta convencional apunta comúnmente a la ignorancia y la falta de educación, pero resulta insatisfactoria y, en el fondo, elitista. Dos pensadores aparentemente distantes, el sociólogo brasileño Jessé Souza y el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, ofrecen una explicación más profunda y perturbadora. No se trata de que a la gente le falte inteligencia, sino de que sistemas de poder perfeccionan métodos para producir estupidez social como mecanismo de control. Lo que Souza llama la “élite del atraso” necesita ciudadanos estúpidos, en los términos de Bonhoeffer, para perpetuarse. La siguiente es la síntesis teórica y sus implicaciones para nuestra democracia.
Desde la celda 92 de la prisión de Tegel, escribiendo antes de ser ejecutado por los nazis, Bonhoeffer hizo una observación crucial. “La estupidez es un problema sociológico, no psicológico”. No es que la gente sea tonta por naturaleza, sino que condiciones sociales específicas anulan la autonomía del pensamiento. “El estúpido”, dice Bonhoeffer, es “aquel que, pudiendo pensar, renuncia a hacerlo bajo presión del grupo, el miedo o la propaganda”.
Souza, analizando el Brasil bolsonarista por su parte, descubre la arquitectura de esa presión. Su concepto de “élite del atraso” describe un grupo que no domina solo mediante la fuerza económica o la coerción física, sino a través de lo que llama “violencia simbólica”, o la imposición de significados que presentan la desigualdad como natural, el privilegio como mérito y la injusticia como falla individual.

La conexión es evidente: la violencia simbólica produce estupidez social. O, en términos más directos, la élite fabrica ciudadanos incapaces de pensar críticamente sobre las estructuras que los oprimen. No es un efecto colateral. Es el objetivo.
Un ejemplo concreto es cuando un trabajador que gana dos salarios mínimos defiende con pasión la reducción de impuestos para los más ricos porque “así habrá más inversiones”. No es una simple desinformación, es el éxito de una operación que logró desconectar causa de efecto, interés personal de política pública. Esa desconexión es estupidez en sentido bonhoefferiano, producida sistemáticamente según el manual de Souza.
La síntesis Souza-Bonhoeffer revela al menos cuatro ingredientes clave para la receta de esta estupidez útil y el primero de ellos es la producción del menosprecio social. Souza explica que la “rueda de la perversidad” brasileña —herencia de la esclavitud— dividió a los pobres entre “virtuosos” (inmigrantes europeos y descendientes) y “bichos humanos” (negros, pobres extremos). La élite ofrece a los primeros el premio psicológico de sentirse superiores a alguien.
Así, el pobre virtuoso vota por políticas que lo perjudican económicamente, pero que preservan su estatus simbólico. Bonhoeffer complementa que este sistema de distinciones anula el pensamiento solidario, porque pensar con autonomía revelaría que su verdadero aliado es el “bicho humano” y no la élite que le ofrece migajas de dignidad.
A continuación viene la saturación del espacio público. Las redes sociales, los medios concentrados y el espectáculo político constante crean lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han llama “infotoxicación”. Souza demuestra que la élite financia un ecosistema mediático que convierte la política en entretenimiento emocional donde lo racional queda ahogado por el escándalo, la indignación moral selectiva y el personalismo. “La palabra adecuada resulta ineficaz frente al bombardeo de propaganda”, dice Bonhoeffer en 1943, identificando un patrón. La estupidez florece donde no hay silencio para pensar.

Luego llega la patologización de la complejidad, cuya observación solo requiere un vistazo al léxico político actual: “ideología de género”, “globalismo”, “marxismo cultural”, “teoría crítica racial”. Todos son conceptos-cuchilla diseñados para cortar el debate antes de que comience. Souza muestra cómo la élite brasileña transformó “corrupción” en un significante vacío pero emocionalmente cargado, útil para criminalizar adversarios mientras se blinda a sí misma. “El estúpido es impermeable a los argumentos”, decía Bonhoeffer, “porque responde con consignas, no con razones”. Cuando todo se reduce a eslóganes, desaparece la posibilidad de análisis matizado.
Finalmente aparece el secuestro de las instituciones educativas, el que no se reduce a los recortes presupuestarios. Este secuestro es más sutil y pasa por la transformación de la educación en entrenamiento para la obediencia. Souza documenta cómo las escuelas en zonas pobres preparan para el trabajo precario, no para la ciudadanía crítica. Bonhoeffer, desde su experiencia con la educación nazificada, lo resume: “Se enseña a repetir, no a cuestionar; a adaptarse, no a transformar”. Una población que no aprendió a pensar de forma autónoma es terreno fértil para la estupidez útil.
Pero la teoría también puede analizarse en acción mediante la observación de casos testigo. Uno de ellos es el negacionismo climático popular. Mientras se inundan las villas miserias llamadas “favelas” y se da la desertificación del nordeste del país, sectores populares brasileños repiten que el cambio climático es propaganda de las oenegés extranjeras. Según Souza, la élite agrícola y minera —responsable principal de la deforestación— invierte en medios que asocian ecología con comunismo y atraso económico. Para Bonhoeffer, por otra parte, se produce una ruptura cognitiva entre experiencia y explicación. La persona sufre la sequía, pero no puede conectar su sufrimiento con un sistema económico porque ese vínculo ha sido deliberadamente obturado.
Otro caso testigo es la guerra cultural como cortina de humo. Consignas explosivas como la “escuela sin partido”, la defensa de la familia tradicional, el combate a la ideología de género son usados para hacer grieta. Souza entiende que estas banderas movilizan emociones para que, por fuera de la vista de las mayorías ocupadas con esos asuntos, se aprueben reformas tributarias que benefician al 1% más rico de la sociedad. Bonhoeffer explica que la estupidez se activa mejor mediante el miedo a perder identidad. Cuando a un individuo le hacen creer que su mundo moral está bajo ataque, dicho individuo ya no piensa en su jubilación.

Finalmente está el mito del emprendedor versus el desprecio al funcionario público, o más precisamente una narrativa en la que se contraponen los arquetipos del “empresario héroe” y del “funcionario ñoqui” y es un relato magistral según este marco integrado. Para Souza aquí hay una tendencia a la desvalorización del servicio público para justificar las privatizaciones y para Bonhoeffer está la creación de un ideal inalcanzable en el que todos se ven obligados a ser empresarios de sí mismos. Esto genera frustración y culpa individual, nunca crítica sistémica. La estupidez aquí consiste en no ver que en una sociedad de puros emprendedores la mayoría fracasará.
La buena noticia es que si la estupidez es socialmente producida, entonces podría por lógica ser socialmente desmontada. La síntesis entre Souza y Bonhoeffer sugiere algunas líneas de resistencia, las que incluyen por ejemplo el recuperar el tiempo lento, porque la estupidez prolifera en la urgencia permanente. Se trata de crear espacios de deliberación pausada —asambleas barriales, círculos de lectura, medios comunitarios— como un acto político revolucionario. Allí donde se piensa con tiempo, la consigna explosiva pierde fuerza.
También conviene rehabilitar la complejidad mediante la instalación de un nuevo vocabulario político que nombre mecanismos sin academicismo excluyente. Como dice oportunamente Souza, se trata de explicar que la “corrupción” no es un virus moral, sino un sistema de captura del Estado por élites. Se trata devolver a las palabras su significado preciso y contra el vaciamiento propagandístico, como diría Bonhoeffer.
También es necesario construir solidaridad desde la vulnerabilidad compartida, pues el gran triunfo de la élite es haber dividido a los oprimidos (pobres virtuosos vs. bichos humanos). La tarea es mostrar un engaño en el que el trabajador citadino y el desempleado de la periferia son víctimas del mismo sistema. Donde hay solidaridad comunitaria la estupidez individualista retrocede.
La educación debe fomentarse como una práctica de la libertad en la que se sustituye la educación bancaria que es un depositar contenidos por una de orientación problematizadora en la que se aprende a cuestionar estructuras. Souza insiste en currículos que enseñen la historia real del racismo y la desigualdad. Bonhoeffer propone educar para el coraje de pensar sin permiso.

Pero en ello hay una advertencia ética a la que conviene atender. Decir que la élite produce estupidez podría leerse como un gesto de superioridad intelectual, como un “nosotros los iluminados” en oposición a un “ellos los manipulados”. Tanto Bonhoeffer como Souza rechazan esto. “Nadie puede simplemente etiquetar a otro de estúpido sin caer en la misma falta”, dice Bonhoeffer. La estupidez es una tentación a la que todos somos susceptibles bajo presión grupal. Souza critica a la izquierda académica que desprecia al “pobre de derecha” sin entender los mecanismos que lo producen. No se trata de despreciar, sino de comprender para emancipar.
La verdadera diferencia no está entre inteligentes y estúpidos, sino entre quienes tienen privilegios para proteger (la élite del atraso) y quienes, teniendo mucho que ganar con el cambio, han sido desconectados de su propio poder de pensamiento. Se concluye que es posible afirmar que esta es la era de la estupidez industrializada. Sistemas algorítmicos, cámaras de eco mediática y educación domesticadora producen en masa ciudadanos incapaces de pensar el mundo fuera de los marcos establecidos por quienes los dominan.
La combinación del pensamiento de Souza y Bonhoeffer provee el antídoto conceptual: dejar de ver la irracionalidad política como falla individual y empezar a verla como producto de ingeniería social. La élite del atraso sabe que su poder no sobrevive a una ciudadanía que piense por sí misma. Por eso invierte tanto en fabricar estupidez. La tarea entonces es doble, es desmantelar las fábricas de pensamiento único y, simultáneamente, construir talleres donde se ejercite la autonomía crítica. En tiempos donde la democracia se reduce a menudo a ritual electoral, recordar que la primera libertad —y la más amenazada— es la libertad de pensar. Sin ella, todas las demás son teatro.
Bonhoeffer termina sus reflexiones sobre la estupidez con la esperanza: “Al final, no será la violencia, sino la palabra verdadera, la que vencerá”. A esto, Souza añade que esa palabra solo será escuchada si antes se da un combate las estructuras que ensordecen.
Cualquier similitud con la realidad argentina no es pura casualidad.