Feliz solsticio

Envidiosos de una espiritualidad cristiana que parece molestarles mucho por rehusarse a desaparecer, los cultores del agnosticismo posmoderno se aferran a un paganismo caprichoso para no dejar de manifestar su desagrado ante la celebración a fin de año de la Navidad como conmemoración de la Encarnación de la divinidad. Así, proponen un culto soso al solsticio como reemplazo de la festividad religiosa, porque están demasiado en contra de la misma para dejar pasar la oportunidad de alzar la voz, mirando unos festejos que no les incumben como quien oye llover. La desesperación por resignificar la fecha no deja de dar una pista acerca de la necesidad inherente al hombre de alimentar su fe en alguna entidad superior.
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Al parecer, cada vez hay más gente que, no contenta con la conversión de las fiestas navideñas en una carnavalada consumista, no soporta que se les dirija un exultante “¡Feliz Navidad!” porque lo consideran una violación de su conciencia y una grave falta de respeto. Y en el colmo del patetismo, proponen como alternativa chusca un “¡Feliz solsticio de invierno!”, dicho para más inri con completa seriedad (lo que, sin duda, lo vuelve aún más chusco).

Resulta en verdad un empeño ridículo, pues la Navidad por su propia definición es una fiesta cristiana que conmemora la Encarnación de Dios. De modo que quien no crea en Dios o no crea en su Encarnación tendría que conformarse con no celebrar la fiesta, aprovechando el asueto para el honesto (o deshonesto) esparcimiento.

Pero no, señor. En lugar de desentenderse de la Navidad pretenden “resignificarla” volviendo grotescamente al paganismo o a la parodia birriosa de paganismo que sus caletres arrasados por un batiburrillo de tópicos imaginan. Este empeño desquiciado de rehabilitar el paganismo está metido en el ADN del mundo moderno y ha propiciado algunos de los momentos más grimosos e hilarantes de la historia humana.

Pensemos, por citar un antecedente “ilustre”, en la creación del calendario napoleónico, que con la excusa de adaptar la medida del tiempo al sistema métrico decimal pretendía suprimir los domingos, borrar de la memoria humana la devoción a los santos, etcétera. O pensemos, por citar un ejemplo más contemporáneo, en la suplantación de las ceremonias asociadas a los sacramentos por bufonadas que producen alipori, como esas bodas civiles en las que la pareja contrayente, nostálgica o envidiosa del rito religioso, solicita al concejal o alguacil que oficia el casamiento que no se limite a leer los artículos preceptivos del Código Civil, sino que los aderece de juramentos plagiados de la liturgia católica, lectura de poemitas cursis, musiquita de órgano y hasta homilías laicas, para que el casorio no quede desangelado y pobretón.

Diríase que la religión, al ser expulsada de nuestra vida, hubiese dejado un hondón en el alma expoliada que se necesitase amueblar con burdos sucedáneos. Y diríase también que entre los negadores epilépticos de la religión existiese un fondo de nostalgia u orfandad que los impulsa a imitar grotescamente aquello que aborrecen.


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