¡Francia secuestrada!

La ceremonia de aperturas de los juegos olímpicos de París 2024 reveló buena parte de la estrategia de las élites globales en su “divide y reinarás” que aplica para introducir la discordia entre los pueblos. Con provocaciones a los cristianos y la imposición de una “diversidad” que es más bien una estandarización según criterios arbitrarios de raza, sexo y orientación sexual, el gobierno de Emmanuel Macron secuestró a Francia quitándole al pueblo-nación francés la oportunidad de expresar su cultura en uno de los eventos ecuménicos más grandes junto al mundial de fútbol. Y lo hizo para servir a la voluntad globalista de sus verdaderos mandantes.
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Los juegos olímpicos de París que empezaron oficialmente el pasado viernes 26 de julio ya pueden considerarse de movida un rotundo fracaso al haber excluido de su programa a Rusia, una potencia olímpica cuya ausencia pone todos los eventuales resultados bajo sospecha. Sin la presencia de los rusos, los campeones olímpicos de esta edición cargarán para siempre con el peso de no saber si realmente son los mejores al haber triunfado en una justa deportiva con proscripción. Eso fue lo que les pasó a los campeones de 1980 y 1984, los juegos del boicot realizados respectivamente en Moscú y Los Ángeles, quienes por ser ganadores sin oposición real vieron cuestionados sus triunfos por esa misma razón. ¿Cómo declararse el mejor del mundo si una parte del mundo no está presente en la competencia? Quienes ganen en París sin los rusos jamás podrán saber si habrían triunfado con los rusos en carrera.

Además de ese fracaso a priori en el plano de lo deportivo, los de París 2024 quedaron señalados como los juegos de la discordia ya desde la ceremonia de apertura. Sin ninguna necesidad de hacerlo, los franceses renunciaron a la oportunidad de hacer del evento una brillante exposición de la cultura y la historia de su pueblo-nación y, en cambio, hicieron de la ceremonia de apertura de los juegos de París 2024 un medio de difusión de una ideología que no se corresponde con ningún pueblo-nación. Francia optó por ir a contramano de la tradición olímpica —esa que prescribe la exaltación de las tradiciones del país sede en la ceremonia de apertura de los juegos— y por convertir su inauguración en una orgía de degenerados con un despliegue infernal de esa ideología dicha “progresista” que los anglófonos llaman “woke” y no es otra cosa que propaganda ideológica del globalismo de las corporaciones.

Ahí está el patético espectáculo en YouTube y en las redes sociales y pueden volver a verlo quienes tengan el suficiente estómago para ello. El caso es que en las varias horas de duración de esa lamentable ceremonia, entre alguna que otra alusión a lo olímpico propiamente dicho, Francia le impuso al mundo una narrativa decadente en la que no faltó la blasfemia o el insulto gratuito a la fe religiosa de millones de cristianos y tampoco la reivindicación a ultranza de las llamadas minorías, a las que se les atribuye el aporte de la “diversidad” al relato. A lo largo de la formidable exposición fueron homosexuales todos y cada uno de los personajes puestos en escena, no se hizo otra cosa que ensalzar las bondades de una sola orientación sexual. Pero a eso lo llamaron “diversidad”, que es una forma de presumir de aquello que no se tiene.

La extrañísima puesta en escena que mezcló una orgía mitológica con la última cena de Jesucristo poniendo en el lugar de este a una mujer gorda y homosexual. No queda del todo claro qué quiso significar Macron con esta representación que el cristianismo considera hereje, pero el objetivo es evidente. Se quiere instalar la imagen de una nueva religión “woke” y a la vez lanzar una provocación al cristianismo para agitar una guerra religiosa de las que el mundo ya había superado.

Muchos se preguntan azorados cuál sería la finalidad de ese despliegue de ideología “woke” desterritorializada y por qué Francia optó por omitirse a sí misma en la apertura de sus juegos olímpicos renunciando al protagonismo en favor de algo que le es totalmente ajeno. Lo segundo es, por cierto, de más sencilla resolución que lo primero. Gobernada hace décadas por un grupo de empleados del globalismo que se turnan en la función pública para que nada cambie, Francia es hoy un instrumento de aplicación, imposición y exportación de ingeniería social para el resto del mundo. No está entre las prioridades del grupo político hoy dominante en Francia la puesta en valor de lo nacional entendido como la exaltación de la cultura y las tradiciones del pueblo-nación francés. Lo único que le interesa a ese grupo es la difusión de la ideología globalista para mayor beneficio de las corporaciones.

No es secreto para nadie el que el actual presidente Emmanuel Macron fue empleado de la banca de los Rothschild antes de ser presidente de Francia y que llegó a esa primera magistratura impulsado por esa familia de banqueros con el propósito de servir precisamente a sus intereses. Eso equivale a decir que el globalismo se hizo con el poder político en el Estado, lo usó para secuestrar a los países —en este caso Francia— y luego usarlos como plataforma para la difusión de su ideología y tubo de ensayo para su aplicación. En la hora de mayor exposición, en el momento de mostrarle al mundo su costado más brillante, esa Francia secuestrada por los Rothschild optó por dejarle todo el protagonismo a una secta de degenerados para que dicha secta exponga los postulados ideológicos de los sinarcas para quienes los degenerados trabajan.

Emmanuel Macron y su esposa, Brigitte, en una de las tantas fotos sonrientes junto a David de Rothschild, su empleador. El error de cálculo es pensar que Macron dejó de trabajar en relación de dependencia con los Rothschild para asumir la presidencia de Francia, no es así: Macron llega a la presidencia de la República Francesa como un empleado de la casa de los Rothschild, lo que explica su insistencia en la degeneración ideológica del globalismo. Macron tiene secuestrada a Francia por cuenta y orden de los Rothschild, aunque no hay en ello ningún cambio sustancial respecto a sus antecesores en el Palacio del Elíseo.

Entonces la respuesta al segundo cuestionamiento, que es por qué Francia se retira alegremente de la escena regalando su protagonismo a una secta que nada tiene que ver con el pueblo-nación francés, aparece como un asunto de usurpación del poder político en el Estado. Francia está gobernada por gente que no sirve a los intereses de su pueblo, sino a los del globalismo. Y como el plan del globalismo —vulgarmente conocido en las redes sociales sintéticamente como “Agenda 2030”— es generalizar ideológicamente los comportamientos sexuales de las minorías con fines de ingeniería social, el resultado es ese despliegue ideológico “woke” cuyo momento cumbre fue la orgía de locura “progresista” en la ceremonia de apertura de los juegos olímpicos París 2024. Macron impuso la voluntad de sus amos globalistas y plasmó en esa inauguración lo que ellos querían sin cuidado de la voluntad del pueblo-nación francés.

Esto conduce a la respuesta al primer cuestionamiento sobre cuál sería el fin del monstruoso despliegue de ideología “woke” desterritorializada que se vio en la inauguración de los juegos. La generalización ideológica de los comportamientos sexuales “diversos” no persigue realmente el objetivo que declara hipócritamente, a saberlo, reivindicar a esas minorías para terminar con la “homofobia”, la “transfobia” y demás neologismos que en esta nueva religión globalista se señalan como la representación del mal absoluto. Es preciso ser un corrupto o un total mentecato para creer que los dueños del mundo están verdaderamente preocupados por lo que les pasa a los homosexuales o a nadie en absoluto, eso no es así. A los dueños del mundo lo único que les importa es seguir siéndolo. La exaltación de los travestis, los gays y las lesbianas que el globalismo hace no tiene por finalidad favorecer a ningún travesti, gay o lesbiana: esa exaltación es una ingeniería social.

Las corporaciones invierten miles de millones de dólares anuales en el sostenimiento de la agenda dicha “progresista” en cuestiones de sexo, orientación sexual, raza y religión, todo en nombre de la “diversidad”. Lo que no queda del todo claro ante los ojos del observador desprevenido es por qué las élites globales que controlan esas corporaciones ponen de sus bolsillos en esas causas. Y a menos que uno crea en la bondad y en el altruismo desinteresado de los dueños del mundo, la única conclusión posible es que esos magnates utilizan las causas del “progresismo” con una finalidad del todo inconfesable.

A muchos les cuesta advertir la maniobra y eso es porque la mayoría tiende a ver solo lo visible, esto es, cree en los discursos sin observar lo que hay en el reverso de la trama. Cuando las élites globales impulsan y financian el discurso de la “diversidad” hasta el punto de meterlo por la fuerza en ese lugar de mayor visibilidad que es el de una ceremonia de apertura de los juegos olímpicos, la mayoría ve “diversidad” en ello y lo festeja. ¿Quién podría oponerse a la diversidad y la inclusión de los excluidos? Pero la maniobra está por el simple hecho de que los dueños del mundo no son filántropos y allí donde parece que hacen el bien en realidad están haciendo su juego, están usando a los individuos como peones en un tablero de ajedrez. No hay diversidad ni hay inclusión, sino un uso deshonesto de la ideología dicha “progresista” para que el mal pase disimulado bajo el disfraz del bien.

El objeto de la ingeniería social propiamente dicha es instalar el odio allí donde odio no había, es generar el problema que se declara querer combatir. A lo mejor el individuo promedio que está sentado frente al televisor en la comodidad del sillón de su casa no tiene nada en contra de los gays, de los travestis y toda la fauna “diversa”. Lo más probable es que ni siquiera piense en ello, es un problema que no existe en su realidad. Pero al ver el enorme despliegue de degeneración forzada en la inauguración de los juegos olímpicos, que es donde no esperaba verlo, puede pasar que el individuo promedio experimente un hartazgo por sobreexposición y empiece a odiar genéricamente al sujeto representado en la escena. De tanto ver “inclusión” y “diversidad” hasta en la sopa, el individuo promedio se confunde y empieza a odiar pues no comprende la maniobra a la que está expuesto. Empiezan a existir como problemas la “homofobia” y la “transfobia” que antes no habían sido problemas reales.


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