Hacia el vertedero de la historia

Estados Unidos y Rusia aún no han iniciado negociaciones de paz sobre la guerra en Ucrania, aunque han restablecido el diálogo diplomático. Fiel a su estilo que es el de un provocador, Donald Trump promete poner fin a un conflicto cuyo principal resultado ha sido el enriquecimiento del complejo industrial-militar a expensas de Europa y de los Estados Unidos. No obstante todo esto, tanto “progres” como “fachas” se indignan ante la posibilidad de hacer la paz. La guerra es sostenida artificialmente por el envío de armas, solo agrava el desastre y la Unión Europea sigue sumisa a intereses ajenos. En vez de defender sus propios intereses, los europeos siguen en caída libre hacia la irrelevancia histórica por haberse sometido a un poder que los usa y los descarta según su conveniencia.
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Habría que empezar recordando que, aunque los aspavientos de la prensa sistémica nos hagan creer lo contrario, Estados Unidos y Rusia no han entablado todavía ninguna negociación de paz sobre la guerra de Ucrania. Vuelve otra vez a demostrarse que la intemperancia y facundia de Trump, ese Atila de la paz, sirven sobre todo para alimentar el fuego de las pasiones antagónicas que benefician a sus enemigos. Estados Unidos y Rusia solo han iniciado contactos para restaurar un “diálogo” que llevaba mucho tiempo roto. Para ello han acordado restablecer las relaciones diplomáticas, noticia en principio muy halagüeña. Pues, salvo los belicistas frenéticos y sedientos de sangre, todos deberíamos celebrar que las dos principales potencias nucleares tengan abiertas vías de comunicación y entendimiento.

Trump prometió a sus votantes que sacaría a Estados Unidos de una guerra que estaba vaciando las arcas públicas y que, lejos de debilitar a Rusia, la ha fortalecido económicamente, abriéndole mercados en Asia y África ante las sanciones con efecto bumerán impuestas por el gagaísmo bideniano (que solo han servido para empobrecer a Europa). Y ahora se propone cumplir su promesa electoral, para alegría de sus votantes, cobrándose además el dineral que se han llevado crudo el títere Zelenski y sus mafias satélites.

Este propósito tan plausible de acabar con una guerra que solo ha servido para empobrecernos debería ser motivo de moderada satisfacción para cualquier persona que no tenga arrasadas las meninges con el napalm de la propaganda (otra cosa es que ese propósito se haga realidad, pues ya hemos explicado que a Rusia la mueven razones incomprensibles para el pragmatismo yanqui). Pasma que “progres” y fachas (pero ya hemos explicado que ambas facciones son simbióticas) se hayan puesto como la niña del exorcista en cuanto se ha apuntado tímidamente la posibilidad de una resolución para tan odiosa guerra que, si se mantiene artificialmente mediante el envío de armamento, concluirá inevitablemente con una catástrofe nuclear. Rusia no va a ser derrotada por muchas armas que se envíen a Ucrania (si se viese desesperada, haría lo mismo que Sansón hizo con los filisteos) y la prolongación de la guerra no hará sino empeorar la situación.

Desde luego, las declaraciones del bocazas Trump no ayudan a mantener la calma, pero, aunque estentóreas y chulescas, son fundamentalmente ciertas, en especial las acusaciones que lanza contra Zelenski, salvo aquella que le atribuye la responsabilidad de “haber comenzado la guerra contra Rusia”. La guerra la inició Estados Unidos en 2014, mediante la operación de falsa bandera de Maidán, y Zelenski ―como antes Poroshenko― no han sido sino títeres (aunque hayan aprovechado la coyuntura para hacer perrerías a la población rusa del Donbass) a las órdenes del tío Sam, que ha empleado a los ucranianos como carnaza de sus intereses geoestratégicos.

Entretanto, la patulea al frente del pudridero europeo (con Francia y Alemania al frente), aparte de permitir el incumplimiento de los pactos de Minsk, ha tragado sin rechistar los sapos más indigestos, desde el encarecimiento de los alimentos básicos hasta la voladura del gaseoducto Nord Stream, por citar solo un par de fechorías perpetradas o permitidas por el tío Sam. Es normal que Trump no conceda protagonismo a los títeres, pues unas negociaciones de paz no son un teatro de guiñol.


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