Hoy los argentinos no conocen a Perón

Con la Argentina en la encrucijada histórica y en la necesidad de liberarse para no recaer en la condición semicolonial, la doctrina peronista aparecería como un manual de instrucciones para organizar políticamente al pueblo-nación en defensa propia y para salvar la patria. Pero la militancia ha olvidado la doctrina, la desconoce y no está en condiciones de difundir la palabra de Perón entre las mayorías popular. La militancia debió ser el núcleo sano de la sociedad y, no obstante, está perdida en la niebla de la ideología de derecha e izquierda, es incapaz de transformar la realidad sin la ocurrencia de un conductor que venga a poner orden con la doctrina del nacional justicialismo bajo el brazo.
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Parece una afirmación temeraria, pero basta apenas analizar por un momento a la sociedad argentina para descubrir que efectivamente es así: hoy los argentinos no conocen a Perón. La masa inorgánica en la que se ha convertido el pueblo argentino desconoce los fundamentos de la doctrina justicialista y en ese sentido, desconoce y a menudo contradice a Perón. Esto se deriva entre otros motivos de un problema que el movimiento nacional justicialista viene arrastrando quizá desde el momento mismo de la desaparición física del General: la ausencia de toda voluntad por parte de la clase política en educar a las nuevas generaciones de manera tal de organizar a la masa para que se comporte como una comunidad, como un pueblo soberano.

El resultado de esa desorganización social y sobre todo de la ausencia de espacios físicos de estudio y debate de la política real, por fuera de la politiquería orquestada para distraer y dividir, es la ignorancia total del verdadero contenido de la doctrina en cuestión, a la que muchos dicen adscribir sin tan siquiera haberse tomado el tiempo de conocerla en lo más mínimo. Del mismo modo, tampoco la conocen quienes afirman rechazarla de plano. Sería gracioso si no fuera trágico, pero en estos días no resulta para nada infrecuente encontrarse con “peronistas” que defienden ideas que Juan y Eva Perón no solo contradecían en la práctica sino que aborrecían en el discurso, de la misma manera que no resulta del todo infrecuente encontrarse con individuos autopercibidos gorilas recalcitrantes pregonando las banderas del peronismo sin ser conscientes de la cosa y creyendo adherir al liberalismo o a la “derecha” libertaria, por ejemplo.

Unos y otros ignoran el fenómeno al que creen estar aludiendo y se confunden peronismo con socialismo, comunismo, demoprogresismo o cualesquiera otras denominaciones, mientras que adjudican el mote de antiperonismo a principios que siempre le han pertenecido al peronismo desde sus orígenes. Sin saberlo, muchos “gorilas” son peronistas peleados con ese antiperonismo de izquierda que se ha llegado a confundir con “peronismo” y muchos “peronistas” son en rigor de verdad gorilas afeitados de lomo plateado. Sea como fuere, de un lado a otro de la falsa grieta ideológica, hoy los argentinos no conocen a Perón.

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Lo más sustancial del legado del General Perón en un sentido trascendental es la doctrina en la que se sistematiza la idea peronista del nacionalismo de tercera posición con justicia social y organización política y social con énfasis en lo comunitario. Es la doctrina del peronismo el secreto de la inmortalidad de esta cosmovisión. Y lamentablemente las generaciones posteriores a Perón dejaron de conocerla, por lo que ya no lo conocen al propio Perón.

Y pareciera una estupidez plantear la hipótesis en esos términos, porque desde el surgimiento del peronismo como tal a fines de 1945 hasta nuestros días, la política argentina ha estado siempre dividida en dos compartimientos estancos perfectamente definidos: peronismo y antiperonismo o el viejo y conocido gorilismo de toda la vida. Juan Perón es justamente la figura cuyo nombre se emplea hasta la actualidad para definir políticamente a los argentinos, sea por adhesión o por oposición. Una figura conocida y reconocida simbólicamente tanto a nivel nacional como a nivel internacional por fuera de cuyo reconocimiento no existen expresiones políticas en nuestro país, ni siquiera expresiones testimoniales, siendo necesariamente todas ellas o peronistas o gorilas, desde lo discursivo y desde lo práctico incluso aunque a veces discurso y práctica se contradigan el uno a la otra.

El problema es que más allá de la utilización con fines de seducción en tiempos de elecciones de su efigie, de los símbolos y del folclore pejotista, Perón en vida se tomó el trabajo de plasmar en obra escrita los fundamentos de su política, amén de haberse tomado antes el trabajo de gobernar el país a lo largo de una década larga, utilizando como base instrumental aquellas ideas que más tarde sistematizaría en sus textos y que se pueden resumir en las tres banderas —la soberanía política, la independencia económica y la justicia social a las que podríamos añadir una cuarta bandera, el nacionalismo cultural— y las veinte verdades del nacional-justicialismo.


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